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Tatiana Tîbuleac: “Ser alcohólico no te va a hacer mejor escritor, periodista o pintor aunque se haya vendido lo contrario”

La escritora Tatiana Țîbuleac, en Madrid

Clara Nuño

8 de octubre de 2026 00:07 h

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No es la historia de su padre. Aunque un poco sí. Periodista y alcohólico, son dos cosas que tienen en común el padre de Tatiana Țîbuleac y el padre de Mila, la protagonista de Cuando seas feliz, golpea tu primero (Impedimenta, 2026, con traducción de Marian Ochoa de Eribe), el nuevo trabajo de la escritora moldava que se convirtió en bestseller con El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Impedimenta, 2017) una novela que entrelaza la vida y la muerte a través de la relación entre un hijo y una madre moribunda a la que, a ratos, desprecia; y un hijo que recuerda el último verano que pasó con su madre. Ahora, Țîbuleac regresa con otra historia de familia, pero que ahonda en algo mucho más amplio que un vínculo familiar.

La autora habla de traumas y de adicciones; del alcoholismo que recorre como un lugar común toda Europa del Este, de la búsqueda de una identidad propia en lugares extraños y de la diáspora de quienes se marcharon de un país que entraba en una era postsoviética y del que les habían dicho que les ofrecería libertad. Pero no les dijeron que, además de promesas, también les llegaría la pobreza.

La de Țîbuleac es una novela que habla de esa diáspora de los años noventa —compuesta en su mayoría por mujeres— a través de la memoria de una mujer de cincuenta años que, precisamente, está perdiendo su capacidad de recordar debido a los años dedicados a la bebida. Una novela que, como sus trabajos anteriores, también está empapada de enfermedad y muerte. O sea, de vida.

Cuando seas feliz, golpea tu primero es un título muy sugerente a la par que mordaz y sirve un poco como declaración de intenciones de lo que el lector se puede encontrar dentro de la novela, ¿En qué momento decidió que ese sería el título?

Es un mensaje, una nota que el padre muerto le deja a su hija. Y todo el libro gira a su alrededor, alrededor de estas dos generaciones. La de él, la que luchó por la independencia de Moldavia, por una identidad nacional, y la de ella, la primera generación de migrantes. Es un mensaje que, por supuesto, puede ser interpretado de muchas maneras, pero desde mi perspectiva yo diría que habla de que la felicidad puede ser algo muy breve. Sobre todo para la gente de Europa del Este donde todo ha cambiado tanto en los últimos treinta o cuarenta años.

A veces, ser feliz por tan solo un instante es quizá el punto álgido de una vida y eso es lo que el padre quiere decirle a su hija. O puede que se lo estuviera diciendo a sí mismo, algo así como aférrate a ese segundo, esa hora, ese día de felicidad porque se va a acabar muy rápido. Alguien está preparado para robártelo, alguien va a golpearte. Así que estate preparado y golpea tú primero.

Se dice mucho que en Europa del Este se tiende a beber sin medida. En su novela, tanto el padre como la hija son alcohólicos redomados y están unidos, entre otras cosas, por una adicción común. ¿Por qué eligió el alcoholismo como línea vehicular de la historia?

Fácil. Elegí el alcoholismo porque lo conozco bien. Lo he visto en mi familia y lo he visto a mi alrededor como periodista. Y, además, creo que es cierto. Creo que en Europa del Este se bebe más que en otros lugares. Hay muchísimas adicciones. No vamos a hacer una entrevista sobre la adicción al alcohol, pero es algo que he visto muy de cerca. Mis abuelos hacían su propio vino y crecí viendo cómo mucha gente iba constantemente a comprárselo.

Mi primer trabajo periodístico, de hecho, fue el de observar e interactuar con esta gente. Además, el alcoholismo y la adicción son temas que se relacionan mucho con los artistas y con el trabajo intelectual en general, se ve como una vía de escape. Pero no podemos olvidar que, en realidad, no tiene nada que ver con el arte. Ser alcohólico no te va a hacer mejor escritor, mejor periodista o mejor pintor por mucho que se haya vendido lo contrario. Es una enfermedad grave y es importante buscar ayuda.

