“Una lloradita y a seguir”: el meme que ha normalizado colapsar en el trabajo
“¿Pero eso no le ha pasado a todo el mundo alguna vez en el trabajo?”. Esa fue una de las respuestas que recibí al preguntar por la expresión “lloradita y a seguir”. Tras la proliferación de memes, stickers y vídeos que repiten este mantra, aparecen historias personales que hablan de situaciones límite en ambientes laborales, de exigencias académicas o cuando se practica un deporte. La realidad es que algo impacta de forma grave en la persona cuando esta no tiene ni el tiempo ni el espacio para digerir ciertas emociones. Hemos perdido el miedo a llorar y a decir que lloramos, pero le seguimos quitando importancia. La liberación momentánea de las lágrimas no combate la presión externa que imposibilita la correcta y necesaria canalización emocional. Y los ritmos obligados tampoco ayudan.
Rocío tiene 28 años y hace dos trabajaba como dependienta en una firma francesa de moda en Madrid. “Un día mi jefe me dijo delante de unos clientes que si no había pensado en operarme algunas partes de mi cuerpo, y me las empezó a señalar. No supe cómo contestar”, recuerda esta maestra de pedagogía terapéutica. En cuanto pudo, se fue al baño. “Me sentía mal, culpable, y ahí sí: lloradita y a seguir”, cuenta.
Este tipo de situaciones suelen aparecer en entornos de alta presión en los que la persona afectada no tiene una red de apoyo presente. “También te sabe mal pedir ayuda, o piensas que es algo que tienes que llevar tú sola”, opina Andrea, profesora en una academia de Getafe. A sus 34 años, todavía rememora aquellos momentos en los que lloraba sola por la muerte de su abuelo antes de enfrentar una clase. “Parece que cada vez nos intentan hacer más independientes, cuando estos malos tragos muchas veces son menos malos si estamos acompañadas”.
Laura no conocía la expresión “lloradita y a seguir” cuando en numerosas ocasiones ya la había puesto en práctica. Tiene 32 años y es una profesional de la comunicación y las redes sociales. “Lo peor es cuando tienes un problema de salud mental y la sanidad pública no te acompaña como debe, y tienes que ir a la privada para seguir viviendo. No puedes no trabajar, especialmente cuando eres autónoma. Lloras y luego vas a reuniones con los ojos rojos”, dice por su experiencia. Desde su punto de vista, que esta realidad esté tan extendida es un claro síntoma del sistema: “No sé si a los ricos les pasará lo mismo”, comenta con ironía esta madrileña.
De todas formas, a veces la cosa va más allá de la “lloradita”: “Hay experiencias que nos pueden desbordar mucho más, que nuestro cerebro no consigue digerir o integrar, y no se trata de llorar y seguir todos los días, sino que hay que ir más allá”, esgrima Paula Muiños, vocal del Col·legi Oficial de Psicologia de la Comunitat Valenciana.
Hay experiencias que nos pueden desbordar mucho más, que nuestro cerebro no consigue digerir o integrar, y no se trata de llorar y seguir todos los días, sino que hay que ir más allá
El humor y la invalidación
Decir “lloradita y a seguir” es ponerle algo de humor a la situación y quitarle importancia al mismo tiempo para Laura. “Es la lógica del mercado, que no deja espacio para las emociones. Solo producir, producir y producir”, explica. Es lo que también piensa Raquel Masa, psicóloga sanitaria de Bilbao que esgrime que la expresión supone incluso un proceso de invalidación emocional. “No tengo tiempo para procesar lo que me pasa, me doy un minuto de tregua y luego a seguir como si nada”, abunda. “Una cosa es normalizar el llanto y otra banalizarlo”, precisa su compañera Paula Muiños.
La presión laboral es lo que ha hecho que Hugo, uno de los pocos hombres que ha respondido al llamado de hacer público estos momentos de vulnerabilidad, explotara varias veces en los sets de rodaje. A sus 22 años, este integrante de los equipos de dirección de producciones audiovisuales habla de “exigencias brutales” de 12 horas ininterrumpidas trabajando.
“Las nuevas generaciones somos más conscientes de esto. Cuando coincido con gente de mi edad en los rodajes, lo entendemos muy bien. Cuando me ha pasado o le ha pasado a alguien, siempre hemos intentado acompañarnos, aunque sabemos que esto de tener que seguir a toda costa es neoliberalismo puro”, desarrolla. En este sentido, Masa, psicóloga, agrega que los jóvenes son una generación que en mayor medida identifica y reconoce algo más el proceso de identificación y reconocimiento de una emoción, pero con poco espacio para validarla y procesarla.
Reacciones emocionales personales
Marta, periodista de 31 años, cuenta que algunas veces, mientras está con amigos o en casa trabajando, le asalta una emoción que le empaña los ojos: “Ahí lloras un poquito y buscas un abrazo y continúas con tu vida. De alguna manera entiendes que no puedes quedarte estancada para que no genere un malestar mayor”, admite. Como comunicadora en zona de conflicto, ha vivido situaciones de gran injusticia e impunidad. “El llanto tiene un componente liberador, es tu propio cuerpo deshaciéndose de una parte de él mismo, no sé”, dice.
