La ficción que predijo la guerra de Ucrania: “Me horrorizó ver que se materializaba en los telediarios”

Hace tres años, Cristina Cerrada publicó Hindenburg, la segunda novela de su trilogía Europa. En ella, como en la anterior, tampoco revelaba el nombre del país en el que se basaba, pero los detalles políticos y los topónimos ligeramente alterados identificaban a Ucrania en el fondo. La trama comenzaba con Rusia invadiendo una zona equivalente al Donbás. Cuando en 2019 le preguntaban si podría suceder algo como lo que describía en la ficción, la escritora respondía: “¿Podría? ¿No veis que no ha dejado de suceder?”. Pero lo de febrero de 2022 superó todas sus previsiones.

“Me horrorizó. Cuando vi que se materializaba en los telediarios el primer día, no podía creerlo. Sabía que esa tensión estaba ahí porque había escrito una ficción sobre ello. Pero cuando sucede de verdad, es terrorífico. Oía frases en la televisión que casi literalmente había escrito en la novela”, reconoce Cristina Cerrada a este diario. Ahora publica La maestra de Stalin (Seix Barral), el último tomo de la trilogía. En esta ocasión no aborda lo ocurrido en Ucrania sino en Georgia, pero la última novela guarda muchas similitudes con Hindenburg y Europa, lanzada en 2017 y que prefiguraba la crisis migratoria que asola en la actualidad al viejo continente.

De nuevo, la protagonista es una mujer joven enfrentándose a un período de entreguerras. Tampoco pronuncia gentilicios o países, pero narra las secuelas que dejaron los conflictos que tuvieron lugar después de la independencia de Georgia en 1991 y de la desmembración de la URSS. El título es una alegoría del escenario postsoviético: “La maestra era una mujer intocable mientras Stalin estaba vivo y después se convirtió en una paria. Seguía siendo intocable, porque esa sombra maléfica perduraba aunque estuviera muerto, pero la gente escupía en el suelo cuando ella pasaba”. Todos los protagonistas de la trilogía Europa están imbuidos de esa oscuridad, según la autora.

“Eka, protagonista de La maestra de Stalin, sufrió en sus propias carnes las brutalidades de la guerra y, aunque más tarde vive en una Europa aparentemente pacífica y avanzada en lo económico, no lo percibe así. Lo único que quiere es marcharse”, explica Cerrada.

Eka es agente de policía en la capital de Georgia, donde huyó al exiliarse de su pueblo, al norte del país, por culpa del odio y la xenofobia. También trapichea con ropa robada con el objetivo de reunir dinero para un visado a Canadá. Su marido murió en la guerra contra Rusia de 2008, tras la cual se llevó a cabo otra “limpieza étnica de georgianos” en la región separatista de Osetia del Sur.

“En términos antropológicos, la etnia no existe. No tiene ninguna característica genética. Es un concepto cultural única y exclusivamente”, dice la escritora. “Entre los que llaman ellos etnia georgiana o la abjasia o la osetia, no hay ninguna diferencia física, solo cultural”, apunta. Eso no evitó que en 2008 murieran entre 17.000 y 20.000 personas, y más de 250.000 fueran desplazadas de su hogar y se convirtieran en refugiados.

“Yo soy absoluta y netamente pacifista. Me cuesta trabajo creer que se lleguen a cometer tantas atrocidades por una idea, y eso es lo que me hace escribir al respecto”, explica Cerrada. También es lo que la llevó a interesarse por las guerras de los Balcanes y los conflictos separatistas en Ucrania y Georgia.

“Este fenómeno de los separatismos y las luchas étnicas y religiosas son el polvorín de Europa y lo que han provocado todas las guerras del último siglo y medio”, advierte. La culpa de que nos olvidemos de esas tensiones la tiene, según ella, la agenda marcada por los intereses políticos y mediáticos. Y que pudiese “predecir” lo que está ocurriendo en Ucrania es debido a eso. “La realidad no para y vuelve a fluir como si fuera el Guadiana. Las dos regiones del Donbás mantenían su deseo de ser independientes y Rusia seguía apoyándolas después de 2015. Aquí dejamos de leer noticias al respecto, pero allí ¿cómo iba a parar?”, reflexiona.

