Invasores

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El maltratado libro de George Lakoff, No pienses en un elefante, y su menos leído pero más denso Política moral. Cómo piensan los conservadores y los progresistas, ofrecen una herramienta para entender el actual debate político en España. Lakoff establece dos modelos de familia — el Padre Estricto y la Familia Protectora — como metáforas morales profundas que estructuran la percepción política y, en consecuencia, la respuesta a determinados problemas e incluso la respuesta electoral de la ciudadanía. Lo que el lingüista cognitivo no anticipó es cómo, décadas después, este marco explicativo serviría para analizar la confrontación entre dos relatos antagónicos: la “invasión” de migrantes y la “invasión” de turistas.

En estos momentos, los conservadores —reconvertidos mayoritariamente en reaccionarios, como sostiene Daniel Innerarity— utilizan el argumento de la invasión de migrantes para fijar su alternativa y crear el marco cognitivo que lo explique todo. Frente a ese escenario explicativo, emerge otro que habla de la invasión de turistas, intentando construir un marco cognitivo alternativo. Desde luego, ninguna de las dos realidades puede considerarse propiamente una invasión, pero ambas se han convertido en instrumentos discursivos para explicar — y simplificar — problemas del capitalismo global.

La metáfora de Lakoff resulta esclarecedora. El modelo de la familia de Padre Estricto — dominante en el discurso conservador — se caracteriza por la jerarquía, la disciplina, la autosuficiencia y la desconfianza hacia quienes son percibidos como “otros”. Desde este prisma, el migrante es una amenaza: un cuerpo extraño que pone en peligro el orden establecido, que compite por recursos escasos y que, en su versión más extrema —la teoría del “gran reemplazo”—, busca sustituir a la población autóctona. Es un relato que apela al miedo y a la protección del hogar frente al invasor. Por el contrario, el modelo de la Familia Protectora —asociado a los valores progresistas— enfatiza la empatía, el cuidado mutuo y la responsabilidad colectiva. Desde esta óptica, el migrante no es un invasor, sino alguien que contribuye al bien común. Su presencia no debilita al país, sino que lo fortalece con su trabajo, su diversidad y su talento.

En este esquema, cuando los sectores progresistas adoptan el discurso de la “invasión de turistas”, están recurriendo a la misma estructura metafórica que critican. El turista masivo se convierte entonces en el nuevo “otro” que amenaza: el que distorsiona el mercado de la vivienda, el que masifica las ciudades, el que transforma barrios enteros en parques temáticos desposeídos de identidad. Es una narrativa que, aunque aparentemente opuesta, comparte la misma lógica binaria de “nosotros contra ellos”, del adentro amenazado por el afuera.

Resulta esclarecedor cómo cala en el sentir ciudadano, al confrontar ambas “invasiones”, que resulte más determinante en la acción comunicativa y política el “evidente reemplazo” de los diez millones de nacidos fuera de España y residentes aquí —sin distinguir entre un neozelandés expatriado y un sudanés con solicitud de asilo, o entre un saudí adinerado y un japonés con escasos recursos— que los 100 millones de turistas —sin diferenciar tampoco entre un adolescente en su viaje de fin de curso ávido de alcohol y el turista cultural que recorre los Paradores sin atreverse a tocar ni una puerta de un monasterio románico—, y que sea una fracción seleccionada de unos u otros lo que terminará por ratificar el convencimiento de la hipótesis invasora que cada cual quiere confirmar. En el primer caso la noticia en un telediario del robo de un reloj, y en el segundo caso el stori en instagram de un turista meando en la calle.

La desproporción falsaria es evidente, pero el marco cognitivo no funciona con datos, sino con emociones. El migrante se asienta, trabaja, compite y, en el imaginario del Padre Estricto, “quita” algo que es nuestro. El turista, en cambio, llega, consume y sabemos que retorna a su vida. Su impacto, aunque masivo y reconocido, es percibido como temporal y positivo. Sin embargo, el discurso progresista que denuncia el turismo de masas calificándolo de invasión trata de invierte esta percepción. Así el turista se convierte en el verdadero depredador porque transforma de manera permanente aquello que toca mientras el migrante aporta de manera permanente incrementando la diversidad y democratizando la realidad social de nuestro país. Lo interesante en términos de discurso es que el debate político actual y muy probablemente en la pronta campaña electoral, se está centrando en esta falsa dualidad: o migrantes o turistas, y aunque la realidad es más compleja y menos maniquea lo cierto es que el debate se materializa en esa dicotomía.

Los diez millones de migrantes en España son una una parte sustancial de la economía. No solo ocupan trabajos no especializados que son esenciales para el funcionamiento del país, sino que también hay médicos, ingenieros, científicos y emprendedores entre ellos. Pero incluso más allá de su cualificación, los datos muestran que los ingresos por cotizaciones a la Seguridad Social crecen impulsados, en buena medida, por el aumento de la población activa, que incluye a los trabajadores inmigrantes. Son estos ingresos los que sostienen, en buena medida, el sistema de pensiones y el Estado del bienestar. Los migrantes no son una carga, sino un pilar fiscal que permite que el sistema se mantenga a flote frente al envejecimiento demográfico. Realidad a la que no ayuda en el imaginario lo sucedido en Ceuta la semana pasada por cuanto la potencia de unas imágenes solo queda anulada por análisis que son mucho más largos de explicar que los veinte segundo de un reel de internet o un corte en el telediario, sobre todo si se dan ciertas imágenes y no otras.

Frente a esto, los más que probables 100 millones de turistas de este año representan una cifra récord que sitúa a España como el segundo destino mundial. En 2025, el turismo generó 135.000 millones de euros y representó el 12,6% del PIB, según las últimas cifras oficiales . Es un motor económico que ha permitido un crecimiento del 2,9% en 2025, más del doble que el de la zona euro . Sin embargo, este éxito económico tiene un coste social y ambiental que ya no puede ignorarse: presión sobre la vivienda, masificación, cambio en el tejido comercial, consumo de agua, y un malestar creciente que se manifiesta en protestas generalizadas en Baleares, Canarias o Málaga .

La política basada en marcos cognitivos como los descritos por Lakoff tiende a simplificar la realidad. Pero la pregunta no debería ser “¿qué invasión es peor?”. Debería ser “¿qué tipo de país queremos construir?” a partir de estas dos realidades. Ignorar que los migrantes no son un problema, sino una solución para la sostenibilidad del sistema público, es un error de bulto. Y hacer como si el turismo masivo no tuviera efectos perversos en los barrios y en la vida cotidiana de sus habitantes es otra forma de negación.

El equilibrio entre lo que aportan los migrantes — trabajo, talento, cotizaciones — y lo que aportan los turistas — ingresos, empleo, proyección internacional — no debería ser un terreno de confrontación ideológica. Debería ser la base de una política sensata que, desde el modelo de la Familia Protectora, gestione ambos fenómenos con inteligencia, regulación y visión de futuro. Porque, al final, ni los migrantes ni los turistas son invasores: ambos son parte de un mundo globalizado en el que España ha decidido jugar un papel central. Porque como me recordó un amigo los invasores son los últimos en llegar -además de una serie mítica de finales de sesenta- y lo que está en juego no es una supuesta invasión, sino cómo gestionamos la complejidad sin caer en el simplismo de los marcos que evitan entrar en las soluciones.