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Xavier Latorre

Licenciado en Económicas y Periodismo en Barcelona. Su vida laboral ha transcurrido principalmente en RNE (RTVE), excepto una etapa en Ràdio 9. Profesor universitario de Sociología y de Comunicación, ha colaborado en numerosos medios de comunicación escritos. El País y Levante-EMV han sido, durante varios años, los que más cancha le han dado en su trayectoria profesional.

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El bulo viral

Yo me he tragado muchos sapos, quiero decir bulos, y los he compartido de forma incauta. Mea culpa. Hay noticias contaminantes que se propagan con la misma espantosa facilidad que el criminal virus, como el que está asediando silenciosamente nuestras vidas, nuestros trabajos y nuestro futuro. Más que imaginación, tras estas maquinaciones para alterar la realidad hay maldad, odio al prójimo y perfiles de personas resentidas que denigran al ser humano.

Las mentiras falsas interesadas que circulan libremente por las redes sociales involucran a la Guardia Civil, a los supermercados, a los Ayuntamientos y a lo que les viene en gana replicando un logotipo oficial y luego pegando una sarta de falsedades. Ofrecen remedios fraudulentos para hacer frente a la pandemia del coronavirus, alegando el dictamen de un presunto médico. Aluden a las gárgaras, al agua caliente, a los zapatos, a las multas, a los sueros exóticos y a las vacunas del Tío Trump. Todo esto aderezado con teorías conspirativas para alarmar todavía más a una población que ya está alarmada, en estado de shock, y que supura miedo por todos sus poros. Estos engañosos chismes implican a ministros del gobierno o a la exalcaldesa Carmena. Hasta el Papa Francisco ha sufrido persecución… Incluso diputados de VOX, un partido ducho en estos menesteres y en estas nocivas armas de manipulación, han sido objeto de esos ataques indiscriminados a su reputación. Los bulos también contagian.

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Pongamos que hablo de Madrid

No nos vamos a liar con cifras y datos que entonces ganamos por goleada sin bajarnos del autobús en el que hemos transitado toda la noche por la A3. He leído algunos informes discriminatorios sobre la infrafinanciación valenciana y he visitado gráficos clarificadores que dan cuenta del expolio al que somos sometidos por la administración que se asienta en la capital de España. He podido corroborar el agravio que padecemos los otros españoles de segunda división que poblamos el espacio exterior de la periferia por culpa de la voracidad presupuestaria española. Ahora, encima, va y resulta que porque una ministra habla de armonización fiscal para que Madrid no vaya a su bola con sus bonificaciones, con sus impuestos condonados a los más pudientes, para que no haga de paraíso fiscal a la sombra de un madroño, va y los populares madrileños, los dueños del cotarro centralista, ofendidos, ¿será posible tal desfachatez?, se alzan contrariados e insolentes contra el resto del mundo.

La capital de los funcionarios, de las sedes de las grandes empresas, del poder financiero de las grandes corporaciones y de la maquinaria del Estado se siente molesta por algunas reivindicaciones del extrarradio, que ellos califican de osadas y que piensan que rompen España (al parecer, ellos nunca han roto un plato, ¡cuánta fragilidad!). La tripulación popular corsaria, que no suelta el timón de la nave nodriza pirata así la maten, puede permitirse saquear varias veces el Canal Isabel II, la empresa que gestiona el agua esa que cuece tan bien los garbanzos para el cocido. Se les perdonan los robos perpetrados desde la Puerta del Sol, desde el Kilómetro Cero, y les vuelven a entronizar erre que erre al frente del gobierno autonómico. Pueden preguntarle si lo desean a los expresidentes de la Comunidad de Madrid envueltos en una maraña de casos judiciales, la mayoría vinculados al latrocinio y la rapiña. Esta historia de victimismo recuerda, casualidades de la vida, los interminables años del Pujolismo, el sesgo galleguista actual de Feijóo o la turra de Camps con el agua del Ebro y la California europea. La confrontación siempre depara buenos réditos electorales.

