ENTREVISTA Omer Bartov
El experto israelí en holocausto que denunció el genocidio en Gaza: “El sionismo tenía el germen de la violencia”
A muchos académicos expertos en genocidio y el Holocausto les ha costado poner nombre a lo que Israel ha perpetrado en Gaza desde octubre de 2023. Para muchos judíos e israelíes ha sido aún más difícil acusar al Estado de Israel. Omer Bartov nació y creció en Israel; desarrolló sus estudios sobre el nazismo, la Segunda Guerra Mundial y los judíos en aquella época. Desde 1989 enseña en Estados Unidos, donde actualmente es profesor en la Universidad de Brown. Si bien denunció los crímenes israelíes en la Franja desde el principio, tardó un tiempo en acusar a su propio país de cometer un genocidio contra los palestinos.
En julio de 2025 publicó un artículo en The New York Times con el siguiente título: “Soy un estudioso del genocidio. Reconozco cuando veo uno”. Esa afirmación marcó un punto de inflexión en un momento en el que cada vez más expertos consideraban que Israel estaba cometiendo genocidio en Gaza. La Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU llegó a la misma conclusión en septiembre de 2025.
Bartov es autor de numerosos libros, su último trabajo analiza cómo es posible que el Estado fundado por los judíos tras el Holocausto haya cometido genocidio y cómo llegó hasta este punto. Israel, what went wrong? (Israel, ¿qué salió mal?) fue publicado en inglés la pasada primavera y su traducción al español se espera a principios de 2027. Bartov habla con elDiario.es sobre qué consecuencias tendrá el genocidio perpetrado por Israel, tanto para su sociedad como para el resto del mundo, y para las propias víctimas.
¿Cuándo y cómo llegó a la conclusión de que Israel estaba cometiendo genocidio en Gaza?
En noviembre de 2023 publiqué un artículo en The New York Times y escribí que las declaraciones de los políticos y generales israelíes indicaban que había una intención genocida, lo cual es difícil de establecer en muchos casos.
Aunque en ese momento existían indicios de que se habían cometido crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, todavía no estaba convencido de que se tratara de una ofensiva genocida, pero advertí que podría convertirse en tal si no se detenía. No se detuvo y, entre noviembre y junio [de 2024] el patrón de las operaciones israelíes apareció de forma clara y ese patrón era acorde a las declaraciones. El patrón de las operaciones es otra forma de demostrar que había una intención genocida. El patrón era la destrucción deliberada para convertir Gaza en un lugar inhabitable para su población. Había una intención y esa intención estaba siendo llevada a cabo.
Yo diría que lo que el Gobierno israelí quería hacer —y lo que todavía quiere hacer— es llevar a cabo una limpieza étnica en Gaza. Pero no pudo hacerlo porque las fronteras estaban cerradas, la mayor parte de las fronteras son con Israel. Como resultado, la limpieza étnica se convirtió en genocidio. Es un patrón muy común en los genocidios: comienzan como una limpieza étnica. Así que en junio o julio [de 2024], no había más remedio que describirla como una operación genocida.
¿Fue difícil llegar a esa conclusión como académico y como ciudadano israelí?
Creo que fue difícil como académico y como ciudadano israelí porque muchas personas —incluidos algunos colegas académicos— afirmaron de inmediato que se trataba de un genocidio. A mi parecer, fue una conclusión precipitada. Considero que el término ‘genocidio’ se ha utilizado a menudo más como una acusación o una expresión de indignación. Siempre me he resistido a emplearlo de esa manera. Quería estar seguro de que se trataba de un genocidio y no simplemente de otra operación letal de las Fuerzas de Defensa de Israel, que habían llevado a cabo acciones similares en el pasado.
