Lo que el caso de Amber Heard explica sobre cómo las demandas por difamación buscan silenciar a las víctimas de abusos
El próximo noviembre, Johnny Depp estrenará su nueva película, Scrooge y los fantasmas de la Navidad. Un filme para toda la familia donde interpretará al personaje del clásico de Dickens. El año que viene llegará Day Drinker, mientras los rumores de Hollywood indican que Disney quiere que regrese como Jack Sparrow en la próxima entrega de Piratas del Caribe. Sin embargo, su expareja Amber Heard no trabaja desde 2023, cuando apareció en la secuela de Aquaman, un filme que recortó su aparición hasta dejarla en casi testimonial tras el juicio que la enfrentó a Depp.
Solo hay que ver sus filmografías para entender que aquel juicio afectó a ambos de forma desigual. Lo que se desprende de ello es que el relato mediático fue ganado por Depp, que consiguió trasladar a la opinión pública que él había vencido en el juicio que demostraba que nunca había abusado de Heard. Esta afirmación no es cierta, pero es lo que caló en la opinión pública.
El famoso y televisado juicio no dirimía si el abuso se había cometido, sino que respondía a una demanda de Johnny Depp contra Amber Heard por difamación al haber publicado en 2018 un artículo de opinión en The Washington Post. Este se titulaba I spoke up against sexual violence, and faced our culture's wrath. That has to change (“Alcé la voz contra la violencia sexual y me enfrenté a la ira de nuestra cultura. Eso tiene que cambiar”) y trataba sobre cómo el sistema defendía a los hombres acusados de abusos mientras que a las mujeres que se atrevían a hablar se las castigaba, sufriendo las consecuencias. Unas consecuencias que, años después, está claro que son desiguales para el hombre y la mujer. La sentencia fue más dura contra Amber Heard, pero dictaminó que ambos se habían difamado. Lo que nunca dijo la sentencia es que esos abusos no se hubieran cometido.
Aquel resultado quedaría escrito en piedra como si Amber Heard fuera una mentirosa. Un fallo legal que llegaba, además, tras un juicio mediático, abierto a la prensa y a los influencers, que se dedicaron a vejar, ridiculizar y amenazar a la actriz. La lanzaron en redes, vídeos y programas términos como “maquiavélica”, “sociópata” o “abusadora”. Los fans del actor la recibían a la entrada del juicio con gritos de “muérete”, “suicídate” u “ojalá te pille un coche”. Él, que supuestamente había agredido a su expareja, nunca tuvo una respuesta así por parte de la gente ni de los medios.
Sin embargo, lo que muchos periódicos no contaron y lo que, curiosamente, no quedó en el imaginario colectivo, es que previamente Depp había perdido un mismo tipo de demanda, de difamación, contra el periódico británico The Sun, que en 2018 le acusaba de ser “un maltratador”. El Tribunal Supremo británico consideró que 12 de las 14 agresiones que se citaban en el texto eran reales y Depp perdió también su apelación. Tampoco que la segunda demanda, y, por tanto, el segundo juicio, tuvo lugar en el estado de Virginia porque sus leyes resultaban significativamente más favorables para su caso en comparación con las de California, estado donde residían ambos actores.
El caso de Amber Heard es el más visible, pero es uno de los muchos casos que ejemplifican cuál es la estrategia de los acusados de abusos o violencia sexual contra las mujeres: la demanda por difamación. Ocurrió lo mismo cuando la revista Volcánicas publicó las acusaciones contra el director colombiano Ciro Guerra. Nueve mujeres contaron sus experiencias con el director. Sus abogados fueron contra el medio con una demanda de difamación. La misma que presentó el político Bruce Lehrmann contra el programa 'Network 10' y la periodista Lisa Wilkinson por entrevistar a su excompañera de trabajo Brittany Higgins, que le acusaba de haberla violado.
Todos estos casos son los que cuenta el documental Silenced —que tras estrenarse en el pasado Festival de Sundance ha llegado a los cines australianos—, dirigido por Selina Miles y en el que se sigue a la jueza Jennifer Robinson en su lucha contra la instrumentalización de las leyes de difamación para silenciar a las supervivientes. Porque eso es lo que se busca con estas demandas: asustar, cohibir e impedir que las víctimas hablen, y que los medios no quieran publicar acusaciones contra hombres poderosos. Es el mismo procedimiento que ha ocurrido con el caso de Julio Iglesias, que ha denunciado a elDiario.es por supuestos delitos de injurias con publicidad y calumnias, y de un delito contra la integridad moral tras la investigación en la que dos de sus exempleadas denunciaban haber sido sometidas a agresiones sexuales. Publicaciones que, según él, “menoscaban gravemente” su dignidad personal.
