Los cinco errores que debes evitar al ventilar la casa en invierno para no subir el gasto de la calefacción
Mantener las ventanas cerradas durante todo el día puede ayudar a conservar el calor, pero también impide que se renueve el aire de la vivienda. Durante el invierno, la humedad y los olores siguen acumulándose en las habitaciones, por lo que ventilar continúa siendo necesario. La dificultad está en encontrar un equilibrio entre permitir la entrada de aire exterior y evitar que la casa se enfríe más de lo necesario.
El problema aparece cuando esta tarea se hace sin tener en cuenta que la calefacción está encendida. Cada apertura modifica la temperatura de las habitaciones y, si se alarga o se realiza en un momento poco adecuado, el sistema tendrá que compensar después el calor perdido. No hace falta renunciar a airear ni mantener la casa completamente cerrada para contener el gasto. La diferencia está en cómo se organiza una rutina que, aunque dura pocos minutos, se repite prácticamente todos los días.
Tampoco existe una única manera de proceder que funcione igual en cualquier domicilio. La distribución de las estancias, las puertas que las comunican y el frío exterior condicionan el resultado. Por eso, más que fijarse exclusivamente en cuánto tiempo están abiertas las ventanas, conviene revisar ciertos hábitos que pueden hacer menos eficiente la renovación del aire. Estos son cinco errores que interesa evitar para no perder calor de forma innecesaria.
Elegir un horario en el que el frío exterior es más intenso
No todas las horas del día ofrecen las mismas condiciones. En invierno, las temperaturas exteriores pueden ser más bajas al amanecer y al anochecer. Abrir entonces puede aumentar la diferencia de temperatura respecto al interior.
Cuando la rutina lo permita, las horas centrales del día pueden ser una opción más adecuada para ventilar las habitaciones. La presencia de sol también puede ayudar a conservar mejor el calor, aunque esto depende de la orientación de la vivienda y del tiempo que haga. Eso no significa que haya que esperar cuando es necesario eliminar olores o humedad. Esta recomendación se refiere a las aperturas que pueden programarse con cierta flexibilidad y que, por tanto, no tienen por qué coincidir con las horas más frías.
Dejar los radiadores en marcha mientras se airea
En ocasiones se abre una ventana y los radiadores siguen encendidos. Mientras entra aire frío, parte del calor generado por la instalación sale al exterior. Si el sistema sigue trabajando durante la apertura, puede estar consumiendo energía sin que la estancia consiga conservarla. Una forma de evitarlo es separar ambas tareas. En las instalaciones que permiten regular la calefacción, se puede apagar antes de abrir y volver a encenderla cuando se hayan cerrado las ventanas.
También resulta posible completar la renovación del aire por la mañana antes de poner en marcha los radiadores. El modo de hacerlo dependerá de los controles disponibles en cada hogar. Lo importante es no mantener el sistema funcionando de manera innecesaria mientras se introduce aire frío.
Abrirlo todo sin decidir por dónde debe circular el aire
Abrir varias ventanas a la vez puede crear un recorrido de aire por toda la vivienda. Sirve para renovar rápidamente el ambiente, pero, si se prolonga, también enfría zonas que no necesitaban estar expuestas al exterior. Una alternativa es organizar la tarea por estancias: abrir una, limitar la comunicación con las demás y pasar a la siguiente cuando se haya terminado. Así se controla qué parte de la casa recibe aire frío.
Esto no significa que haya que evitar siempre la ventilación cruzada. Si se aprovecha durante un periodo corto, puede acelerar la renovación. El error está en abrirlo todo sin valorar el recorrido del aire ni el tiempo que se mantienen las corrientes.
Prolongar la apertura más de lo necesario
Dejar pasar más tiempo no implica necesariamente que el ambiente mejore. Una vez que se ha producido el intercambio de aire, prolongarlo favorece que se enfríen otros elementos de la habitación. Suelos, paredes y muebles pueden perder temperatura, y recuperarla después requiere volver a aportar calor.
En invierno conviene concentrar la apertura en unos minutos, en lugar de dejar una rendija durante toda la mañana. Como referencia se habla habitualmente de cinco a diez minutos, pero no es una cifra que sirva para todas las casas, ya que el tiempo necesario para renovar el aire depende también de su circulación y de las características del espacio. Cerrar una vez completada esta tarea evita prolongar esa pérdida de temperatura.
Mantener abiertas las puertas de las habitaciones vacías
Las puertas interiores también influyen en la distribución del calor. Si permanecen abiertas las de habitaciones vacías, el aire caliente puede llegar a zonas donde no hace falta mantener la misma temperatura. Cerrar esas puertas ayuda a separar ambientes y a evitar intercambios innecesarios entre habitaciones.
Esta medida resulta especialmente práctica cuando una zona se utiliza poco y otra concentra la actividad de la casa. No se trata de mantener todas las puertas cerradas permanentemente, sino de controlar la comunicación entre las distintas estancias según el uso que se haga de ellas. De esta manera, se evita que una habitación más fría reduzca la temperatura de las demás.