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Xavier Latorre

Licenciado en Económicas y Periodismo en Barcelona. Su vida laboral ha transcurrido principalmente en RNE (RTVE), excepto una etapa en Ràdio 9. Profesor universitario de Sociología y de Comunicación, ha colaborado en numerosos medios de comunicación escritos. El País y Levante-EMV han sido, durante varios años, los que más cancha le han dado en su trayectoria profesional.

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Forrados en oro de ley

Y digo yo que algunos políticos irredentos, que robaban a manos llenas, porque se lo pedía el cuerpo bronceado en largas sesiones de rayos UVA; porque iban dopados de dinero, como yonquis, por la calle, al gimnasio y a las elecciones podrían disculparse públicamente. Eran los elegidos ingenuamente por nosotros mismos para proceder al pillaje indiscriminado de la población civil desarmada y en permanente situación crítica por unas cuentas corrientes extenuadas hasta el límite. Sin embargo, el contribuyente medio, que se supone que ha hecho la ESO, que se ha formado aunque sea a distancia, o de oídas, y que se cree un tipo razonable y sensato, ¿por qué demonios les ha votado de forma compulsiva y reiterada durante tanto tiempo?

Acabo de desayunarme aquí en este digital una nueva entrega de las aventuras de nuestro Especial One, Eduardo Zaplana, el expresidente al que todos reverenciaban, y, que, según las últimas averiguaciones, andaba con un búlgaro que traficaba con las joyas de nuestras abuelas, malvendidas para sacar a flote in extremis una inoportuna deuda doméstica. Al parecer, no entiendo mucho de finanzas ocultas, ni de tapaderas financieras, fundían en oro el dinero de los ciudadanos de a pie que solo hacían que pagar impuestos, acudir al Mestalla, escaparse a la playa de Oliva con sus hijos y votar al PP de vez en cuando. Los lingotes, depositados en alguna caja fuerte de alguna cámara acorazada de algún banco de algún país laxo en fiscalidad, son el testimonio directo del latrocinio sistemático de nuestras finanzas públicas. ¡Sin duda, han resultado ser los votos más caros de nuestra historia!

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El suero de la verdad

Algunas ONG, si alguien está sumido en apuros o no tiene nada, les dan la posibilidad de acudir a un comedor social; los bancos de alimentos les han un capote para sobrevivir. Recientemente han proliferado voluntariosas organizaciones que ofrecen, de forma más sofisticada, raciones de “verdad” para las maltrechas conciencias y menús completos de desmentidos. Son las nuevas dietas ideológicamente sanas que certifican la veracidad de algunas informaciones bien contrastándolas, bien echando mano de hemerotecas, bien hurgando en la Wikipedia. La posverdad campa a sus anchas por doquier y hay que prevenir el daño irreparable que provoca. Un tipo te sopla al oído una bola inmensa, te la tragas y luego vas y la vomitas tranquilamente en una concurrida reunión de amigos. Tu solito, de forma inocente, has turbado a tus compañeros de trabajo y has contagiado a tu familia con unos malditos bulos interesados: hay demasiada desinformación apócrifa.

Hay portales indecentes montados exclusivamente para verter aguas residuales a la red, para intoxicar a los indefensos internautas que navegan sin rumbo fijo. Por esos cauces, en forma de aparentes webs convencionales, fluyen mentiras de las gordas, con el bastardo interés de desacreditar a un rival político, económico, deportivo o vecinal. ¡Hay que andarse con mucho ojo! Ahora que se avecina una doble consulta electoral se va a recrudecer esa táctica de mentir y repetir falsedades hasta que se encarnen en una presunta verdad irrefutable. ¡Mucho cuidado con las trolas! Hace falta que las autoridades velen por la integridad de nuestras convicciones, deben vacunar cuanto antes a la población civil con muchas dosis del suero de la verdad.

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No te cortes: vota a otro Zaplana

Dicen que Telefónica una vez fue de todos, como Hacienda. Luego de Aznar y su fiebre privatizadora ahora es de alguien, seguro. Su expresidente, César Alierta, quedó salpicado en un presunto caso de enriquecimiento súbito (llamémosle sin eufemismos a las cosas de comer) cuando estaba en Tabacalera. Luego el hombre, para lograr emparentarse socialmente con el poder, decidió cobijar como altos directivos al cuñado del rey, Iñaki Undargarín (para supervisar, no se rían, por favor, el mercado latinoamericano), y a Eduardo Zaplana (para expandirse, ¡lo que hay que ver!, por la vieja Europa). Dos reos de cuidado.

