NOTA AL PIE
Cuando Saturno detuvo los trenes
El 30 de agosto de 1936, el Chicago Tribune publicó la conocida columna de Jay Allen sobre la masacre de Badajoz, City of horrors. La había enviado el día 25 a la oficina de telégrafos de Tánger, pero “el mensaje se perdió en algún punto del trayecto o acabó en la papelera de un censor” –como se publicó después en el periódico–, lo cual le obligó a buscar “otra ruta”. Su contenido era importante. El periodista afirmaba que, desde la caída de la ciudad, las tropas franquistas habían asesinado a 4.000 hombres y mujeres; y por supuesto, la maquinaria propagandística de los sublevados empezó inmediatamente a negarlo y a difamar a Allen, como denunció un colega suyo, John T. Whitaker, en We cannot escape history (No podemos escapar de la Historia, de 1943). De hecho, los revisionistas lo siguen negando todo, y con bastante éxito. Es lo que pasa cuando se entierra la verdad durante décadas para que no se sepa qué sonaba, además del Cara al sol, durante bastantes fusilamientos: la Marcha Real, el himno monárquico (La guerra apasionada, de Peter Wyden).
Por desgracia para los blanqueadores del fascismo, hay pruebas más que suficientes. El propio Juan Yagüe “se reía al oír los desmentidos sobre las matanzas”, como escribió Whitaker, corresponsal del New York Herald Tribune y, además de reírse, se jactaba de lo sucedido. “Naturalmente que los fusilamos –me dijo–. ¿Qué esperaba usted? ¿Que me llevara a cuatro mil rojos conmigo con mi columna avanzando contra reloj?”. Los africanistas creían en “la estrategia del terror” (Vicente Rojo, el general que humilló a Franco, de Carlos Blanco Escolá); la experiencia les decía que daba buenos resultados y, en todo caso, tenían el convencimiento de que la memoria desaparecería antes de dejar ninguna huella. A fin de cuentas, la Historia es casi siempre “una lección inútil” (‘El año nuevo’, de Pedro Antonio de Alarcón), y puede ser algo peor que “inútil” cuando se falsea o deforma la realidad, porque conduce a lo que dijo Rojo en Así fue la defensa de Madrid: “a que la vida social se desarrolle sobre ficciones, a que los pueblos vivan engañados y a que sus obras resulten infecundas”.
Mientras los soldados de Yagüe eliminaban a alrededor del 10% de la población de Badajoz y solventaban el problema de los cadáveres mediante “la incineración masiva” (Mário Neves, citado por Francisco Espinosa Maestre en La columna de la muerte), sus socios granadinos detuvieron a Federico García Lorca. Era un 16 de agosto, domingo. Había pasado un mes desde que se había despedido de Rafael Martínez Nadal en la estación de Atocha, tras haberle dicho supuestamente que aquellos campos “se iban a llenar de muertos” (‘El último día de Federico García Lorca en Madrid’. Residencia, 1963). A quien lea su Poema doble del lago Eden (Poeta en Nueva York) le costará no ver una premonición en estos versos: “Así hablaba yo cuando Saturno detuvo los trenes/ y la bruma y el Sueño y la Muerte me estaban buscando”; particularmente, si se combinan con el “comprendí que me habían asesinado” de la ‘Fábula y rueda de los tres amigos’. Las palabras son así. Reflejan lo que quieren cuando el autor termina su trabajo y, aunque a veces no tenga nada que ver con la imagen original, lo parece.
Según historiadores como Ian Gibson y Paul Preston, la suerte de Lorca quedó echada cuando Queipo de Llano ordenó a sus captores que le dieran “café, mucho café” (acrónimo, como bien sabemos, de “Camaradas, arriba Falange Española”). Han pasado noventa años desde entonces, y el simple hecho de que sigamos sin conocer el lugar dónde está enterrado dice todo lo que hay que decir sobre la España que sustituyó a la del poeta gracias a las armas de Hitler y Mussolini. Vicente Rojo acertó de lleno al alertar sobre los efectos del olvido y la manipulación de la Historia, y no sólo por el lado de las grandes cuestiones políticas y sociales. También está lo personal, lo que hizo que alguien tan consciente de lo que había detrás del alzamiento del 18 de julio se subiera a aquel tren y regresara a Granada, haciendo caso omiso de las advertencias. Y en ese aspecto, puede que no haya declaración más relevante que la de Gabriel Celaya, quien había coincidido con él unos meses antes, en San Sebastián.
Para Celaya, Lorca confiaba en que “el hombre es siempre humano”, en que “un amigo, fascista o no, es un amigo”; y desde su punto de vista, fue eso lo que le costó la vida, porque “fueron unos amigos, amigos que él contaba entre sus mejores, quienes en el último momento resultaron ser ante todo y sobre todo fascistas” (Realidad, abril de 1966). Formaban parte, aunque no lo ejecutaran con sus propias manos, de la misma estrategia que se seguía cobrando víctimas en Badajoz el 16 de agosto: la de matar al pueblo y matar la cultura a la vez. La República tardó en comprender el verdadero alcance de lo que estaba pasando y, desde luego, Federico García Lorca no creyó que fueran capaces de llegar a tales extremos. Pero lo eran, lo son y lo serán.