ANÁLISIS
Más vacaciones, ¿más productivos? Reino Unido nos dice que sí
Durante la última década, los economistas han tratado de entender las razones tras el débil crecimiento de la productividad en Europa. Entre los países que mayor atención han merecido, el Reino Unido ocupaba una posición paradigmática. De acuerdo con las series hasta ahora vigentes, la productividad en el Reino Unido mostraba un estancamiento en la década que siguió a la crisis financiera de 2008 y que solo se había reconducido en parte en los últimos años. Estas cifras habían dado cabido a muy diversas interpretaciones sobre los males que aquejaban a la economía británica, que iban desde el impacto duradero de la Gran Recesión, el déficit de inversión o el declive de la globalización.
Este debate parecía no tener fin hasta que hace unos días, la Oficina Nacional de Estadística (ONS, por sus siglas en inglés) anunció una importante revisión de su metodología para medir la productividad del trabajo. Las nuevas cifras indican que el crecimiento de la productividad ha sido muy superior al estimado hasta ahora, de forma que se incrementa siete puntos en términos acumulados, como se muestra en el gráfico anterior. Desde esta nueva perspectiva, la crisis de 2008 distó de tener un efecto tan negativo y, además, las tendencias tras la pandemia de 2020 son ligeramente más positivas. En conclusión, si bien la senda de crecimiento de la productividad es menor que en la década de apogeo del nuevo laborismo (1997-2007), lo cierto es que estas cifras insuflan una dosis de optimismo a un país que no está acostumbrado a recibir buenas noticias sobre su economía.
El crecimiento de la productividad y el tiempo de trabajo
La productividad laboral se calcula dividiendo lo que produce una economía (según el PIB) entre el tiempo trabajado. Uno puede suponer que calcular el PIB es una operación mucho más compleja que medir el tiempo de trabajo efectivo, pues lo primero implica sumar el valor añadido de miles de empresas en sectores muy diversos y realizar múltiples ajustes (por ejemplo, para considerar la economía sumergida). Estimar el tiempo de trabajo parece, en teoría, más sencillo pues “solo” conlleva tener estimaciones precisas del número de trabajadores (o puestos de trabajo) y de las horas efectivamente trabajadas. Sin embargo, lo que en apariencia parece sencillo, en realidad se demuestra mucho más complejo. Medir bien las horas es mucho más difícil de lo que parece y el Reino Unido nos lo acaba de recordar.
La revisión conducida por la ONS afecta a la estimación de la jornada efectiva y solo, en menor medida, al número de puestos de trabajo. Para medir el tiempo de trabajo, la ONS se basaba hasta ahora principalmente en una encuesta (la LFS, equivalente a nuestra EPA) que pregunta a los hogares cuántas horas trabajan habitualmente y cuántas habían trabajado en la semana anterior.
Este método tiene dos sesgos conocidos. Primero que las personas tienden a recordar mal o a redondear las horas trabajadas, posiblemente porque contestar con precisión matemática a una encuesta no es la prioridad de la mayoría de encuestados. Por otra parte, porque medir el tiempo en que una persona está empleada pero no trabajando (por ejemplo, por estar de vacaciones, de baja, o en un ERTE) tiene una importancia decisiva para determinar la diferencia entre la jornada teórica y la efectiva. Los resultados para el Reino Unido muestran que, precisamente dado que estos trabajadores no están trabajando durante esa semana, también tienen menos probabilidad de responder a la encuesta y distorsionan los resultados de la muestra.
El nuevo enfoque de la ONS estima el tiempo total combinando distintas fuentes, como la encuesta de hogares ya referida, pero también encuestas a las empresas y registros administrativos. Primero, parte de las horas semanales habituales pagadas (incluyendo las horas extra remuneradas) que declaran los hogares en la EPA británica. Segundo, esa cifra se relaciona (o recalibra) con los datos que las empresas declaran en una encuesta (la Annual Survey of Hours and Earnings, equivalente a nuestra Encuesta de Estructural Salarial) que se considera más fiable porque procede de los registros administrativos. El tercer paso es el más relevante: a la jornada pactada se restan las horas no trabajadas por diversos motivos, incluyendo las vacaciones, los días festivos, las bajas por enfermedad y las ausencias por otros motivos (ERTEs, permisos para cuidado de menores, etc.).
Las vacaciones son el ajuste más importante
El elemento más significativo de toda la revisión, y el que resulta más llamativo, es el relativo al tiempo no trabajado por vacaciones. Durante años, la EPA británica venía sugiriendo de forma indirecta que los británicos tomaban cada vez menos días de vacaciones. Según esta encuesta, los periodos de vacaciones declarados por las personas llevaban cayendo de forma sostenida desde hacía años, situándose por debajo de los 20 días anuales en 2012 y llegando a apenas 17 días de media en 2024.
El problema es que esa cifra resulta difícil de creer dado que la legislación británica garantiza a cualquier trabajador a tiempo completo un mínimo de 20 días de vacaciones pagadas al año (o cuatro semanas efectivas). A estos periodos de vacaciones se añaden aproximadamente ocho días de festivos, conocidos como bank holidays. De esta manera, los resultados de la EPA británica mostraban el hecho paradójico de que, en promedio, los trabajadores británicos disfrutaban de forma sistemática de unas vacaciones por debajo del mínimo legal.