Lo que el Gobierno israelí quería hacer —y todavía quiere hacer— es llevar a cabo una limpieza étnica en Gaza, pero no pudo hacerlo porque las fronteras estaban cerradas
Como ciudadano israelí, afirmar algo así resulta difícil en el plano personal y psicológico. También resulta complicado en un plano sociopolítico, porque muchas de las personas con las que interactúo en Israel —que no son de derecha, sino más bien de izquierda— están de acuerdo con casi todo lo que digo sobre Israel, salvo en este punto; no se atreven a calificarlo de genocidio porque, para ellos, la palabra ‘genocidio’ evoca el Holocausto.
Como alguien que probablemente sabe más sobre el Holocausto que la mayoría de mis amigos, no pretendo en absoluto afirmar que lo que Israel hizo en Gaza sea el Holocausto. Obviamente, no lo es, pero esa no es la forma de definir el genocidio. La gente dice: “No puedes acusar a mi familia de hacer lo que le hicieron a mis abuelos”. Pero yo intento abordar el asunto con serenidad para no dejarme llevar por la ira, aunque tengo motivos para estar enfadado por lo que hace mi sociedad y en lo que se ha convertido.
Mi postura es la contraria: precisamente por lo que vivieron los judíos durante el Holocausto, deberían ser más sensibles respecto a lo que cualquier persona puede hacer a los demás, incluidos los propios judíos. Así que decirlo tiene un precio, pero no creo que el precio que yo pago se pueda comparar de ninguna manera con el precio que están pagando las víctimas del Gobierno israelí.
¿Por qué cree que tuvo tanto impacto el artículo que publicó en The New York Times?
En realidad, ya lo había afirmado un año antes, en un artículo de The Guardian en el que abordaba muchas otras cosas. Pero fue diferente cuando lo dije en The New York Times, que es una especie de periódico de referencia, y porque soy israelí, serví en el ejército israelí, porque he estudiado el Holocausto y he escrito sobre ello. Por todo eso, tenía más peso lo que dije que si lo hubiera dicho un activista político. Creo que también el momento fue importante, porque cuando fue publicado —de hecho, lo escribí tres meses antes— había un consenso creciente entre los estudiosos del genocidio y de derecho internacional de que esto era un genocidio, sin lugar a dudas.
Había otra parte del artículo, a la que no se prestó mucha atención, pero que, a mi juicio, es fundamental: ¿cuáles son las implicaciones de todo esto? Planteaba que el silencio, tanto de las instituciones dedicadas a conmemorar e investigar el Holocausto como de la mayoría de los especialistas —aunque no todos—, socava su propia legitimidad y la afirmación de que el Holocausto tiene implicaciones universales.
El futuro del genocidio es prometedor, tiene un gran futuro por delante. Y esto se debe, en parte, a que Israel se salió con la suya. Israel logró librarse de las consecuencias, en parte, porque muchísima gente guardó silencio y sigue haciéndolo. Por tanto, las repercusiones son enormes.
El futuro del genocidio es prometedor, tiene un gran futuro por delante. Y esto se debe, en parte, a que Israel se salió con la suya
Y tres años después del comienzo del genocidio, ¿cómo valora la situación?
Con el 7 de octubre, Hamás quería volver a poner sobre la mesa la cuestión palestina y regionalizar el conflicto, que había sido olvidado en general. Y tuvo éxito. Lo hizo de una forma horrible, llevó a cabo una masacre horrorosa. Todos aquellos que planearon el 7 de octubre están muertos y Gaza es ahora un gran montón de escombros y, probablemente, han muerto al menos 200.000 personas. Oficialmente, sabemos que son 74.000, pero hay muchas más muertes indirectas [no consecuencia directa de los bombardeos] y cientos de miles de heridos; así que una porción importante de la población está muerta, gravemente herida o debilitada por las condiciones en las que sigue viviendo.
