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Xavier Latorre

Licenciado en Económicas y Periodismo en Barcelona. Su vida laboral ha transcurrido principalmente en RNE (RTVE), excepto una etapa en Ràdio 9. Profesor universitario de Sociología y de Comunicación, ha colaborado en numerosos medios de comunicación escritos. El País y Levante-EMV han sido, durante varios años, los que más cancha le han dado en su trayectoria profesional.

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Año 2030

Iba a comprarme un calendario de pared para el año próximo, en plan anticuado, cuando le pedí al dueño de la papelería si tenía ya a la venta el del 2030. Extrañado preguntó el porqué. Le expliqué que nuestro presidente de Gobierno ha diferido hasta esa fecha muchas de sus políticas. Lo  suyo es esperar, sentado en la Moncloa, a que amaine lo que sea como sea: los presupuestos enquistados del año que viene; el traslado del cuerpo putrefacto de Franco a un nicho corriente; las maniobras, previstas o imprevistas, calculadas o azarosas, en el aparato judicial; o la tensión no resuelta con los catalanes (algunos sondeos de opinión pronostican que el número de independistas por metro cuadrado sigue al alza). El único respiro que se ha dado el presidente últimamente es el del déficit hídrico. Estos meses hemos tenido abundante agua para todos, sin gastarse la Generalitat ni un duro en manifestaciones de pago. España, al menos en el Corredor Mediterráneo, ya no tiene sed, aunque tenga unas penosas comunicaciones por tren.

Todo queda postergado, aplazado. Partido a partido; el domingo, Andalucía. Con los 84 diputados de a bordo de la nave parlamentaria socialista, algunos de ellos con ganas de protagonizar un motín en cubierta al menor descuido, poco más se puede hacer. El profeta Sánchez capea el temporal con utopías, el presidente del gobierno sobrevive a base de anuncios futuristas, con proclamas de ciencia ficción, como si en vez de un telediario fuera a durar una eternidad en el cargo.

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El péndulo

Hacerse mayor permite hacer un acopio de datos considerable y usarlos a bote pronto sin tener que recurrir a ninguna wikipedia. Con un conocido de mi quinta recordábamos lo pesimistas que estaban los del PP valenciano durante la década de los años 80. No daban pie con bola. En aquella década, la derecha repetía hasta la saciedad que el País Valencià era republicano y de izquierdas y que nada se podía hacer con ese pedazo de territorio incorregible y con su pertinaz voto socialista. Con los años en foros parecidos íbamos escuchando lamentos de signo contrario: los valencianos no tenemos remedio, esto es un feudo popular, son imbatibles, no hay solución de futuro, clamaban los izquierdistas y los nacionalistas, ante las descomunales cosechas de votos de los Zaplana, Camps y compañía. Éramos de derechas de toda la vida o lo parecía. Toda una letanía de desdichas que se prolongó un largo cuarto de siglo hasta las últimas elecciones municipales y autonómicas, en que renegamos a lo grande de ese estigma autoimpuesto.

La existencia cotidiana siempre tiene dos caras, como los antiguos discos de vinilo. A veces pensamos que nuestra sociedad mejora a la generación anterior y otras veces rumiamos, en plan pesimistas, que jamás viviremos como nuestros padres. Creemos en el progreso un día y al levantarnos el siguiente, y desayunarnos unos indicadores económicos indigestos, pensamos que esto no tiene solución: la desigualdad creciente genera malestar, fabrica pobres de solemnidad y tritura nuestros derechos sociales. La ley del péndulo gobierna nuestra existencia. Ahora mismo, en plena perspectiva negativa, nos vemos cercados por el Mal, agobiados ante tanto reaccionario suelto, ante el alto predicamento que tienen consignas intolerantes y excluyentes. ¡Estamos angustiados y con razón!

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¿Para cuándo un Bolsonaro patrio?

¡Vamos a perder el tren de la “modernidad”! Todo el norte y este de Europa ya ha abrazado la fe de la intolerancia y del sectarismo. Nuestros referentes han cambiado de golpe. Ahora prima ser pro-Putin en los países bálticos, fanático nórdico con un kit ultra bajo el brazo, amigo de Trump en una Gran Bretaña desquiciada por el Brexit o, ya en América, admirador del exmilitar brasileño y apologeta de los golpes de estado, el mesías Bolsanaro. En media Europa, y pronto también en la próspera Baviera, si el votante alemán no lo remedia, la extrema derecha despunta. El caudal de la intransigencia política se desborda al igual que un torrente mallorquín dormido durante décadas. Quedan a salvo, en precario, unos pocos países parias de una Europa hasta hace poco modélica. Portugal, Grecia y nosotros, ¡vaya panda!

