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Xavier Latorre

Licenciado en Económicas y Periodismo en Barcelona. Su vida laboral ha transcurrido principalmente en RNE (RTVE), excepto una etapa en Ràdio 9. Profesor universitario de Sociología y de Comunicación, ha colaborado en numerosos medios de comunicación escritos. El País y Levante-EMV han sido, durante varios años, los que más cancha le han dado en su trayectoria profesional.

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¡Silencio.... se graba!

El otro día invité a comer a un amigo muy versado en temas de las altas finanzas. Sabe un montón de todo eso, al margen de que sea o no periodista, que sí lo es. Mi huésped gastronómico, agradecido, me ofreció una suculenta ración de escándalos referidos a grandes corporaciones y empresas que operan impunemente en la bolsa española. Según este entendido, el Banco de Santander, por culpa de un asiento contable poco satisfactorio, decidió despedir salvajemente a casi 4.000 trabajadores (luego redujo sibilinamente su número) y además resolvió cerrar una cuarta parte sus oficinas en España. Mi amigo dice que ese sacrificio laboral se recompensa con subidas en su cotización. A los llamados mercados el juego sucio les mola. No les tembló el pulso; nosotros, por el contrario, sí tenemos miramientos a la hora de apiadarnos de los bancos para rescatarlos con dinero público.  

Antes de acabarse la cerveza, mi socio ya me había puesto al corriente de los trapicheos de OHL, una constructora implicada en numerosos asuntos turbios. Uno de los últimos, y ya van demasiados, los presuntos chanchullos bajo mano en la contratación de las obras de la Ciudad de la Justicia de Madrid, un proyecto presupuestado en más de 500 millones de euros de partida que luego se quedó en casi nada. Desde enero, las acciones de esa empresa en el parqué (¡vaya nombrecito!) han subido un 50 por ciento. A sus accionistas, al parecer, les encantan los sobornos generalizados y turbios que ahora investiga la Audiencia Nacional. 

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Desdecirse

¿Memoria endeble? ¿Contradicciones severas? ¿Síndrome de San Pedro al negar varias veces lo mismo? Tras los comicios, visto lo visto, lo suyo es desdecirse de forma arrogante de algunas ideas fuerza que han quedado obsoletas, retractarse a la fuerza de algunos argumentarios pese a parecer unos políticos ridículos. Casado reniega de Rajoy; Arrimadas, de haber dilapidado su privilegiada posición en el mapa electoral catalán; Iglesias, de Errejón y viceversa; Rivera, de la plaza de Colón; Albiol, candidato transversal por Badalona, de su siglas anteriores; Pedro Sánchez, del “susanismo”, y de sus respectivos nocivos padrinos: Felipe, Guerra y Rubalcaba, por el mismo precio; Compromís, de Podemos, que pretendía chupar rueda de ellos en plena carrera electoral cuando las encuestas les daban a los de Iglesias mermas electorales importantes; más de medio millón de andaluces renegaron del PSOE en diciembre y ahora han vuelto a hacer piña con ellos; Maroto, director de la campaña del PP, reniega de su partida de nacimiento vasca y le reprocha a su madre no haber nacido en Logroño que cae muy cerca. Pablo Casado reniega de Vox y les llama un día derecha radical, ultraderecha o algo parecido. Su vocación centrista, altamente demostrada desde el 29-A a primera hora, le hace desmarcarse de unos tipos que han pretendido hundirle en la miseria, mientras él les ofrecía a cambio ministerios.

Los antiguos clientes populares del brillante asesor Iván Redondo, posible artífice intelectual de la remontada y mano derecha del presidente Sánchez, el popular Basagoiti, el exalcalde de Badalona, García Albiol, y el extremeño Monago, le odian por dejarles huérfanos y dedicarse a recolectar varios puñados de votos para el hasta hace poco descabezado líder socialista. Los miles de abnegados presidentes y vocales de mesas electorales aborrecen a Vox por decirles que practican el pucherazo. Casado no se atreve a negar a Aznar por darle consejos perniciosos, pero se odia a sí mismo por aceptarlos. La Junta Electoral deplora haber hecho el ridículo en alguna de sus polémicas decisiones. Los gallegos de En Marea maldicen el día que malgastaron su renta electoral y se han quedado, con el uno por ciento, al borde de los acantilados del olvido. Algunos líderes denigran haber citado tanto a Bildu en los debates televisivos y darles con ello una publicidad extra que les ha doblado la representación. Puigdemont permanece turbado en su guarida por haberse dejado arrebatar el primer puesto del clan independentista por un preso político encerrado en la cárcel hace demasiado tiempo, Oriol Junqueras, que se ha aupado al primer puesto de la clasificación general en Catalunya.