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Las langostas corrían a nuestra costa

¡Qué listo el Ciudadano Zaplana, que diría el amigo Quico Arabí, con su dieta de la langosta! Por eso siempre ha estado tan escuchimizado. Seguramente, los cruceros personalizados, con sus amigotes a bordo, le brindaban la oportunidad de multiplicar sus negocios turbios en alta mar, esos que le han llevado a mover sus indebidas comisiones por diez países distintos y a codearse con lo más granado de los testaferros mundiales, construyendo una tupida red de sociedades fantasmas. Tanto navegar de gorra le mantenía la carrocería corporal tuneada por el sol en la cubierta de esos megayates. Muchos viajes, alguno con Julio Iglesias, pudieron servirle para firmar actas con notarios de medio mundo, para pedir los saldos de sus cuentas en paraísos fiscales y para cerciorarse de que un empresario sin escrúpulos había abonado sin rechistar la mordida correspondiente a tocateja.

El expresidente valenciano, y luego ministro y portavoz del gobierno Aznar, tenía una guardia pretoriana de consejeros que le imitaban y que saqueaban en su nombre o en el suyo propio. Las principales bandas de los Blasco y de los Cotino (cuyo líder espiritual actuaba también camuflado de director general de la Policía) y sus cuatreros secuaces metieron la pezuña y la mano -a cara descubierta- en varios departamentos. Se turnaron a la hora de vigilar a las ovejas. Aquellos infaustos gobernantes (más tarde con Camps a la cabeza del tinglado) no dejaron partida del presupuesto público sin expoliar, metieron el cazo en las ITV, en las resonancias magnéticas, en los molinos eólicos, en las ayudas a las ONGD, en los peajes de las autopistas, en los sistemas informáticos, en los contratos televisivos, en los hospitales privados, en la obra pública, en la construcción de colegios, en las visitas pontificias y en las residencias de la tercera edad. Todo a la vertiginosa velocidad de un bólido de Fórmula I, todo a plena luz del día, con la cara bien dura por delante y con la bendición mediática de periodistas que elogiaban en primera página las inmaculadas trayectorias de esos desalmados.

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Ilustres bocazas

Los hay esparcidos por todos los rincones de la geografía española. Son muchos prohombres y también muchas mujeres que gozan de inmunidad en sus tareas de bocazas oficiales del reino, son sujetos estrambóticos a los que se les consiente cualquier chanza o cualquier disparatada ocurrencia. Son políticos encaramados al poder que utilizan sus habilidades como vendedores de humo o de proyectos descabellados para perpetuarse en el cargo. La televisión los encumbra, los mima, y ellos responden al espectador sin criterio o a la audiencia más desconcertada, con vaguedades, con chorradas y con lugares comunes con los que consiguen hechizarlos.  

Seguro que les suenan apellidos ilustres que avasallan a sus rivales en los comicios y que nos dan la brasa a todas horas. Hablamos de parlanchines mediáticos como el proveedor de anchoas del régimen Miguel Angel Revilla, como el mister Led vigués Abel Caballero o la desternillante madrileña, Isabel Díaz Ayuso. Citamos a tres, pero los hay a raudales: el catálogo de atrevidos deslenguados, es extenso; incluso hay otros, sin tanto eco en los medios de comunicación, diseminados por ahí entronizados por la gracia de su verborrea y de su incontinencia oratoria. Esgrimen tonterías, anuncian obras superficiales y exponen banalidades en sus respectivas zonas de influencia como si fueran grandes logros. No hay forma alguna de pararlos, apabullan. Se retroalimentan: la televisión los necesita para sus índices de audiencia, y ellos a las distintas cadenas para mejorar en las encuestas; ellos se lo guisan, ellos se lo comen.

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Los fake-votos

Algunos votantes han acudido al matadero electoral intoxicados por sus cinco minutos de móvil matutinos, bien cargados como el café, de fake news, de campañas de distracción masiva interesada y más tarde retuiteadas, en plan pardillo, amplificadas y rebotadas verbalmente en la barra el bar o en la panadería de la esquina. ¡Lo que habremos oído estos meses!

“Eso de las clases de costura y de la violencia machista Vox no lo dice”, interpela a sus vecinos una incondicional que les ha votado y que niega las evidencias vertidas por los telediarios. La señora se ha inventado un partido a imagen y semejanza de su cabreo, y lo ha bautizado igual que el puñado de amigos aristócratas de la cuadra de Abascal. “Me queréis liar”, advierte ofendida.