Los de la lista Forbes o algún iluminado presidente de equipo de fútbol dan un paso al frente y para seguir generando beneficios de dos cifras consideran que deben asaltar directamente el poder. No se puede dejar el mando en manos de remilgados burócratas inoperantes. En España también se creyó años atrás que unos desalmados con dinero procurarían por el bien de la sociedad. A tipos como Jesús Gil, Mario Conde o Ruiz Mateos se les reverenciaba; creían que si se habían hecho ricos harían ricos a todo el mundo. Como Berlusconi, como el millonario que reina en Chile o como algunos oligarcas rusos que campan a sus anchas por aquel vasto país. ¡Filántropos! Basta apropiarse de una televisión, crear una  marca blanca con una siglas huecas y genéricas (el Frente Nacional francés, el partido de la Libertad holandés o Força Italia…) y hurgar en el miedo atroz de los votantes. Sus interesadas proclamas se dirigen a los más vulnerables, como Rivera en el antiguo cinturón rojo catalán o Marie Le Pen en la periferia parisina.

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Seres vulnerables

Por desgracia son legión. Europa entera está trufada de personas malhumoradas, malavenidas con la vida, fustigadas por unos jefes sin escrúpulos, enojadas por la subida de la luz, anegadas de manías, que suelen saltar a la mínima. Por aquí mismo en cuanto alguien habla de extranjeros, de catalanes, de feminismo o de la momia embalsamada de Franco se soliviantan y se vuelven agresivos y malsanos. Los tipos que votan a Trump, a Le Pen o a Orbán son gente con bajos niveles de estudios. Por el contrario, una mayoría de universitarios pasan de esa casta de extrema derecha que pulula ahora mismo a sus anchas por Austria, Holanda o incluso Suecia. ¡Vaya contrasentido!

Antes los parados eran usados para abaratar la mano de obra; ahora lo son para recaudar votos gratis. Los que gritan 24 horas contra sí mismos son trabajadores precarios peor pagados cada día que pasa, varones indecentes que no creen en las mujeres, opinadores que les gusta llevar la razón en todo y que se sobrepasan por la cara con el vecino de rellano, con el camarero del bar o con el novio de la hija. Son egocéntricos y mal hablados. Les gusta la camorra verbal. Ellos forman la materia prima con la que trabajan algunos desalmados políticos en el sucio trabajo de intoxicación cotidiana. Políticos con o sin la debida acreditación académica, con o sin haber pisado las aulas, con o sin trabajos plagiados al por mayor.

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Nadie para ya a los taxis

Un taxista antes era alguien. “Señor taxista, por favor, ¿podría usted recogerme a las siete?” Con su curro se permitían pagar varias carreras a la vez (universitarias, me refiero) a varios hijos al mismo tiempo. La venta de su licencia le posibilitaba pensar en una jubilación decente, con viajes frecuentes al pueblo natal a echar partiditas al bar, alguna escapadita con la parienta por Europa o un subsidio regular a algún descendiente díscolo con más reveses laborales en su espalda que la raqueta de Nadal. Ahora ser taxista es de pringaos. Todo se ha venido abajo. Ahora es un jornalero de sí mismo, agobiado, temeroso de su futuro y con tantas deudas en proporción como la selecta lista de morosos de Montoro. No se desgañite pidiendo un taxi, se han puesto en huelga por obligación. A alguien no le gustó que la alcaldesa Colau en Barcelona se apiadara de ellos y les aprobara un reglamento favorable que les blindaba en lo posible del intrusismo de las licencias VTC (alquiler de vehículos con conductor).

A los taxistas les ha pasado lo que a muchos otros. De golpe y porrazo han pasado a ser unos exprimidos sociales, unos estrujados laborales, unos explotados sin fin en una actividad sin futuro. La nueva economía colaborativa (UBER y CABIFY) ha dejado esquilmadas sus esperanzas. He leído en algún lugar que ya hay guarderías 24 horas para esos currantes rasos que encadenan dos o tres trabajos diarios para poder mantenerse en pie. Los precarios viven aterrorizados, acosados por sus facturas. Sienten verdadero pavor al asomarse al buzón, les asusta consultar el correo electrónico. La APP del banco les infunde un venerable respeto: es la que diagnóstica una enfermedad crónica en las cuentas domésticas. Hoy no se puede llegar fácilmente a fin de mes. Hay familias que no se conocen entre ellas y que, sin embargo, optan por compartir vivienda. ¡No hay más remedio! Los pisos se alquilan por días a guiris y no hay manera de que los precios sean razonables. Los poderes públicos no saben que hacer con los apartamentos turísticos, ni con los taxis, ni con las invasiones a la intimidad de Google, ni con la gentrificación, ni con las ofertas de Amazon, ni con el subempleo, ni con la fiscalidad distraída de esas grandes corporaciones, ni con los falsos autónomos, ni con los becarios eternos. ¡Estamos buenos! Los políticos llegan con retraso a todo, como los trenes del siglo pasado. Están desarmados y solo saben, en plan cobarde, culpabilizar a los más vulnerables, con su letanía antiinmigración.