Por otro lado, cuando un país perpetra un genocidio —y esta es una de las grandes diferencias entre el genocidio y, por ejemplo, los crímenes de guerra, incluso a gran escala—, todo el mundo está involucrado, el país entero. Al participar en un genocidio, ya sea como miembro del colegio de abogados, de médicos, de la asociación de profesores universitarios o de cualquier otro colectivo, ¿qué pasa con todas esas personas que han guardado silencio, que no han dicho nada y que, por tanto, son cómplices? ¿Qué le pasa al país? Pues eso es lo que estamos viendo: lo que queda de la democracia israelí, cualquier vestigio de valores liberales o del Estado de derecho, se está viniendo abajo.
Cuando un país perpetra un genocidio, todo el mundo está involucrado, el país entero. ¿Qué pasa con todas esas personas que son cómplices?
Netanyahu necesita que la guerra y la violencia continúen. De esta forma se ha creado una sociedad en estado de conflicto permanente, en estado de emergencia, lo cual también ha transformado a la propia sociedad [israelí].
¿Cree que algo puede cambiar en Israel tras las elecciones del 27 de octubre?
Si Netanyahu gana las elecciones, básicamente podemos decir adiós a cualquier cambio; es más, se perderá el control de cualquier tipo de procedimiento democrático. Es lo que intenta Netanyahu y si es reelegido, eso se intensificará drásticamente. Creo que mucha gente se irá de Israel.
Si la oposición gana, no creo que se produzca un cambio importante. Creo que ocurrirá una desaceleración en el deterioro del Estado de derecho y de la democracia. Podría haber una ligera mejora en la situación de los ciudadanos palestinos de Israel [unos 2 millones de personas]. Pero quienes ahora integran la oposición carecen de un plan para el futuro, muchos de ellos son de extrema derecha. Creo que se mostrarán más receptivos a las presiones externas que Netanyahu, ya que él no tiene nada que perder, se debate entre conservar el poder y acabar en la cárcel; esa no es una situación que propicie una actitud conciliadora. En última instancia, el cambio sólo vendrá de fuera; no surgirá en el interior de Israel.
Israel ha cambiado drásticamente. La población es muy distinta y el sentir del país ha cambiado por completo. Solo una terapia de choque logrará cambiar la situación: una terapia de choque que vendría en forma de sanciones. Es necesario imponer sanciones severas a Israel para que los ciudadanos perciban en su vida cotidiana que están pagando un alto precio.
Es necesario imponer sanciones severas a Israel para que los ciudadanos perciban en su vida cotidiana que están pagando un alto precio
¿Qué futuro les espera a los palestinos en Gaza?
He intentado imaginarlo. Si se aplica el plan de Trump de 20 puntos, se plantea un escenario de pesadilla. Con enormes sumas de dinero provenientes de Estados árabes [del golfo Pérsico] y la participación de todo tipo de empresas inmobiliarias, se creará la idea de una Gaza utópica para los ricos y famosos de Europa y Estados Unidos. Es decir, en la parte de Gaza no ocupada por el ejército israelí dará comienzo un gigantesco proyecto urbanístico que podría completarse en un plazo de diez años.
Los palestinos quedarán confinados en las llamadas “ciudades humanitarias” y serán los obreros de la construcción de dicho proyecto, trabajando por salarios mínimos y desplazándose desde esos campos de concentración o zonas de residencia forzosa, que solo podrán abandonar para realizar su trabajo. Cuando esté terminado, limpiarán los baños, lavarán los platos. Básicamente, trabajarán como esclavos. Y el resto de Gaza se cubrirá de vegetación y sobre el terreno que ha sido arrasado, se construirán asentamientos y todo el mundo estará feliz. Los magnates inmobiliarios estadounidenses y europeos ganarán muchísimo dinero. Y el genocidio resultará ser altamente rentable, un gran negocio para todos. Por supuesto, no para las víctimas.
En Gaza el genocidio continúa, con menor intensidad, pero con una destrucción de la humanidad que no deja de ser persistente
Si eso no funciona, Israel seguirá restringiendo el territorio donde viven los palestinos, con la esperanza de que finalmente desaparezcan, se marchen o algún país se apiade de ellos y acepte acogerlos. Con el tiempo, se convertirá en un enclave cada vez más reducido y habitado por personas cada vez más desesperadas. De eso es de lo que se habla ahora en Israel y la oposición, que puede ganar las elecciones o no, no tiene ningún plan, ninguna alternativa. Lo cierto es que, en este momento, nos encontramos en un limbo total en Gaza: el genocidio continúa.