'El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes' es mucho más fácil porque simplemente tienes que seguir la historia. Pero la de Mila es la historia de una reconstrucción, es un espejo roto y tú tienes que pegar los pedazos para asomarte a su vida tal y como la recuerda

Su historia es fragmentaria. Se conoce a Mila como se conoce a una persona en la vida real, por fragmentos y anécdotas que te va desvelando poco a poco en cada encuentro con ella. ¿De dónde viene la decisión artística de escribir el libro así, como un puzle?

Creo que este libro más complicado de leer. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es mucho más fácil porque simplemente tienes que seguir la historia. Pero la de Mila es la historia de una reconstrucción, es un espejo roto y tú tienes que pegar los pedazos para asomarte a su vida tal y como la recuerda. Todo ello sin olvidarte de que, por culpa del alcohol, está enferma y va perdiendo la memoria. Yo quería que el lector se asomara a esa pérdida de memoria y, quizá, por ello en algunos fragmentos tenga que volver atrás en la narración. Pero también era mi ambición construir un libro así, un libro más difícil.

Mila proviene de la primera generación de migrantes tras el colapso de la Unión Soviética y usted la describe como una figura que representa a su generación, ¿Cómo ha mantenido el balance entre crear a un individuo concreto mientras lo convierte en un símbolo colectivo?

Los primeros emigrantes moldavos fueron mujeres y Mila pertenecen esa primera ola migratoria. Esas primeras personas que fueron las más sacrificadas con un montón de inmigrantes ilegales que acabaron siendo víctimas de trata de personas o murieron por el camino o vivieron en condiciones inhumanas. Por supuesto que también hubo intelectuales que abandonaron el país porque ya hablaban otra lengua y que consiguieron trabajos decentes, pero aquellos no fueron la mayoría. Y, además, como siempre, las cosas fueron más difíciles para las mujeres.

Yo entiendo que muchas de las personas de la generación de Mila que lean esta historia puedan verse reflejadas en ella, en lo que ella vive, con sus diferencias, porque estoy hablando de un periodo histórico concreto.

A lo largo de la narración vuelve, en numerosas ocasiones, a la Moldavia de los noventa. ¿Qué cree que tendemos a simplificar desde la Europa occidental sobre la transición de aquella era?

A todos los escritores provenientes de Europa del Este, y que escribimos sobre los ochenta y los noventa, se nos suele decir que somos escritores de la postransición y yo no me considero una escritora postsocialista o postransición. Simplemente, escribo historias porque son la realidad que conozco y que resuenan en quienes son hoy los migrantes adultos de Europa y para que quienes quieran acercarse a nuestras historias puedan entenderlas.

Todo ello teniendo en cuenta que hay miles de experiencias migrantes, incluso entre quienes provienen de un mismo país. A veces, cinco o diez años entre una diáspora u otra marca mucho la diferencia. Las personas que están representadas en este libro son las que no pudieron ver a su familia en más de diez años porque ya no podían volver a su país, las que, en muchas ocasiones, tuvieron que soportar la muerte de sus padres a distancia. Sin despedidas.

Su literatura tiende a pivotar en torno a los vínculos familiares, ¿Qué es lo que más le interesa de estos?

No lo sé. Simplemente me sale así. En esta novela en concreto quizá el padre sea la persona más real que haya escrito nunca porque el padre del libro es mi padre real. Y supongo que lo he escrito porque murió y él siempre creyó en los libros y en la literatura. Creo que hubiera amado este libro porque es un lugar en el que ambos podemos volver a vivir. Podemos recordar alguna de las cosas que vivimos juntos, las cosas que amamos y, finalmente, tener tiempo el uno para el otro en este libro.

Además, ahora que hace tiempo que soy una mujer adulta creo que empiezo a entender mejor quién fue. Creo que convertirse en adulto es empezar a entender a tus padres. Al menos un poco más. Porque todos somos malos padres para nuestros hijos de una manera u otra. Seguro que si preguntas a los míos en unos años te dirán todo lo que yo hice mal. Cada generación tiene unas demandas, unos deseos, y tus padres nunca van a ser capaz de satisfacerlos todos. Es muy posible que, muchas veces, se dejen cosas por el camino.

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