Alierta es de la generación de tiburones que dura y dura, como el inefable Francisco González, del BBVA, desaparecido también de los consejos de administración antes de explosionar la bomba Villarejo que llevaba adosada al pecho. Este hombre había sido investido rey de la banca desde los remotos tiempos de Aznar, el patriarca de la dinastía de presidentes del PP, incluido el actual Pablo Casado. Carlos Menem, en Argentina, copió el chollo de las privatizaciones masivas y ahora allá no tienen ni empresas públicas estratégicas ni ahorros ni nada de nada; Uruguay, sí; que se sepa. Lo grave del señor Alierta, retirado hace tres años, es que no haya salido en este tiempo a la palestra en algún programa de la televisión de pago para pedir, qué menos, perdón a todos y para decirnos a los españoles que pagamos religiosamente el recibo que nos libra mensualmente Movistar que no lo volverá hacer más. El monarca emérito Juan Carlos I creó escuela con las excusas; es muy sencillo imitarle. Un poquito de arrepentimiento postrero, señor Alierta, nos vendría bien a todos, incluidos los inversores de la que fue “su” compañía. Al menos su sucesor podría abrir una línea telefónica gratuita para desahogarnos. “Si quiere denunciar algún chanchullo relacionado con nosotros marque el uno o diga sí”.

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Un poco de humanidad, por favor

La humanidad es una virtud que ejercen los poderosos en nombre de los más vulnerables, de las víctimas de injusticias solemnes o de los inmigrantes sin papeles embarcados en una precaria patera a punto de naufragar. La humanidad que reclama el señor Aznar es pedir clemencia y la salida de la prisión, donde se haya recluido desde hace ocho meses, de su buen amigo Eduardo Zaplana (como también han hecho otros políticos de distinto signo). Sin embargo, hubiera podido mostrar la misma dosis de empatía por las víctimas de la masacre terrorista del 11-M a las que mareó hasta lo indecible para obtener réditos políticos, con la colaboración del propio Zaplana y de Ángel Acebes, y de algunos medios de comunicación con sus principios éticos empeñados, listos para salir a subasta.

Humanidad era también no privatizar todo aquello que les viniera en gana, colocando a sus amigos al frente de aquellas rentables empresas. Unas compañías que luego obtuvieron unos beneficios astronómicos a base de despidos generalizados y subidas siderales de tarifas por sus servicios básicos. Del dinero obtenido nunca más se supo. Es una melodía rancia y pasada de moda, practicada antes en Argentina y pronto interpretada de nuevo en el Brasil de Bolsonaro, pero que hoy en día algunos ingenuos votantes aún se tragan. Humanidad, por tanto, no era privatizar las ITV como hicieron Zaplana y Oriol Pujol, el hijo del gran Jordi, en sus respectivos territorios para hacer caja rápido y cederles una fuente inagotable de ingresos a unos particulares, agazapados tras unas siglas corporativas.

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Año 2030

Iba a comprarme un calendario de pared para el año próximo, en plan anticuado, cuando le pedí al dueño de la papelería si tenía ya a la venta el del 2030. Extrañado preguntó el porqué. Le expliqué que nuestro presidente de Gobierno ha diferido hasta esa fecha muchas de sus políticas. Lo  suyo es esperar, sentado en la Moncloa, a que amaine lo que sea como sea: los presupuestos enquistados del año que viene; el traslado del cuerpo putrefacto de Franco a un nicho corriente; las maniobras, previstas o imprevistas, calculadas o azarosas, en el aparato judicial; o la tensión no resuelta con los catalanes (algunos sondeos de opinión pronostican que el número de independistas por metro cuadrado sigue al alza). El único respiro que se ha dado el presidente últimamente es el del déficit hídrico. Estos meses hemos tenido abundante agua para todos, sin gastarse la Generalitat ni un duro en manifestaciones de pago. España, al menos en el Corredor Mediterráneo, ya no tiene sed, aunque tenga unas penosas comunicaciones por tren.

Todo queda postergado, aplazado. Partido a partido; el domingo, Andalucía. Con los 84 diputados de a bordo de la nave parlamentaria socialista, algunos de ellos con ganas de protagonizar un motín en cubierta al menor descuido, poco más se puede hacer. El profeta Sánchez capea el temporal con utopías, el presidente del gobierno sobrevive a base de anuncios futuristas, con proclamas de ciencia ficción, como si en vez de un telediario fuera a durar una eternidad en el cargo.

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El péndulo

Hacerse mayor permite hacer un acopio de datos considerable y usarlos a bote pronto sin tener que recurrir a ninguna wikipedia. Con un conocido de mi quinta recordábamos lo pesimistas que estaban los del PP valenciano durante la década de los años 80. No daban pie con bola. En aquella década, la derecha repetía hasta la saciedad que el País Valencià era republicano y de izquierdas y que nada se podía hacer con ese pedazo de territorio incorregible y con su pertinaz voto socialista. Con los años en foros parecidos íbamos escuchando lamentos de signo contrario: los valencianos no tenemos remedio, esto es un feudo popular, son imbatibles, no hay solución de futuro, clamaban los izquierdistas y los nacionalistas, ante las descomunales cosechas de votos de los Zaplana, Camps y compañía. Éramos de derechas de toda la vida o lo parecía. Toda una letanía de desdichas que se prolongó un largo cuarto de siglo hasta las últimas elecciones municipales y autonómicas, en que renegamos a lo grande de ese estigma autoimpuesto.