Para corregir este sesgo, la nueva metodología deja de inferir las vacaciones a partir de esa diferencia entre horas (o días) habitualmente trabajados y los efectivos. En cambio, fija los periodos de vacaciones a partir de lo que declaran los propios asalariados según su contrato de trabajo y se valen para ello de una pregunta que la EPA británica hace una vez al año. Con esta referencia, las vacaciones estimadas dejan de mostrar ese descenso artificial y pasan a evolucionar de forma gradual y al alza, en línea con la evolución real de los derechos de vacaciones pactados en los contratos de trabajo. El siguiente gráfico muestra las diferencias entre estas dos metodologías junto con el referido mínimo legal de 20 días.
El resultado final de esta estimación es que, al dividir el PIB por un menor número de horas trabajadas, la productividad por hora pasa de crecer un 34% con el método antiguo, a un 40,7% según las nuevas series. Eso hace que la economía británica no solo produce más por hora trabajada de lo que se pensaba, sino que sus trabajadores llevan años reduciendo sus horas efectivas de trabajo, en gran parte gracias a la expansión de las vacaciones y otros periodos no trabajados.
En España falta un ajuste similar
La productividad en el caso español aparentemente no muestra la atonía que hasta ahora atribuíamos al Reino Unido. Sin embargo, la serie actualizada para la economía británica muestra un incremento casi idéntico de la productividad en España para el periodo de 2008 a 2024 (un 16 y 15%, respectivamente). Sin embargo, como hemos argumentado en reiteradas ocasiones, las cifras de la economía española encierran una incongruencia: el PIB está infraestimado, pero también hay un problema al enlazar las estimaciones sobre el tiempo de trabajo que afecta al cálculo de la productividad.
Por un momento olvidémonos del problema del PIB y pensemos en esta segunda cuestión. El Reino Unido acaba de mostrar que la EPA tradicionalmente ha sobrevalorado el tiempo de trabajo y, por extensión, ha infraestimado los periodos de vacaciones. Este diagnóstico también se aplicaba al caso español. Sin embargo, en España (al igual que en el resto de los países de la Unión Europea) se optó por modificar el cuestionario de la EPA en 2021 para incluir preguntas más explícitas que identifican las ausencias durante la semana de referencia. (Y añadimos aquí una pequeña aclaración técnica para el lector. En aquel momento Reino Unido ya no formaba parte de la Unión y de ahí que ahora opten por otra vía).
El cambio de la EPA de 2021 pasó entonces inadvertido, pero más adelante fue detallado en elDiario.es y en un documento de trabajo más amplio. En términos generales, esta modificación ha dado lugar a un resultado positivo. La EPA en España muestra desde 2021 tendencias más fidedignas sobre el tiempo efectivamente trabajado y sobre el alcance de las ausencias por vacaciones, bajas por enfermedad o por permisos.
El reto pendiente es que hasta la fecha nadie ha buscado reconciliar las viejas series de la EPA (es decir, las producidas con el cuestionario hasta 2020) y las nuevas. La estadística de síntesis por excelencia, la Contabilidad Nacional del INE, se ha contentado con enlazar uno y otro registro sin solución de continuidad. Eso hace que se produzca un salto inédito en el tiempo de trabajo desde 2019 hasta la actualidad. El gráfico siguiente muestra, como ejemplo, la jornada media por asalariado equivalente a tiempo completo. Para facilitar la interpretación se diferencia entre los sectores con una fuerte presencia del empleo público y el resto de la economía. Además, se añade como referencia la jornada máxima legal que, según la legislación vigente, es de 1826 horas y 27 minutos al año.
Hay dos rasgos que caracterizan la incongruencia de las series macroeconómicas de nuestro país. El primero es que se cifra la jornada efectiva de la mayoría de los asalariados (es decir, todos menos los empleados en los servicios públicos, educación y sanidad) por encima del máximo legal en todo el periodo de 2000 a 2019, llegando hasta niveles inconcebibles (casi 1900 horas de media al año en 2018).
El segundo error proviene de sobredimensionar la caída en el tiempo de trabajo efectivo desde 2019 hasta la actualidad, de forma que, en apariencia, ahora se trabajan 100 horas menos al año por asalariado a tiempo completo. Algún lector bien informado podrá pensar que esta tendencia puede deberse al incremento de las bajas por enfermedad que, sin duda han ocurrido, pero que es imposible se hayan producido con esta magnitud. Basta con pararse a pensar en las cifras. 100 horas menos de trabajo al año equivalen, aproximadamente, a 12 días menos para un asalariado con una jornada de 8 horas. ¿De verdad alguien sostiene que esa es la magnitud del incremento de las bajas por enfermedad? Incluso si se añadieran otros periodos no trabajados (permisos por cuidado de menores, por ejemplo) sigue siendo una cifra inconcebible.
El ONS británico ha demostrado un elevado nivel de rigor, transparencia y madurez al revisar sus series de productividad para un periodo de más de veinte años. Su nota divulgativa y el estudio técnico que le acompaña son lecturas muy recomendables para el lector interesado. Son referencias ineludibles para quienes pensamos que el INE, más pronto que tarde, tendrá que abordar una revisión igual de sistemática del PIB y del tiempo de trabajo. Solo entonces podremos conocer el incremento de la productividad y el crecimiento económico ocurrido en nuestro país.