El hombre que amó a la gran escritora y a la anciana sin memoria en la que se convirtió
Olvidar quiénes somos es, quizá, el trastorno asociado a la edad más temido por nuestra especie. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2021 había 57 millones de personas en todo el mundo aquejadas de demencia; de estas, se calcula que entre un 60% y un 70% del total corresponde a la enfermedad de Alzheimer. Esta es, para muchos, la patología más cruel, que en sí misma no es la más mortífera, pero 'mata' aquello que ha constituido al individuo a lo largo de su vida, su identidad, su memoria, sus costumbres; además de dinamitar la existencia de quienes están a su lado.
Cuando el enfermo es alguien que se ha dedicado al trabajo intelectual o literario, perder la memoria puede parecer aún más perverso. Tantas lecturas, tanto análisis crítico, para terminar olvidando hasta su nombre. Y, sin embargo, sucede, porque la enfermedad nos iguala a todos, pobres y ricos, guapos y feos, sabios y profanos. Eso es lo que le ocurrió a la gran escritora y filósofa angloirlandesa Iris Murdoch (Dublín, 1919 - Oxford, 1999), educada en Cambridge y Oxford, y autora de novelas tan importantes como El mar, el mar (Premio Booker 1978), La campana (1958) o El príncipe negro (1973).
Quien estaba a su lado era John Bayley (Lahore, 1925 - Lanzarote, 2015), escritor, crítico literario y profesor de Filología inglesa en Oxford, o, para lo que nos atañe, el marido de Iris Murdoch desde 1956 hasta su muerte. Él se ocupó de cuidarla cuando, a mediados de los años noventa, comenzó a padecer los primeros síntomas del alzhéimer. Tras su fallecimiento, publicó Elegía para Iris (1999; Elba, 2025, trad. Fernando Borrajo), un memoir en el que relata toda su historia juntos. A este libro le siguieron dos más, Iris y sus amigos (1999), que Alianza publicó en castellano, y Widower’s House (2001).
La chica de la bicicleta
En sus años de posgrado, Bayley le echó el ojo a una desconocida a la que vio pasar en una bicicleta. Cuando menos lo esperaba, se la volvió a encontrar, esta vez cara a cara y sin ruedas de por medio: una profesora los presentó en Oxford. Por aquel entonces, ella tenía 34 años y ya ejercía como docente en el Departamento de Filosofía, mientras que él, seis años menor, todavía era un “joven prometedor” del Departamento de Filología. Inseguro, estaba convencido de que ella nunca se fijaría en él, pero las circunstancias se encargaron de cruzarlos de nuevo. Tímidos ambos para los asuntos del corazón, su cortejo careció del romanticismo al uso, pero la complicidad se fue reforzando.

Iris no era una mujer guapa ni atractiva, a juicio de Bayley, por eso lo desconcertaba en cierta medida la atracción que despertaba en él, al tiempo que le gustaba esa naturaleza despreocupada de ella, el hecho de no pretender gustar de la forma más rudimentaria. Era una intelectual concentrada en su investigación, sin tiempo ni interés para fruslerías. El autor constata que, en aquella época, las chicas, al menos las universitarias, no tenían la obsesión por la imagen que las consumiría años más tarde. Eso sí, falta de sex appeal no implicaba escasez de pretendientes: a lo largo de su vida, Bayley fue testigo de cómo hombres y mujeres rondaban a su esposa.
Los dos eran doctos en sus disciplinas, pero lo que reforzó su unión no fueron los debates eruditos, sino el hecho de poder mostrar con el otro lo que Bayley denomina el “espíritu infantil”, esto es, espontaneidad, sencillez, la Iris íntima, risueña e imperfecta, sin la coraza de la profesora (auto)exigente que imponía al resto de áreas de su rutina. Darse un chapuzón en el río, el lago o cualquier paraje natural acuático era uno de los placeres que compartieron desde su noviazgo; en los últimos tiempos, ya enferma, él tenía que vigilarla porque la actividad se convirtió en un riesgo vital para ella.
De la ilusión a la realidad
“La soledad que he disfrutado en el matrimonio, y creo que Iris también, es un poco como dar un paseo solo sabiendo que mañana, o pronto, lo darás en compañía del otro”, reflexiona el autor a propósito de lo que denomina “afinidad en la distancia”, algo así como lo que acontece después del fulgor del enamoramiento, cuando se conoce al otro de verdad, con lo que gusta y lo que incomoda, lo que une y lo que aleja, sin molestarse en disimular las diferencias. A él le costaba entender la transformación que se producía en Iris en presencia de terceros, pero consiguieron superar las eventuales crisis.
Bayley no evita los temas controvertidos, que aborda sin rabia ni resentimiento: “Sabía entonces que Iris tenía varios amantes con los que aparentemente jugaba al mismo tiempo. También intuí […] que habitualmente ella concedía sus favores por admiración o respeto: en virtud, por así decir, más de los atributos divinos que de los meramente físicos o sexuales de los hombres que la solicitaban. A los hombres que eran como dioses para ella también los consideraba eróticos, pero el sexo le parecía un elemento marginal, no un fin en sí mismo”. Esta concepción del amor va en sintonía con la que manifiesta la autora tanto en su narrativa como en sus ensayos filosóficos.