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¡Sí que pueden!

Claro está que pueden doblegarle. ¿Qué se había pensado? No lo dude ni un segundo; les va la vida, la cartera y el prestigio en ello. Pueden inventar conflictos territoriales artificiales, generarle un miedo pavoroso con las pensiones, con la educación de sus hijos, con la lista de espera de las operaciones quirúrgicas y pueden montar otra crisis financiera cuando se les antoje que le pille con el pie cambiado. La derecha no tiene escrúpulos ni siquiera a la hora debatir.

Un señor, elegido recientemente CEO del PP, que en las elecciones no sacará ni para pipas en Cataluña, se presenta como el salvador de una patria hilvanada a su medida. Ese pirómano cínico proclama cómo sofocar un incendio en un sitio dónde nadie le quiere. Es un partido residual en un lugar muy sensible donde justamente no hace ninguna falta arrojar más combustible ni pregonar más extravagancias. El hijo adoptivo de Aznar, que arrastra una recua de exministros enfangados judicialmente, no da puntadas sin hilo: quiere ser el adalid de las personas decentes que sacan a sus perros a pasear, que cogen el metro y que trabajan de mala manera, cobrando 79 veces menos que los consejeros de la compañía donde están empleados precariamente (como ha dejado escrito Juan José Millás, sea quién sea ese escritor). Un tipo como Casado, que retuerce las cifras, que se atribuye más empleos de la cuenta y que miente descaradamente, quiere comprarles el voto del domingo a precio de saldo.

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Cartera y reloj, el sueño del ladrón

Un dicho popular ya nos previene. ¡Mucho ojo! El tiempo siempre pertenece a los mismos, como el dinero, como todo lo que no se puede medir ni cuantificar cuándo tienes demasiado de todo. El que fuera vicealcalde de València recibía relojes porque él era el depositario de algunos contratos chanchullos, el artífice, al parecer, de la picaresca de algunas concesiones. Los relojes caros de Alfonso Grau, encausado por cohecho y blanqueo de dinero, posiblemente eran regalos a cambio de dádivas y favores. Los baratos los canjeaba a posteriori en la joyería por otros más caros y así se deshacía de fajos de dinero negro que impedían su paso franco por el pasillo de su piso. La mano derecha de Rita Barberá  recibió de un empresario que optaba a concursos municipales dos relojes valorados entre los dos en 25.000 euros. Luego él, según el ministerio fiscal, los cambió por otros dos mejores, pero sobre todo más caros: los nuevos sumaban 37.000 euros.

Ser relojero de alta gama en Valencia debía ser todo un privilegio al alcance de pocos. Los votantes del PP no tienen la más remota idea de marcas de relojes como Piaget Polo, Breuguet Classique, Lange o  Vachever Patrimony, ni les hace falta. Los que fueron votantes acérrimos de Grau, Barberá, Zaplana y compañía no saben diferenciar un reloj de cuarzo de otro mecánico a muelles. Con el dinero de todos los valencianos marcamos un tiempo demasiado prolongado para que nos desvalijaran, para los atracos a contrarreloj de las finanzas públicas a plena luz del día. Un exclusivo reloj delataba el alcance de la capacidad de maniobra del político: a la que fuera consellera de Turismo un reloj de 2.500 euros la llevó a la cárcel; un alcalde de Benidorm recibió un obsequio de Enrique Ortiz, el hacedor de los manejos urbanísticos en Alicante, de 24.000 euros; un político todoterreno, que ostentó también muchos cargos en la época dorada del PP, Serafín Castellano, recibió uno por su cara bonita valorado en 18.000. ¡Qué perra con los relojes!

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Malditas cantinelas

Está bien como señuelo la coletilla del España se rompe. Con esa monserga, cargante hasta la saciedad, van a conseguir salirse con la suya y convertir nuestra sociedad en una charca maloliente de prejuicios y fomentar unas políticas de rapiña, de amiguitos del alma, con la invocación permanente al miedo del votante de a pie. Pese a todo, los valencianos deberíamos estar ya escarmentados; espero que de aquí a un mes saldremos de dudas sobre la fragilidad de nuestra memoria colectiva.  