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En cueros

¡Por favor que alguien se apiade de nosotros! Los que retratábamos habitualmente las patrañas del PP hemos quedado desasistidos de material fresco de primera mano para nuestras crónicas. Su desalojo de las instituciones, su marcha abrupta del poder, ha sido un golpe bajo, un impedimento demasiado brusco a la hora de narrar en artículos de opinión la deriva corrupta e interesada de una poderosa élite política que se las prometía muy felices. A la hora de escribir nos encontramos una desventaja de la leche. De golpe nos hemos quedado descompuestos, en cueros, bajo un sol de justicia y sin las interesadas martingalas del gobierno central que nos daban de comer. Hace unos pocos años, la pérdida de algunas autonomías ya supuso un cierto descenso en el tráfico de noticias pestilentes objeto de crítica. Aunque, ¿cómo van a comparar todo aquello de la Gürtel con el reciente escándalo de la Diputación de Valencia que se reduce a la contratación de unos pocos botarates para unos boyantes cargos que les venían anchos de fábrica; unos aprovechados, gratificados con unos sueldazos legales pero inmerecidos, demasiado sustanciosos para la nula cualificación de sus protagonistas? Hablamos de unos políticos de pueblo que solo sabían por instinto el momento crucial para ejercer la adulación sistemática al gerifalte del partido.

Los nuevos monclovitas solo tuvieron que apaciguar unos cuantos titulares de prensa respecto al incendio soberanista catalán para dar un respiro a los telediarios; el gobierno recién nombrado se formó con más mujeres que hombres en el puente de mando con lo que aparecieron vitoreados en medios internacionales;  los sustitutos del PP con un solo clic obtuvieron millones de likes gratis por el desembarco de un barco cargado de apestados inmigrantes que vagaba por el Mediterráneo sacándole los colores a la Unión Europea. EL PP ha quedado desolado. Sus altos cargos públicos han hecho de improviso la maleta a ninguna parte y todos sus respectivos séquitos han aterrizado resignados en las desangeladas oficinas de empleo más cercanas. ¡Pobres dirigentes populares! Los que teníamos ciertas habilidades, cultivadas durante años, para desenmascarar algunas de sus políticas antisociales, retrógradas y maliciosas nos hemos visto de golpe, súbitamente, desamparados. La hecatombe de dirigentes de campanillas ha sido inesperada y cruel. Han quedado muy pocos con vida con los que ensañarse. El PP nos la ha jugado a muchos del gremio periodístico.

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L’‘Open Arms’ salparà aquest dijous per continuar amb les faenes de rescat d’immigrants a la Mediterrània

No són famosos com el cantant Serrat, els actors Javier Bardem i Penélope Cruz o els entrenadors de futbol Valverde i Guardiola o l’alcaldessa de Barcelona, Ada Colau, però ells també aporten el seu granet d’arena a la causa de l’ONG Proactiva. Són voluntaris de procedència diversa implicats en la posada a punt del vaixell almirall d’aquesta organització humanitària dedicada des del final de l’any 2015 al rescat de persones que escapen a través de la Mediterrània de la guerra, de la pobresa i de conflictes de tota mena.

Les tasques de manteniment, revisió i reparació del vaixell es duen a terme al varador de Borriana. Molts són els que han respost a la crida d’aquesta ONG, efectuada per les xarxes socials, per a portar a terme la posada a punt i poder salpar de nou divendres per a fer missions d’ajuda en alta mar i tractar de salvar vides de persones desesperades que fugen cap a Europa en pasteres i petites embarcacions precàries. A l’ Open Arms estan llavant-li la cara i reparant la maquinària persones anònimes vingudes de diferents llocs. Junts treballen i conviuen a bord. Amb ells i amb el seu capità ha parlat eldiario.es. La polèmica i el drama del vaixell Aquarius ha avivat els sentiments de solidaritat amb aqueixos immigrants que es llancen a la mar i que es juguen la vida diàriament per un futur incert en aquesta riba del mar rica i opulenta.

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El Open Arms zarpará este jueves para continuar con las labores de rescate de inmigrantes en el Mediterráneo

No son famosos como el cantante Serrat, los actores Javier Bardem y Penélope Cruz o los entrenadores de fútbol Valverde y Guardiola o la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, pero ellos también aportan su granito de arena a la causa de la ONG Proactiva. Son voluntarios de procedencia diversa implicados en la puesta a punto del buque insignia de esta organización humanitaria dedicada desde finales del año 2015 al rescate de personas que escapan a través del Mediterráneo de la guerra, de la pobreza y de conflictos de toda índole.