A propósito de su obra, el hecho de que ambos compartieran inquietudes afianzó su unión. Al poco de conocerse, ella le preguntó si se había planteado escribir una novela. Él estaba decidido a hacerlo, pero le faltaba empeño para consagrarse a ello de verdad. Pensó que ella menospreciaría algo tan baladí como la ficción, pero resultó que Iris ya había escrito su primera novela y estaba a punto de publicarla (Bajo la red, 1954); esa profesora de Filosofía tan imponente se convirtió de pronto a sus ojos en una joven de mirada traviesa que quería, antes que nada, narrar historias, contar su visión del mundo a través del relato. Y lo hizo, se volcó en ello, sin abandonar del todo la investigación.
Ella solía guardarse para sí los proyectos en curso; su marido no los leía ni preguntaba por ellos hasta que estaban terminados. Hubo algunas excepciones, sin embargo, como La campana (1958): le dejó leer el primer capítulo, que a él le generó mucha curiosidad, antes de continuar con el manuscrito. En diferentes ocasiones, y aunque Murdoch no escribía libros basados en hechos reales, Bayley detectó en sus novelas escenas de las que habían sido testigos, revestidas, eso sí, con el tamiz de la ficción. En cuanto a él, además de novelas, sobresalió por sus ensayos sobre autores como Shakespeare, Tolstói o Henry James. Ella lo alentaba a escribir; y a él le maravillaba cómo ella creaba obras con tantas capas intelectivas al tiempo que eran historias accesibles y fáciles de disfrutar para mucha gente.
Amor, cuidados, memoria
Llegó el día en el que aquella chica de pelo descuidado, flequillo corto, piernas robustas y calcetines, con aquel genio prodigioso ante el que se habían rendido las más soberbias distinciones, candidaturas al Premio Nobel incluidas, se vio reducida a esa soledad gris, impenetrable, de los enfermos de alzhéimer. Bayley da cuenta del proceso degenerativo entrelazándolo con su vida juntos, tratando de vislumbrar aquello que aún permanece en ella, esos pequeños destellos (el humor, las tonadas infantiles). Y también comparte sus sensaciones como cuidador: frente a la esposa de otro paciente, que les señala que están viviendo lo mismo, él se resiste a aceptar que su mujer es una más. Aunque, en general, los pacientes comparten los mismos síntomas, se empeña en seguir individualizándola, en lo que solo puede describirse como un acto de amor, de amor y de dignidad última.

Elegía a Iris –que inspiró la película biográfica Iris (2001), dirigida por Richard Eyre y con Judi Dench y Kate Winslet en el papel de la protagonista– es mucho más que una biografía o un libro sobre el duelo. John Bayley fue, ante todo, un escritor. Y, aún antes que escritor, fue un hombre enamorado. Mantuvo su amor, como rezan los votos, en la salud y en la enfermedad. Conoció a su mujer cuando era una profesora soltera sin dotes para la seducción; la conoció como una gran escritora reconocida; la conoció como la anciana frágil que olvidó éxitos, ideas, frases hasta dejar de ser ella misma. La conoció, la acompañó y la cuidó siempre. Después, escribió estas páginas, que contienen algunas de las más hermosas páginas de amor que se han escrito. O, mejor dicho, que están escritas con amor, un amor que pocas veces se muestra así, tan puro.
En un momento en el que se habla tanto de la masculinidad tóxica, viene bien recordar que, por suerte, la mayoría de los hombres heterosexuales han amado, y aman, de otra forma. Más sana, más atenta, más generosa. Es importante recordar que el amor no ha sido nunca una posesión ni una garantía, y que se conserva con comprensión, bondad y capacidad de adaptación. Es importante recordar que no se limita a la sexualidad; que más a menudo va de compañía, escucha y cuidados. Es importante recordarlo, porque lo seguimos necesitando, necesitamos el amor de otros y necesitamos aprender a vivir con amor, aunque no sepamos expresarlo con palabras tan bellas como las de John Bayley.
Iris Murdoch vuelve a las librerías
Después de que, en el pasado siglo, varios títulos de la autora se publicaran en España desperdigados por varias editoriales –señal de que ninguna logró venderla lo suficiente–, en los últimos años han sido Lumen e Impedimenta las encargadas de redescubrir sus libros de ficción a las nuevas generaciones, a veces con la publicación de libros nunca antes traducidos al castellano, como El libro y la hermandad (1987; Impedimenta, 2016, trad. Jon Bilbao), finalista del Booker, una novela de campus ambientada en Oxford que hoy bien podría seducir a los amantes de la dark academia, una tendencia en boga en las redes sociales literarias.

Este mismo año, Lumen ha reeditado dos de sus grandes novelas: Amigos y amantes (1968) y La negra noche (1993), ambos con prólogo de Álvaro Pombo, que se suman a las ya disponibles en el catálogo, con El mar, el mar (1978) a la cabeza. En catalán, Edicions de 1984 ha publicado por primera vez en esta lengua otro de sus grandes libros, La campana (1958), del que precisamente John Bayley cuenta en estas memorias que fue una de las raras excepciones en las que Murdoch le dejó leer unas páginas mientras aún lo estaba escribiendo. Ahora solo falta que ese entusiasmo se contagie a cuantos más lectores mejor. ¿Ha llegado, por fin, el momento de Iris Murdoch?