Con mis impuestos deseo seguir pagando operaciones caras a corazón abierto o los onerosos tratamientos para el cáncer que padece mi vecina. Tenemos una de las mejores sanidades del mundo y quieren liquidarla a precio de saldo y convertirla en un lujo al alcance de unos pocos. La mano derecha de Pablo Casado se llama Javier Fernández Lasquetty (¿recuerdan la Marea Blanca madrileña?), un aznarista convencido que privatizó un puñado de hospitales en la Comunidad de Madrid, siguiendo el pionero ejemplo de nuestra Comunidad y de Eduardo Zaplana, otro que tal, quién privatizó unos hospitales ahora revertidos en públicos por el gobierno del Botánic. El trío de Colón, al hablar de sanidad, solo les interesa repetir la cantinela del España se rompe.

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Forrados en oro de ley

Y digo yo que algunos políticos irredentos, que robaban a manos llenas, porque se lo pedía el cuerpo bronceado en largas sesiones de rayos UVA; porque iban dopados de dinero, como yonquis, por la calle, al gimnasio y a las elecciones podrían disculparse públicamente. Eran los elegidos ingenuamente por nosotros mismos para proceder al pillaje indiscriminado de la población civil desarmada y en permanente situación crítica por unas cuentas corrientes extenuadas hasta el límite. Sin embargo, el contribuyente medio, que se supone que ha hecho la ESO, que se ha formado aunque sea a distancia, o de oídas, y que se cree un tipo razonable y sensato, ¿por qué demonios les ha votado de forma compulsiva y reiterada durante tanto tiempo?

Acabo de desayunarme aquí en este digital una nueva entrega de las aventuras de nuestro Especial One, Eduardo Zaplana, el expresidente al que todos reverenciaban, y, que, según las últimas averiguaciones, andaba con un búlgaro que traficaba con las joyas de nuestras abuelas, malvendidas para sacar a flote in extremis una inoportuna deuda doméstica. Al parecer, no entiendo mucho de finanzas ocultas, ni de tapaderas financieras, fundían en oro el dinero de los ciudadanos de a pie que solo hacían que pagar impuestos, acudir al Mestalla, escaparse a la playa de Oliva con sus hijos y votar al PP de vez en cuando. Los lingotes, depositados en alguna caja fuerte de alguna cámara acorazada de algún banco de algún país laxo en fiscalidad, son el testimonio directo del latrocinio sistemático de nuestras finanzas públicas. ¡Sin duda, han resultado ser los votos más caros de nuestra historia!

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El suero de la verdad

Algunas ONG, si alguien está sumido en apuros o no tiene nada, les dan la posibilidad de acudir a un comedor social; los bancos de alimentos les han un capote para sobrevivir. Recientemente han proliferado voluntariosas organizaciones que ofrecen, de forma más sofisticada, raciones de “verdad” para las maltrechas conciencias y menús completos de desmentidos. Son las nuevas dietas ideológicamente sanas que certifican la veracidad de algunas informaciones bien contrastándolas, bien echando mano de hemerotecas, bien hurgando en la Wikipedia. La posverdad campa a sus anchas por doquier y hay que prevenir el daño irreparable que provoca. Un tipo te sopla al oído una bola inmensa, te la tragas y luego vas y la vomitas tranquilamente en una concurrida reunión de amigos. Tu solito, de forma inocente, has turbado a tus compañeros de trabajo y has contagiado a tu familia con unos malditos bulos interesados: hay demasiada desinformación apócrifa.

Hay portales indecentes montados exclusivamente para verter aguas residuales a la red, para intoxicar a los indefensos internautas que navegan sin rumbo fijo. Por esos cauces, en forma de aparentes webs convencionales, fluyen mentiras de las gordas, con el bastardo interés de desacreditar a un rival político, económico, deportivo o vecinal. ¡Hay que andarse con mucho ojo! Ahora que se avecina una doble consulta electoral se va a recrudecer esa táctica de mentir y repetir falsedades hasta que se encarnen en una presunta verdad irrefutable. ¡Mucho cuidado con las trolas! Hace falta que las autoridades velen por la integridad de nuestras convicciones, deben vacunar cuanto antes a la población civil con muchas dosis del suero de la verdad.

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No te cortes: vota a otro Zaplana

Dicen que Telefónica una vez fue de todos, como Hacienda. Luego de Aznar y su fiebre privatizadora ahora es de alguien, seguro. Su expresidente, César Alierta, quedó salpicado en un presunto caso de enriquecimiento súbito (llamémosle sin eufemismos a las cosas de comer) cuando estaba en Tabacalera. Luego el hombre, para lograr emparentarse socialmente con el poder, decidió cobijar como altos directivos al cuñado del rey, Iñaki Undargarín (para supervisar, no se rían, por favor, el mercado latinoamericano), y a Eduardo Zaplana (para expandirse, ¡lo que hay que ver!, por la vieja Europa). Dos reos de cuidado.