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Anomalías

Sube vertiginosamente el adorado becerro de oro llamado PIB mundial y, en cambio, crecen, se agrandan, las desigualdades sociales. ¡Qué gran paradoja! Latinoamérica es un ejemplo actual. En plena crisis económica, los del IBEX 35 aquí se forraron de lo lindo. Siempre ocurre igual, cuando no es el ladrillo, es una acción colocada en un valor sin miramientos que cotiza al alza con las tarifas de suministros básicos o con la obra pública que pagamos a tocateja todos los ciudadanos por encima de su precio real. Tipos como González o Aznar, desde sus poltronas empresariales, garantizan unos altos rendimientos. Mientras, los llamados “proletarios del clic” se autoemplean, les llaman pomposamente emprendedores, y generan, ¡qué remedio!, sueldos low cost.

Acabo de leer que algunos altos directivos en algunos países reparten aterrados, y sumidos en el pánico, entre sus trabajadores sus bonus y sus millonarios complementos y sobresueldos para que sus empleados puedan comprarse gadgets absurdos en algunas macrotiendas y no se cabreen más de la cuenta. Esos millonarios ejecutivos, ingenuamente, piensan que con ese misericordioso donativo podrán apaciguar a los más famélicos del mundo, como rezaba un himno trasnochado.

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Un tal Soros

La culpa de todo la tiene un tal Soros, el más malote de toda la wikipedia. Todos creen que al Open Arms, además de los entrenadores de fútbol Valverde y Guardiola, lo financia ese potentado de origen húngaro que es el demonio personificado para las webs de extrema derecha, para los racistas que vierten odio en las redes sociales, para los que votan sin remilgos al neofascismo. Ese tal Soros, un anciano de casi 90 años, es, para ellos, una máquina de ayudar a los pobres, de desestabilizar a los gobiernos y de educar a peligrosos izquierdistas en universidades de todo el mundo.

Los tripulantes del Open Arms, su causa, su desigual lucha contra políticos histriones, ha sido la noticia del verano. El rescate de náufragos en el Mediterráneo ha sido pasto de bulos interesados, de perversos comentarios y de manipulaciones gratuitas. Salvini estaba interesado -en medio de un golpe de estado institucional en Italia- en obtener rédito político a la situación: quería tener inmovilizado al buque de bandera española para darse un baño de firmeza política, de patrioterismo barato. El ministro de Interior en funciones -como los de aquí- quería anticipar unos comicios en su país que le fueran favorables con el barco solidario anclado, humillado, frente a Lampedusa. De momento, la jugada le ha salido rana. Su falsa actitud de fuerza frente a gente de color, indefensas y pobres, y a un puñado de voluntarios solidarios contrasta con su displicencia e indolencia con los problemas reales de su país y con su adscripción ultra y antieuropea. Ahora, desembarcados estos inmigrantes invisibles, ejerce de pinchadiscos por las playas italianas cantando el himno nacional italiano como hacen otros solistas desafinados en otros países de su entorno, apropiándoselo, en una receta antigua que siempre da juego, como un arroz a banda un domingo de agosto en la terraza del apartamento de los suegros. 

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¡Silencio.... se graba!

El otro día invité a comer a un amigo muy versado en temas de las altas finanzas. Sabe un montón de todo eso, al margen de que sea o no periodista, que sí lo es. Mi huésped gastronómico, agradecido, me ofreció una suculenta ración de escándalos referidos a grandes corporaciones y empresas que operan impunemente en la bolsa española. Según este entendido, el Banco de Santander, por culpa de un asiento contable poco satisfactorio, decidió despedir salvajemente a casi 4.000 trabajadores (luego redujo sibilinamente su número) y además resolvió cerrar una cuarta parte sus oficinas en España. Mi amigo dice que ese sacrificio laboral se recompensa con subidas en su cotización. A los llamados mercados el juego sucio les mola. No les tembló el pulso; nosotros, por el contrario, sí tenemos miramientos a la hora de apiadarnos de los bancos para rescatarlos con dinero público.  

Antes de acabarse la cerveza, mi socio ya me había puesto al corriente de los trapicheos de OHL, una constructora implicada en numerosos asuntos turbios. Uno de los últimos, y ya van demasiados, los presuntos chanchullos bajo mano en la contratación de las obras de la Ciudad de la Justicia de Madrid, un proyecto presupuestado en más de 500 millones de euros de partida que luego se quedó en casi nada. Desde enero, las acciones de esa empresa en el parqué (¡vaya nombrecito!) han subido un 50 por ciento. A sus accionistas, al parecer, les encantan los sobornos generalizados y turbios que ahora investiga la Audiencia Nacional. 

