La novela negra inédita en España que utiliza el asesinato de un poeta para explicar el antisionismo dentro de Israel
Jerusalén, 1929. En una tarde calurosa de verano, un hombre muere asesinado en plena calle. Tres disparos a quemarropa; la identidad del criminal, desconocida. La víctima, el intelectual judío Yitzhák Josef de Vriendt, ya había recibido amenazas, pero fue tozudo cuando su amigo Lolard B. Irmin, jefe de la inteligencia británica en Palestina, lo instó a marcharse de la ciudad una temporada. Ahora será Irmin el encargado de esclarecer el crimen. Esa es la premisa de Una muerte en Jerusalén, una novela del escritor alemán Arnold Zweig (Glogów, 1887 - Berlín, 1968) de 1932 que Siruela acaba de publicar por primera vez en castellano, con traducción y prólogo de Virginia Maza.
El finado, un hombre de fuertes convicciones, se negaba a renunciar a su proyecto vital: este escritor, abogado y miembro más destacado de la comunidad judía ortodoxa era un antisionista declarado que había manifestado su rechazo de las corrientes sionistas más nacionalistas y antiliberales, contrarias al Estado de Palestina y la convivencia pacífica. Además, De Vriendt tenía un discípulo, un muchacho árabe, con el que se sospechaba que mantenía una relación ilícita. Su personaje se inspira en el poeta judío de origen holandés Jacob Israël de Haan, cuyo asesinato en 1924 en circunstancias análogas causó una gran conmoción tanto en Palestina como en Europa.
Arnold Zweig, impresionado a su vez, decidió tomar este suceso para vertebrar, con los mecanismos de la ficción, una novela que le permitiría explorar las diferencias políticas, religiosas e ideológicas de la sociedad de la época, donde se mezclaban árabes, judíos y los remanentes del colonialismo británico (el mandato sobre Palestina terminó en 1948, lo que desencadenó la Nakba). Entre 1924 y 1929, el tiempo transcurrido entre el caso real y el de la ficción, las tensiones fueron in crescendo, hasta formar el caldo de cultivo de lo que todavía hoy parece lejos de resolverse.
Un crimen con muchos móviles
“Los árabes temen a los judíos, y los judíos, a los árabes, pero ni unos ni otros temen a los ingleses”, dice uno de los personajes, un viejo judío enfermo, antaño líder socialista de los trabajadores. En la investigación del asesinato, los primeros sospechosos son los árabes: la relación del finado con el joven, un idilio amoroso que hoy sería calificado de pederastia, bien pudo despertar la ira de esta comunidad; además, antes de los hechos se escuchó a un grupo de árabes barruntar un posible atentado. Sin embargo, Irmin pronto se da cuenta de que podía haber alguien más que quisiera acabar con la vida de De Vriendt: el sionismo más extremo, para quien sus ideas eran una afrenta directa.

En ese contexto –la desconfianza mutua entre israelíes y palestinos, la expansión de un sionismo radical, los intereses ocultos detrás de esas tensiones y el papel providencial de Occidente en ello– se mueve el policía, un tipo perspicaz, cauto y buen conversador que sabe instigar a sus interlocutores a hablar. De conversaciones, de largas y profundas conversaciones con variopintos representantes de diferentes estratos de la sociedad, se nutre Una muerte en Jerusalén, que, a pesar de su planteamiento –del que cabe aclarar que el asesinato no se produce hasta cerca de la mitad del libro– dista mucho de ser una novela policíaca al uso.
En realidad, su sofisticado revestimiento erudito la convierte en una novela política, de ideas, una radiografía de altos vuelos literarios con una hondura filosófica digna de todo un Thomas Mann. Compleja, densa, exigente, pausada, con un estilo que ya no se estila, valga la redundancia, de párrafo largo, elegante y descriptivo, con extensos pasajes de introspección y ritmo sosegado. La intriga política tan solo es el pretexto; la sustancia son los personajes y las relaciones entre ellos, el retrato de las múltiples capas de aquel ambiente, las preguntas incómodas que ponen de relieve la necesidad de no conformarse con explicaciones simples.
Y todavía hay algo más: la dimensión humana. Porque Una muerte en Jerusalén es una novela, no un tratado, y en las novelas hay emociones, pulsiones incontrolables como la que atormenta a De Vriendt. Es consciente de que con su discípulo no solo está jugando con fuego de cara a sus semejantes, sino que para él mismo supone una contradicción de orden moral que lo confronta con sus principios religiosos. No es fácil conjugar credo y vida, no es fácil habitar el mundo con una coherencia absoluta con los propios valores. La escritura, los poemas que guarda con celo, será su único refugio para canalizar ese deseo perverso.
Un humanista comprometido
A diferencia de su homónimo más conocido, Stefan Zweig, con el que no guarda ningún parentesco, el autor de Una muerte en Jerusalén no cuenta hoy con una amplia difusión entre los lectores. Sin embargo, no le faltaron méritos para ello: cultivó la novela y el ensayo, y fue, como su personaje, un defensor ferviente y polémico del pacifismo. Su existencia estuvo marcada por el nazismo: cuando llegaron al poder, prohibieron sus obras, lo que propició su huida a Palestina, donde vivió hasta que pudo regresar a la ya constituida República Democrática de Alemania. En 1958 recibió el Premio Lenin de la Paz, y fue propuesto hasta en ocho ocasiones al Premio Nobel (seis al de Literatura y dos al de la Paz).
En castellano, hasta la fecha solo se había traducido su novela más popular, La disputa por el sargento Grischa (1927), escrita tras su experiencia como soldado en la Primera Guerra Mundial y cuya última edición (RBA, 2014) se encuentra descatalogada. Una muerte en Jerusalén, por su parte, es otro de sus hitos, y se considera la primera novela sobre los orígenes del conflicto de Oriente Próximo.
Más allá de la oportunidad de recuperarla en la coyuntura actual, esta es, ante todo, una gran novela, una obra de altura literaria que tendría sentido e interés en cualquier época y circunstancia. De hecho, más bien invita a preguntarse cómo es posible que hasta ahora no supiéramos nada de este soberbio escritor e intelectual comprometido, un humanista convencido que tuvo que lidiar con la censura incluso en tiempos de paz –después de la Segunda Guerra Mundial, un libro crítico con el sionismo resultaba demasiado molesto para publicarse sin más–, y que no aflojó nunca, ni en sus ideas, ni en su ambición narrativa. Un hombre, una obra, del que aún hay mucho por descubrir y mucho por aprender.