Alierta es de la generación de tiburones que dura y dura, como el inefable Francisco González, del BBVA, desaparecido también de los consejos de administración antes de explosionar la bomba Villarejo que llevaba adosada al pecho. Este hombre había sido investido rey de la banca desde los remotos tiempos de Aznar, el patriarca de la dinastía de presidentes del PP, incluido el actual Pablo Casado. Carlos Menem, en Argentina, copió el chollo de las privatizaciones masivas y ahora allá no tienen ni empresas públicas estratégicas ni ahorros ni nada de nada; Uruguay, sí; que se sepa. Lo grave del señor Alierta, retirado hace tres años, es que no haya salido en este tiempo a la palestra en algún programa de la televisión de pago para pedir, qué menos, perdón a todos y para decirnos a los españoles que pagamos religiosamente el recibo que nos libra mensualmente Movistar que no lo volverá hacer más. El monarca emérito Juan Carlos I creó escuela con las excusas; es muy sencillo imitarle. Un poquito de arrepentimiento postrero, señor Alierta, nos vendría bien a todos, incluidos los inversores de la que fue “su” compañía. Al menos su sucesor podría abrir una línea telefónica gratuita para desahogarnos. “Si quiere denunciar algún chanchullo relacionado con nosotros marque el uno o diga sí”.

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Un poco de humanidad, por favor

La humanidad es una virtud que ejercen los poderosos en nombre de los más vulnerables, de las víctimas de injusticias solemnes o de los inmigrantes sin papeles embarcados en una precaria patera a punto de naufragar. La humanidad que reclama el señor Aznar es pedir clemencia y la salida de la prisión, donde se haya recluido desde hace ocho meses, de su buen amigo Eduardo Zaplana (como también han hecho otros políticos de distinto signo). Sin embargo, hubiera podido mostrar la misma dosis de empatía por las víctimas de la masacre terrorista del 11-M a las que mareó hasta lo indecible para obtener réditos políticos, con la colaboración del propio Zaplana y de Ángel Acebes, y de algunos medios de comunicación con sus principios éticos empeñados, listos para salir a subasta.

Humanidad era también no privatizar todo aquello que les viniera en gana, colocando a sus amigos al frente de aquellas rentables empresas. Unas compañías que luego obtuvieron unos beneficios astronómicos a base de despidos generalizados y subidas siderales de tarifas por sus servicios básicos. Del dinero obtenido nunca más se supo. Es una melodía rancia y pasada de moda, practicada antes en Argentina y pronto interpretada de nuevo en el Brasil de Bolsonaro, pero que hoy en día algunos ingenuos votantes aún se tragan. Humanidad, por tanto, no era privatizar las ITV como hicieron Zaplana y Oriol Pujol, el hijo del gran Jordi, en sus respectivos territorios para hacer caja rápido y cederles una fuente inagotable de ingresos a unos particulares, agazapados tras unas siglas corporativas.

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Año 2030

Iba a comprarme un calendario de pared para el año próximo, en plan anticuado, cuando le pedí al dueño de la papelería si tenía ya a la venta el del 2030. Extrañado preguntó el porqué. Le expliqué que nuestro presidente de Gobierno ha diferido hasta esa fecha muchas de sus políticas. Lo  suyo es esperar, sentado en la Moncloa, a que amaine lo que sea como sea: los presupuestos enquistados del año que viene; el traslado del cuerpo putrefacto de Franco a un nicho corriente; las maniobras, previstas o imprevistas, calculadas o azarosas, en el aparato judicial; o la tensión no resuelta con los catalanes (algunos sondeos de opinión pronostican que el número de independistas por metro cuadrado sigue al alza). El único respiro que se ha dado el presidente últimamente es el del déficit hídrico. Estos meses hemos tenido abundante agua para todos, sin gastarse la Generalitat ni un duro en manifestaciones de pago. España, al menos en el Corredor Mediterráneo, ya no tiene sed, aunque tenga unas penosas comunicaciones por tren.

Todo queda postergado, aplazado. Partido a partido; el domingo, Andalucía. Con los 84 diputados de a bordo de la nave parlamentaria socialista, algunos de ellos con ganas de protagonizar un motín en cubierta al menor descuido, poco más se puede hacer. El profeta Sánchez capea el temporal con utopías, el presidente del gobierno sobrevive a base de anuncios futuristas, con proclamas de ciencia ficción, como si en vez de un telediario fuera a durar una eternidad en el cargo.

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