Cuando coincido con gente de mi edad en los rodajes, lo entendemos muy bien. Cuando me ha pasado o le ha pasado a alguien, siempre hemos intentado acompañarnos, aunque sabemos que esto de tener que seguir a toda costa es neoliberalismo puro
La crianza también es otra de las realidades que puede llevar al límite. “Compaginar el inicio de la escuela infantil o el colegio con mi trabajo es horroroso. En julio avisé en el trabajo de que necesitaría algo de flexibilidad en septiembre, pero a finales de agosto ya todo el mundo tenía muchos y muy buenos proyectos y nadie se acordaba de lo que dije”, enuncia Carla, vecina de 33 años de Pinto con dos pequeños a su cargo que muchas veces se acuesta con lágrimas en los ojos. “Acompañar a tu hijo al cole no es un derecho, por ahora, y tu jefe solo piensa en el último trimestre del año”, agrega con enfado. En su caso, encuentra un alivio en sus amigas, con quien se intercambia stickers por WhatsApp con mensajes como “una lloradita y a seguir existiendo”.
Hablar de manera desenfadada del lloro es un avance para Anna Romeu, psicóloga especializada en gestión emocional. A ojos de esta especialista, la expresión explicita una realidad ocultada en muchas ocasiones y, por otro lado, le pone final en el tiempo. “Me gusta porque termina la acción, no nos vamos a pasar todo el día llorando, ni el mundo se acaba”, determina. Esta integrante del Colegio Oficial de Psicología de Catalunya admite también que hay otra lectura: “No me gusta tanto que se pueda llegar a tomar a la ligera el hecho de llorar o sentir. Cada una de las reacciones emocionales son personales e intransferibles, con intensidades diferentes, y todas son válidas”.
Un malestar más amplio detrás
A Alba, el estrés por el estudio de unas oposiciones le ha pasado factura. Esta joven de 26 años, asentada en Cádiz, decidió dejar de lado el estudio durante dos semanas para poderse recomponer de la ruptura de una relación con quien durante seis años fue su pareja. “El duelo no lo haces en dos semanas, así que yo estaba estudiando la misma oposición que él aprobó y, de repente, me acordaba de cualquier cosa de nosotros y lloraba. Me daba cinco minutos y seguía estudiando, porque además no dejaba de pensar que si no suspendería y no tendría trabajo”, relata.
Esta graduada en Ciencias Políticas y Estudios Internacionales sostiene que no tener espacio para mostrar los sentimientos “va en la línea de hacer de menos cómo nos sentimos para evitar abordar nuestra situación, verlo como algo momentáneo, cuando es síntoma de un malestar mucho más general”. La psicóloga Muiños, por su parte, valora que detrás de “una lloradita” puede haber una forma de resiliencia, pero también algo más, como si se estuviera tapando alguna situación compleja o un malestar más amplio.
A Aída nunca se le olvidará el día que su padre le dijo que padecía cáncer. Ella tiene 34 años y se dedica a la consultoría: “Recibí la llamada en el trabajo y tuve que hacer como si nada, disimulé. Conforme colgué, me fui al baño y hablé con mi hermana, que estaba en una situación similar. En un cuarto de hora, me lavé la cara y volví a mi mesa”, detalla.
Introducir el factor risa de la expresión “lloradita y a seguir” para abordar realidades y momentos tan complicados no es algo positivo para Aída. “Las cosas graves deberían mantenerse en la gravedad, que el cerebro sepa reaccionar ante ellas, que no se lo tome a broma. Esta expresión meme es muy siglo XXI, para descargar la importancia que tiene realmente”, apunta. Masa, integrante del Colegio Oficial de Psicología de Bizkaia, recalca que el humor puede ser un mecanismo “muy bueno” para hacer frente a algo cuando no hay tiempo de interiorizarlo, pero siempre y cuando después exista tiempo para procesar lo ocurrido.
Esta expresión meme es muy siglo XXI, para descargar la importancia que tiene realmente
Que el entorno sostenga
Para Ana, los diez meses que estuvo trabajando en una agencia de relaciones públicas fueron “diez meses de lloradita y a seguir”, asegura. Esta redactora técnica en una empresa de electromedicina detalla que su jefa le trataba mal continuamente. “Estamos tan apretados en nuestra vida con la familia, el trabajo, el dinero o lo que sea, que al final uno tiene que tragar y seguir”, profundiza.
Masa dice que la solución pasa por poder reconocer la emoción y ser consciente de ella. “Si uno tiene un mal día, quizá puede llegar al trabajo y decirse a sí mismo que irá más lento. Nos tenemos que validar como individuos”, explica. De todas formas, como todo, tiene un componente comunitario: “El entorno debería saber leer que a esa persona le sucede algo y que será importante sostenerla, acompañarla”, finaliza la experta.