La existencia cotidiana siempre tiene dos caras, como los antiguos discos de vinilo. A veces pensamos que nuestra sociedad mejora a la generación anterior y otras veces rumiamos, en plan pesimistas, que jamás viviremos como nuestros padres. Creemos en el progreso un día y al levantarnos el siguiente, y desayunarnos unos indicadores económicos indigestos, pensamos que esto no tiene solución: la desigualdad creciente genera malestar, fabrica pobres de solemnidad y tritura nuestros derechos sociales. La ley del péndulo gobierna nuestra existencia. Ahora mismo, en plena perspectiva negativa, nos vemos cercados por el Mal, agobiados ante tanto reaccionario suelto, ante el alto predicamento que tienen consignas intolerantes y excluyentes. ¡Estamos angustiados y con razón!

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¿Para cuándo un Bolsonaro patrio?

¡Vamos a perder el tren de la “modernidad”! Todo el norte y este de Europa ya ha abrazado la fe de la intolerancia y del sectarismo. Nuestros referentes han cambiado de golpe. Ahora prima ser pro-Putin en los países bálticos, fanático nórdico con un kit ultra bajo el brazo, amigo de Trump en una Gran Bretaña desquiciada por el Brexit o, ya en América, admirador del exmilitar brasileño y apologeta de los golpes de estado, el mesías Bolsanaro. En media Europa, y pronto también en la próspera Baviera, si el votante alemán no lo remedia, la extrema derecha despunta. El caudal de la intransigencia política se desborda al igual que un torrente mallorquín dormido durante décadas. Quedan a salvo, en precario, unos pocos países parias de una Europa hasta hace poco modélica. Portugal, Grecia y nosotros, ¡vaya panda!

Los de la lista Forbes o algún iluminado presidente de equipo de fútbol dan un paso al frente y para seguir generando beneficios de dos cifras consideran que deben asaltar directamente el poder. No se puede dejar el mando en manos de remilgados burócratas inoperantes. En España también se creyó años atrás que unos desalmados con dinero procurarían por el bien de la sociedad. A tipos como Jesús Gil, Mario Conde o Ruiz Mateos se les reverenciaba; creían que si se habían hecho ricos harían ricos a todo el mundo. Como Berlusconi, como el millonario que reina en Chile o como algunos oligarcas rusos que campan a sus anchas por aquel vasto país. ¡Filántropos! Basta apropiarse de una televisión, crear una  marca blanca con una siglas huecas y genéricas (el Frente Nacional francés, el partido de la Libertad holandés o Força Italia…) y hurgar en el miedo atroz de los votantes. Sus interesadas proclamas se dirigen a los más vulnerables, como Rivera en el antiguo cinturón rojo catalán o Marie Le Pen en la periferia parisina.

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Seres vulnerables

Por desgracia son legión. Europa entera está trufada de personas malhumoradas, malavenidas con la vida, fustigadas por unos jefes sin escrúpulos, enojadas por la subida de la luz, anegadas de manías, que suelen saltar a la mínima. Por aquí mismo en cuanto alguien habla de extranjeros, de catalanes, de feminismo o de la momia embalsamada de Franco se soliviantan y se vuelven agresivos y malsanos. Los tipos que votan a Trump, a Le Pen o a Orbán son gente con bajos niveles de estudios. Por el contrario, una mayoría de universitarios pasan de esa casta de extrema derecha que pulula ahora mismo a sus anchas por Austria, Holanda o incluso Suecia. ¡Vaya contrasentido!

Antes los parados eran usados para abaratar la mano de obra; ahora lo son para recaudar votos gratis. Los que gritan 24 horas contra sí mismos son trabajadores precarios peor pagados cada día que pasa, varones indecentes que no creen en las mujeres, opinadores que les gusta llevar la razón en todo y que se sobrepasan por la cara con el vecino de rellano, con el camarero del bar o con el novio de la hija. Son egocéntricos y mal hablados. Les gusta la camorra verbal. Ellos forman la materia prima con la que trabajan algunos desalmados políticos en el sucio trabajo de intoxicación cotidiana. Políticos con o sin la debida acreditación académica, con o sin haber pisado las aulas, con o sin trabajos plagiados al por mayor.