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Desdecirse

¿Memoria endeble? ¿Contradicciones severas? ¿Síndrome de San Pedro al negar varias veces lo mismo? Tras los comicios, visto lo visto, lo suyo es desdecirse de forma arrogante de algunas ideas fuerza que han quedado obsoletas, retractarse a la fuerza de algunos argumentarios pese a parecer unos políticos ridículos. Casado reniega de Rajoy; Arrimadas, de haber dilapidado su privilegiada posición en el mapa electoral catalán; Iglesias, de Errejón y viceversa; Rivera, de la plaza de Colón; Albiol, candidato transversal por Badalona, de su siglas anteriores; Pedro Sánchez, del “susanismo”, y de sus respectivos nocivos padrinos: Felipe, Guerra y Rubalcaba, por el mismo precio; Compromís, de Podemos, que pretendía chupar rueda de ellos en plena carrera electoral cuando las encuestas les daban a los de Iglesias mermas electorales importantes; más de medio millón de andaluces renegaron del PSOE en diciembre y ahora han vuelto a hacer piña con ellos; Maroto, director de la campaña del PP, reniega de su partida de nacimiento vasca y le reprocha a su madre no haber nacido en Logroño que cae muy cerca. Pablo Casado reniega de Vox y les llama un día derecha radical, ultraderecha o algo parecido. Su vocación centrista, altamente demostrada desde el 29-A a primera hora, le hace desmarcarse de unos tipos que han pretendido hundirle en la miseria, mientras él les ofrecía a cambio ministerios.

Los antiguos clientes populares del brillante asesor Iván Redondo, posible artífice intelectual de la remontada y mano derecha del presidente Sánchez, el popular Basagoiti, el exalcalde de Badalona, García Albiol, y el extremeño Monago, le odian por dejarles huérfanos y dedicarse a recolectar varios puñados de votos para el hasta hace poco descabezado líder socialista. Los miles de abnegados presidentes y vocales de mesas electorales aborrecen a Vox por decirles que practican el pucherazo. Casado no se atreve a negar a Aznar por darle consejos perniciosos, pero se odia a sí mismo por aceptarlos. La Junta Electoral deplora haber hecho el ridículo en alguna de sus polémicas decisiones. Los gallegos de En Marea maldicen el día que malgastaron su renta electoral y se han quedado, con el uno por ciento, al borde de los acantilados del olvido. Algunos líderes denigran haber citado tanto a Bildu en los debates televisivos y darles con ello una publicidad extra que les ha doblado la representación. Puigdemont permanece turbado en su guarida por haberse dejado arrebatar el primer puesto del clan independentista por un preso político encerrado en la cárcel hace demasiado tiempo, Oriol Junqueras, que se ha aupado al primer puesto de la clasificación general en Catalunya.

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¡Sí que pueden!

Claro está que pueden doblegarle. ¿Qué se había pensado? No lo dude ni un segundo; les va la vida, la cartera y el prestigio en ello. Pueden inventar conflictos territoriales artificiales, generarle un miedo pavoroso con las pensiones, con la educación de sus hijos, con la lista de espera de las operaciones quirúrgicas y pueden montar otra crisis financiera cuando se les antoje que le pille con el pie cambiado. La derecha no tiene escrúpulos ni siquiera a la hora debatir.

Un señor, elegido recientemente CEO del PP, que en las elecciones no sacará ni para pipas en Cataluña, se presenta como el salvador de una patria hilvanada a su medida. Ese pirómano cínico proclama cómo sofocar un incendio en un sitio dónde nadie le quiere. Es un partido residual en un lugar muy sensible donde justamente no hace ninguna falta arrojar más combustible ni pregonar más extravagancias. El hijo adoptivo de Aznar, que arrastra una recua de exministros enfangados judicialmente, no da puntadas sin hilo: quiere ser el adalid de las personas decentes que sacan a sus perros a pasear, que cogen el metro y que trabajan de mala manera, cobrando 79 veces menos que los consejeros de la compañía donde están empleados precariamente (como ha dejado escrito Juan José Millás, sea quién sea ese escritor). Un tipo como Casado, que retuerce las cifras, que se atribuye más empleos de la cuenta y que miente descaradamente, quiere comprarles el voto del domingo a precio de saldo.

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