El filme de Selina Miles recoge el testimonio en primera persona de Jennifer Robinson, pero también de las mujeres que fueron demandas y atacadas por hablar, como Amber Heard, que rompe su silencio para contar lo que sufrió y dejar claro que lo que pasó ella simplemente es “una versión amplificada de lo que viven muchas mujeres”. “Nadie se beneficia de ser una víctima”, dice en el filme Heard, cuyo caso, en palabras de Robinson, fue ejemplificante. Si hubiera ganado ella, el mensaje que se hubiera mandado es que no se podía usar el sistema legal para silenciar a las mujeres y la prensa, y más hablarían. “Las leyes de difamación se han usado como arma contra las mujeres que quieren denunciar la violencia de género”, denuncia Robinson, que señala que las leyes silencian a las mujeres y que toda esta avalancha es un contramovimiento tras el caso Weinstein y aquel 'Me Too' que quiso que el miedo cambiara de bando.
Los ataques al periodismo
Las demandas por difamación que cuenta Silenced no tienen solo como objetivo silenciar a las mujeres víctimas de abusos o violencia, sino también a los medios que lo investigan. Es lo que ocurrió con Volcánicas. Catalina Ruiz-Navarro, una de las periodistas que investigó el caso de Ciro Guerra y cofundadora de la revista feminista, recuerda que cuando publicaron el reportaje que recogía los testimonios de las presuntas actuaciones del cineasta había gente que les decía que las habían engañado porque eran feministas. “Sí, soy feminista, pero también llevo 17 años haciendo periodismo feminista y documentando casos de violencia. Pero incluso si yo fuera ingenua, incluso si me quisieran engañar. El periodismo tiene una metodología muy importante como salvaguarda y donde uno estaba verificando lugar, tiempo, modo y circunstancia de cada uno de los datos que le dan y que son verificables”, cuenta a elDiario.es sobre el método periodístico que se sigue en estas investigaciones.
Para ella, estas demandas “abren un boquete a todo el periodismo”, pero “como son temas de género la gente lo sigue viendo como si fuera algo de nicho cuando en verdad los ataques y la censura que están tratando de hacer con el acoso judicial está en el centro de algo que le está empezando a pasar a todos los periodistas”.
Los procesos judiciales alargados en el tiempo, como el suyo, hacen que las investigaciones se paralicen. Que “las cosas se enfríen”, como cuenta Ruiz-Navarro, que es consciente de que “la opinión pública no tiene los mismos tiempos de los estrados”. “Si algo se dejó de hablar en cinco años, la gente puede pensar que eso que pasó, no pasó. Acá estamos de demandas todavía, en una situación que emocionalmente es terrible para nosotras y que de verdad afecta a nuestro trabajo”, añade.
El caso contra Amber Heard fue muy eficiente y mandó a todas un mensaje. Tú podría ser ella. Si esto le pasó a una mujer blanca, privilegiada y con dinero, imagina lo que te puede pasar a ti
Silenced muestra el arco temporal que comienza con la ilusión generada por el estallido del 'Me Too', que para la periodista de Volcánicas fue, realmente, “una rendija”, aunque subraya que antes de aquel 2017 ya había casos de pioneras en Latinoamérica como “la feminista Juliana de Farias en Brasil, que hizo un hashtag que era ‘mi primer asedio’ y todas las brasileñas empezaron a contar su primer acoso”. “Yo me enteré de este ejercicio un año después, en 2016 lo repliqué en México, en donde habían empezado a salir denuncias espontáneas por violencia y acoso en redes sociales. Esto fue creciendo y tiene este pico cuando empiezan a crecer esas marchas feministas, ayudadas por esta ola de denuncias que veía en las redes sociales. Hacia 2019 es cuando se empiezan a judicializar todas estas denuncias y los denunciados van a los estrados contra las periodistas o contra las denunciantes”, rememora.
Es ese momento en el que “esas olas de censura empiezan a volverse totalmente sistemáticas” que alcanzan su pico en el caso que también recoge el documental, el de Johnny Depp contra Amber Heard. “Fue muy eficiente y le mandó a todas un mensaje: tú podrías ser Amber Heard. Si esto le pasó a ella, que es una mujer blanca, privilegiada, con dinero y visibilidad, imagina lo que te puede pasar a ti. Desde ese momento la gente ha dejado de hacer denuncias porque tiene mucho miedo de la respuesta judicial. Ellos no tienen que ganar, porque no se trata de que ganen el caso, se trata de sepultarte con el peso y la responsabilidad de una cantidad de procesos judiciales que hacen que no puedas hacer tu trabajo”, zanja.
Lo que se perpetúa es la relación de poder que ya había provocado originalmente ese abuso: “Son procesos donde la víctima se presenta como acusada, y tiene menos herramientas para defenderse porque no conoce abogados ni tiene plata para pagarlos. Esa desigualdad de poder que en primer lugar dio origen al acoso o al abuso vas y la replicas en las cortes. Porque la gran mayoría de las víctimas no se puede defender. El nuestro es un caso entre un millón porque dimos con unas abogadas excelentes que tomaron nuestro caso, pero cuando empiecen a ir por todos los periodistas, no va a haber suficientes”.