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Nadie para ya a los taxis

Un taxista antes era alguien. “Señor taxista, por favor, ¿podría usted recogerme a las siete?” Con su curro se permitían pagar varias carreras a la vez (universitarias, me refiero) a varios hijos al mismo tiempo. La venta de su licencia le posibilitaba pensar en una jubilación decente, con viajes frecuentes al pueblo natal a echar partiditas al bar, alguna escapadita con la parienta por Europa o un subsidio regular a algún descendiente díscolo con más reveses laborales en su espalda que la raqueta de Nadal. Ahora ser taxista es de pringaos. Todo se ha venido abajo. Ahora es un jornalero de sí mismo, agobiado, temeroso de su futuro y con tantas deudas en proporción como la selecta lista de morosos de Montoro. No se desgañite pidiendo un taxi, se han puesto en huelga por obligación. A alguien no le gustó que la alcaldesa Colau en Barcelona se apiadara de ellos y les aprobara un reglamento favorable que les blindaba en lo posible del intrusismo de las licencias VTC (alquiler de vehículos con conductor).

A los taxistas les ha pasado lo que a muchos otros. De golpe y porrazo han pasado a ser unos exprimidos sociales, unos estrujados laborales, unos explotados sin fin en una actividad sin futuro. La nueva economía colaborativa (UBER y CABIFY) ha dejado esquilmadas sus esperanzas. He leído en algún lugar que ya hay guarderías 24 horas para esos currantes rasos que encadenan dos o tres trabajos diarios para poder mantenerse en pie. Los precarios viven aterrorizados, acosados por sus facturas. Sienten verdadero pavor al asomarse al buzón, les asusta consultar el correo electrónico. La APP del banco les infunde un venerable respeto: es la que diagnóstica una enfermedad crónica en las cuentas domésticas. Hoy no se puede llegar fácilmente a fin de mes. Hay familias que no se conocen entre ellas y que, sin embargo, optan por compartir vivienda. ¡No hay más remedio! Los pisos se alquilan por días a guiris y no hay manera de que los precios sean razonables. Los poderes públicos no saben que hacer con los apartamentos turísticos, ni con los taxis, ni con las invasiones a la intimidad de Google, ni con la gentrificación, ni con las ofertas de Amazon, ni con el subempleo, ni con la fiscalidad distraída de esas grandes corporaciones, ni con los falsos autónomos, ni con los becarios eternos. ¡Estamos buenos! Los políticos llegan con retraso a todo, como los trenes del siglo pasado. Están desarmados y solo saben, en plan cobarde, culpabilizar a los más vulnerables, con su letanía antiinmigración.

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En cueros

¡Por favor que alguien se apiade de nosotros! Los que retratábamos habitualmente las patrañas del PP hemos quedado desasistidos de material fresco de primera mano para nuestras crónicas. Su desalojo de las instituciones, su marcha abrupta del poder, ha sido un golpe bajo, un impedimento demasiado brusco a la hora de narrar en artículos de opinión la deriva corrupta e interesada de una poderosa élite política que se las prometía muy felices. A la hora de escribir nos encontramos una desventaja de la leche. De golpe nos hemos quedado descompuestos, en cueros, bajo un sol de justicia y sin las interesadas martingalas del gobierno central que nos daban de comer. Hace unos pocos años, la pérdida de algunas autonomías ya supuso un cierto descenso en el tráfico de noticias pestilentes objeto de crítica. Aunque, ¿cómo van a comparar todo aquello de la Gürtel con el reciente escándalo de la Diputación de Valencia que se reduce a la contratación de unos pocos botarates para unos boyantes cargos que les venían anchos de fábrica; unos aprovechados, gratificados con unos sueldazos legales pero inmerecidos, demasiado sustanciosos para la nula cualificación de sus protagonistas? Hablamos de unos políticos de pueblo que solo sabían por instinto el momento crucial para ejercer la adulación sistemática al gerifalte del partido.

Los nuevos monclovitas solo tuvieron que apaciguar unos cuantos titulares de prensa respecto al incendio soberanista catalán para dar un respiro a los telediarios; el gobierno recién nombrado se formó con más mujeres que hombres en el puente de mando con lo que aparecieron vitoreados en medios internacionales;  los sustitutos del PP con un solo clic obtuvieron millones de likes gratis por el desembarco de un barco cargado de apestados inmigrantes que vagaba por el Mediterráneo sacándole los colores a la Unión Europea. EL PP ha quedado desolado. Sus altos cargos públicos han hecho de improviso la maleta a ninguna parte y todos sus respectivos séquitos han aterrizado resignados en las desangeladas oficinas de empleo más cercanas. ¡Pobres dirigentes populares! Los que teníamos ciertas habilidades, cultivadas durante años, para desenmascarar algunas de sus políticas antisociales, retrógradas y maliciosas nos hemos visto de golpe, súbitamente, desamparados. La hecatombe de dirigentes de campanillas ha sido inesperada y cruel. Han quedado muy pocos con vida con los que ensañarse. El PP nos la ha jugado a muchos del gremio periodístico.

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