En su último libro, plantea la pregunta ‘¿qué salió mal?’ en Israel para llegar hasta este extremo. ¿Cuál es su respuesta?
El Estado de Israel nace a sangre y fuego [en 1948], en un momento de gran violencia: violencia bélica, violencia de limpieza étnica y la violencia que acababa de manifestarse en el Holocausto. Y no toma la decisión correcta, se niega a afrontar el problema principal que su propio nacimiento había generado: la enorme injusticia que acababa de infligir a los palestinos.
Creo que si el Estado hubiera sido capaz de afrontar esa situación y de hacerlo, además, dentro de un marco jurídico, marcándose unos límites geográficos y legales, habría impedido que el sionismo se convirtiera en la ideología estatal. Habría podido relegar el sionismo a los archivos tras haber logrado sus objetivos y buscar crear una sociedad y un Estado justos para todos sus ciudadanos. Pero decidió no hacerlo. Ahí es donde las cosas salieron mal. ¿Podría haber sido de otra manera? No lo sé.
Si le damos la vuelta a la pregunta, ¿cómo podemos hacer las cosas bien?, tenemos que retrotraernos a 1948. No es posible arreglar las cosas sin remontarse al origen de la cuestión de los refugiados palestinos y al reconocimiento de las injusticias y llegar a un acuerdo para que la tierra sea compartida por ambos grupos.
Nos encontramos en una situación en la que hay dos grupos de personas que habitan un mismo territorio y ambos tienen derecho a vivir en él
En su libro argumenta que el problema es que el sionismo se convirtió en la ideología del Estado de Israel. ¿No cree que desde el principio fue un proyecto colonial violento?
Como escribo en el libro, el sionismo es el resultado tanto del nacionalismo étnico como del antisemitismo; de hecho, interiorizó ideas etnonacionalistas de su propio entorno. Algunas personas, como mis abuelos, que emigraron, eran sionistas, pero no tenían el genocidio en mente [al llegar a Palestina]. Abandonaron lugares donde no eran bienvenidos para dirigirse a un sitio que creían que era su hogar ancestral. Por supuesto, desde la perspectiva palestina aquello fue una invasión colonial. Y debemos recordar que quienes no se marcharon [de Europa] fueron todos asesinados. ¿Justifica eso que se apoderaran de tierras ajenas? No. Pero hay que entender que la disyuntiva para aquellas personas era quedarse y morir asesinadas o ir a un lugar que, de algún modo, consideraban suyo.
Ahora bien, ¿contenía el sionismo el germen de toda la violencia que acabó ejerciendo contra los palestinos? Por supuesto que sí. Todos los movimientos etnonacionalistas lo tienen, porque son excluyentes. El sionismo aspiraba a crear un Estado con mayoría judía, eso fue lo que siempre proclamó. El hecho de llegar a una tierra ya poblada implicaba, obviamente, tanto un conflicto de colonialismo de asentamiento como un conflicto nacional, ya que los palestinos, en el marco del proceso de asentamiento de judíos en sus tierras, habían formado su propio movimiento nacional; por consiguiente, aquello se convirtió también en un conflicto nacional.
No hay mucha gente a la que le guste oír esto, pero creo que, en el presente, nos encontramos en una situación en la que hay dos grupos de personas que habitan un mismo territorio y ambos tienen derecho a vivir en él; la cuestión es cómo hacerlo de manera que una parte no oprima ni mate a la otra. Intentar afirmar que un grupo no tiene derecho a estar aquí —que es el discurso que prevalece en los sectores más extremistas de ambos bandos— no conduce a la justicia histórica, sino a la perpetuación de la violencia.