La cara anónima de la guerra

La protagonista de Hindenburg, el libro basado en Ucrania, es Razha, una mujer pro-occidental y europeísta que vive en Kiev y tiene que volver a su región de origen (se entiende que Odesa) porque su madre se pone enferma. En ese impasse, Rusia entra con el pretexto de liberar a las zonas independentistas y comienza la guerra. “La ideología de Razha no tiene la menor relevancia cuando estalla el conflicto. Ella tiene unos recursos muy pobres y muy limitados orientados a conseguir solo una cosa: proteger su vida, la de su hija y la de su madre. Eso es lo que les está ocurriendo ahora a la mayoría de los ucranianos”, asegura.

Las descripciones, las conversaciones entre los personajes o incluso las reflexiones sociales y políticas denotan un gran conocimiento de la zona por parte de Cristina Cerrada. Ella es doctora en Estudios Literarios y licenciada en Sociología y, para documentarse, ha recurrido tanto a la literatura como a la realidad, pero advierte de que no es politóloga. También reconoce no haber visitado muchas de las regiones que refleja. “Soy escritora de ficciones y no tengo las armas para construir un conflicto de naturaleza geopolítica. Prefiero reflejarlo en los sufrimientos y las problemáticas de los individuos”, explica.

Por eso se cuida de no dar nombres reales ni atribuir el rol de antagonista a los políticos involucrados en esas guerras. “Construyo personajes anónimos, gente como tú y como yo, que sí reflejamos, por desgracia, las luces y las sombras del poder, de la manipulación mediática y de los líderes maléficos, como Putin”, razona. Su interés por esta zona nace por la cercanía: “Escribo sobre Europa como si fuese mi país, aunque nos olvidemos siempre de los Balcanes, Ucrania o Georgia por estar situados en las postrimerías”.

Para ella, Europa “es una entidad cultural que nos aúna y que nos hace compatriotas. Esas fronteras entre naciones casi podrían asimilarse a fronteras locales”. Cree que los conflictos de los dos últimos siglos podrían ser como “guerras civiles europeas” y que el conflicto en Ucrania lo está poniendo de manifiesto. “Es algo que ya nos está afectando y frente a lo que casi todos los europeos estamos respondiendo a la vez”, defiende.

La mujer como moneda de cambio

Aunque Cristina Cerrada no se tiene “por una feminista militante”, sabía que las protagonistas de su trilogía Europa tenían que ser mujeres. “Es políticamente incorrecto decirlo, pero creo que sí hay diferencias culturales y psicológicas y que la actitud ante la guerra por fuerza es distinta en una mujer que en un hombre”, opina. La autora cree que el instinto de protección es mayor en ellas: “A quien le ha costado nueve meses sacar adelante una vida en su propio cuerpo no la va a poner en peligro así como así, te lo aseguro. Aunque solo sea de una manera egoísta”.

También quería incidir en “la vulnerabilidad”. “Históricamente, las mujeres han sido objeto de botín, un recurso más que servía como trueque e intercambio en las guerras. Parece mentira, pero la triste realidad es que sigue ocurriendo”, cuenta. Heda, la protagonista de Europa, es una refugiada de la guerra de los Balcanes que sufre estrés postraumático tras haber sido violada y maltratada. Razha, de Hindenburg, y Eka, de La maestra de Stalin, también huyen, también las persiguen y también las intentan violar antes de matarlas. “Las que más pierden son siempre las mujeres”, resume la autora.

Si algo ha aprendido Cerrada escribiendo sobre estas guerras, es que la mente humana no está preparada para entender su idiosincrasia. “Es como leerte un tratado sobre psicología, hacerte una especie de esquema y pensar que ya entiendes la guerra y sus mecanismos. Y para nada”, asegura. Pero sí que ha llegado a una conclusión después de tantos años de estudio: “Aunque parezca un poco simplista y maniqueo, me he dado cuenta de que el mal existe. Se manifiesta golpeando a un anciano, matando a un niño a sangre fría, dejando morir de hambre a alguien o violando a una mujer. El mal puede llevarse a cabo de manera individual y también puede llevarse a cabo de manera ciega y colectiva. Cuando Putin decide algo que repercute negativamente en millones de personas, es la representación del mal”.

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