Las tareas de mantenimiento, revisión y reparación del barco se llevan a cabo en el varadero de Burriana. Muchos son los que han respondido al llamamiento de esta ONG, efectuado por las redes sociales, para llevar cabo la puesta a punto y poder zarpar de nuevo este viernes para realizar misiones de ayuda en alta mar y tratar de salvar vidas de personas desesperadas que huyen hacia Europa en pateras y pequeñas embarcaciones precarias. Al Open Arms le están lavando la cara y reparando su maquinaria personas anónimas venidas de diferentes lugares. Juntos trabajan y conviven a bordo. Con ellos y con su capitán ha hablado eldiario.es. La polémica y el drama del buque Aquarius ha avivado los sentimientos de solidaridad con esos inmigrantes que se lanzan al mar y que se juegan la vida a diario por un incierto futuro en esta orilla del mar rica y opulenta.

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¡Que me aspen!

A este paso, los generadores eólicos, los molinos de viento, van acabar crucificando al expresidente valenciano. Un Quijote fiscal deberá ahora escrutar esas concesiones de ventiladores que ya puso en apuros judiciales a otro expresidente valenciano, José Luis Olivas, que agilizó una venta de acciones en ese negocio renovable al sobrino de Juan Cotino, un superhéroe del mal, que dice meter la mano sin querer, y que fue conseller, vicepresidente del gobierno valenciano y presidente del Parlament. Cotino ha sido, sin duda, la mano que meció la cuna en los negocios familiares de su sobrino, un reconocido donante de fondos al PP para sus menesteres en las campañas electorales, según confesión propia en sede judicial. El también exdirector de la Policía, amén de los supuestos delitos recogidos en la operación Erial acabada de destapar, tiene muchos más flecos que se sepa en otros tantos asuntos turbios. Ya se ha vinculado a este beato de Chirivella con la distracción de dinero de todos gracias a la gira apostólica del Papa por Valencia. Ahora con esta trama, según  la operación policial en curso, los Cotino de toda la vida pudieron amasar hasta 40 millones de euros por esas concesiones del mapa eólico. No está nada mal.

Ese paisaje de los molinos, que colonizan montes y cimas valencianas, marcará en el horizonte, como el toro de Osborne, la altura que alcanzó la riada de corrupción y las inundaciones de podredumbre que nos encharcó hace bien poco. El lugarteniente de Zaplana, el exdiputado bronca del PP, Vicente Martínez Pujalte, otro que tal, también le fue bien con las gestiones a favor de los molinos eólicos en Castilla y León. Este parlamentario hooligan cobraba por asesoramientos verbales en el bar. Sin disimular ni un ápice, con un par. ¿Saben quién era el ministro de Medio Ambiente cuando el apogeo de las concesiones eólicas? El expresidente balear, Jaume Matas, entre partida de pádel y de golf, era la perfecta tapadera para hacer esos negocios. El Eje de la Prosperidad era una denominación que se daba a aquellos años a territorios gobernados por una pandilla de forajidos que ahora reconocemos como el eje del mal. Todos ellos cortesanos fieles del presidente Aznar y de su consorte, la nefasta alcaldesa de Madrid, Ana Botella.

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¿En buenas manos?

¿Creen que estamos en buenas manos cuando resulta que han de ser los bomberos catalanes los que han de ir a apagar los fuegos prendidos en Cataluña por un incendiario, inquilino de la Moncloa, al que cuanto peor, mejor, o al revés? Los bomberos esta vez tuvieron, como metáfora, que proteger la integridad de abuelitas, que a la salida de misa de doce, se habían acercado al no colegio electoral a votar en la no urna en el no referéndum catalán.

El mundo al revés. Puede que incluso fuera un policía “antisistema” encapuchado el que pusiera silicona en el colegio dónde iba a votar Oriol Junqueras, el vicepresidente catalán. Luego, gracias a algunos tejemanejes de última hora, lo hizo tan pancho en otro sitio. La picaresca del pillo Piolín se mostró en Cataluña como un juego, en el que los más ingeniosos fueron las entidades soberanistas o como se llamen esas organizaciones tapaderas. Lo de cambiar de coche en un túnel para que el helicóptero de la policía persiguiera al edecán de Puigdemont en el coche oficial en vez de al propio president por las sinuosas carreteras de Girona es un truco que no conocía ni el mismísimo James Bond. Lo de pedir en un bazar chino urnas a precio irrisorio y que se las guarden en un pueblecito francés es de nota. Los conspiradores no utilizaban ni el whatshapp por si acaso les detectaban. Era como si un grupo de cristianos llevarán una custodia de plata de mano en mano a escondidas en plena dominación musulmana en el siglo IV.

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