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“No vas a heredar la empresa”: por qué es urgente que asumamos que el trabajo no lo es todo

Juanjo Villalba

26 de enero de 2026 21:56 h

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Marta tiene 36 años, duerme mal desde hace meses y vive con la sensación constante de estar llegando tarde a todo en su empresa. No importa cuánto se esfuerce: siempre siente que no es suficiente. “Me enseñaron a ser buena trabajadora antes que a ser buena conmigo. Y ahora no sé cómo ponerme en primer lugar sin sentir que estoy fallando”, explica.

Su historia no es excepcional. Es, de hecho, profundamente representativa de una generación educada bajo una idea aparentemente incuestionable: que el trabajo debía ocupar el centro de la vida, y que el esfuerzo sostenido sería recompensado con estabilidad, reconocimiento y seguridad. El problema ha surgido cuando esa ecuación ha dejado de funcionar y, aun así, seguimos aplicándola como si el fallo solo pudiera estar en nosotros.

Aprender a trabajar antes que a cuidarse

Para la psicóloga Ángela Esteban, conocida en redes como @gamanpsicologia y autora del libro No vas a heredar la empresa: Cómo acabar con el estrés en el trabajo antes de que acabe contigo (Bruguera, 2025), esta interiorización comienza mucho antes de lo que solemos pensar. 

“Desde nuestros primeros años de vida ya empezamos a estar rodeados de estímulos relacionados con el trabajo: los juguetes de profesiones, los juegos de rol, las preguntas de los adultos sobre lo que queremos ser cuando seamos mayores”, explica. Sin darnos cuenta, vamos construyendo la idea de que nuestro futuro (y nuestro valor) estará ligado a lo que hagamos laboralmente.

Según la autora, el mensaje se refuerza con los años mediante frases bienintencionadas pero contundentes: “Hay que esforzarse para llegar lejos”, “el trabajo es lo primero”, “si trabajas mucho, te irá bien”. Esteban apunta que, aunque estas expresiones nacen del afecto, dejan una huella que puede ser perjudicial: “Se nos queda grabado que nuestro valor depende de cuánto producimos y que el trabajo debe ser el centro de nuestra vida”, sostiene.

En consulta, la experta se encuentra “con personas agotadas que sienten que descansar es una pérdida de tiempo. Su exigencia interna no les deja espacio para dejar de rendir, no pueden ‘quedarse atrás”, señala. Un desgaste silencioso que se normaliza —en España, una encuesta reciente de Randstad indica que seis de cada 10 trabajadores experimentan de forma regular problemas de estrés en el trabajo— y que, poco a poco, va borrando cualquier espacio vital que no sea productivo.

Se nos queda grabado que nuestro valor depende de cuánto producimos y que el trabajo debe ser el centro de nuestra vida

Cuando la promesa no se cumple

El golpe llega cuando, tras años de esfuerzo, las recompensas prometidas no aparecen o lo hacen de forma tímida. “Ese es uno de los grandes ‘golpes invisibles’. Es como correr en una cinta: te esfuerzas, sudas, te dejas la piel… Pero no avanzas”, describe Esteban. Y ante esa frustración, muchos miran hacia dentro en lugar de cuestionar el sistema. “En vez de revisar el contexto, revisamos nuestra valía. ‘¿No soy suficiente?’, ‘¿Tengo que esforzarme todavía más?”, añade. Con lo que se crea el caldo de cultivo para la frustración y la infelicidad.

Luis, de 43 años, acudió a consulta con la doctora Esteban con una sensación que se repite cada vez más: la de haber sido engañado. “No solo se sentía cansado, se sentía estafado”, relata la psicóloga. Había cumplido con todo lo que se suponía que debía hacer, pero su vida no se parecía en nada a la que le habían prometido. Sentía que sus esfuerzos no se correspondían con su realidad y eso le generaba mucha culpa, frustración e, incluso, vergüenza. No sabía cómo explicarse por qué trabajaba tanto.

Pero aunque es natural y justo esperar una recompensa externa por lo que hacemos, no podemos basar toda nuestra sensación de valía personal en lo que el trabajo nos devuelva. “Si tu esfuerzo no se ha visto correspondido, no significa que tú valgas menos ni que hayas fallado”, insiste Esteban. A veces, subraya, lo que falla es el sistema, las condiciones, el contexto. Pero desaprender esa idea cuesta, sobre todo cuando durante años se nos ha aleccionado en sentido contrario.

El trabajo como deber moral

La socióloga Elsa Santamaría, especializada en los aspectos psicosociales relacionados con el mundo del trabajo y profesora en la UOC, sitúa esta lógica en un marco histórico y cultural más amplio. “El modelo cultural que ha posicionado el trabajo como una prioridad es una construcción social con raíces profundas”, explica, y remite al libro La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber, donde el autor alemán describe el mundo industrial moderno de finales del siglo XIX y principios del XX. 

Esa ética, derivada especialmente del calvinismo, fue clave para consolidar el trabajo como un deber moral y religioso, como centro de la organización social y de la formación de nuestras subjetividades.

Aunque el contexto ha cambiado respecto al mundo que describe Weber, según Santamaría, hay elementos que no solo se han mantenido, sino que se han reforzado. “Un ejemplo de ello es la racionalidad que vincula valor social con rendimiento, utilidad y esfuerzo personal”, señala. “Esta legitima tanto el disciplinamiento individual como la regulación social bajo ideales de eficiencia, responsabilidad y meritocracia”. De ahí, por ejemplo, el ensalzamiento constante de la figura del emprendedor.

El esfuerzo sostenido ya no garantiza la estabilidad laboral, el ascenso social ni la seguridad económica

El problema es que la ecuación de la meritocracia ya no funciona como antes. “El esfuerzo sostenido ya no garantiza la estabilidad laboral, el ascenso social ni la seguridad económica”, afirma la profesora. Y, sin embargo, seguimos midiéndonos con el mismo rasero.

Autoexigencia: la voz que no se apaga

Esa contradicción alimenta una autoexigencia que puede volverse corrosiva. “Nos lo han enseñado como algo heroico: aguantar, sacrificarse, no detenerse”, explica Esteban. Además, cuestionar esa narrativa no es fácil porque implica poner en duda una parte central de nuestra identidad. “Llega un punto en el que esos comentarios externos que escuchamos se convierten en nuestra propia voz interna. Y ahora ya no hace falta que nadie nos exija, lo hacemos nosotros mismos”.

La psicóloga recuerda el caso de Clara, de 29 años, que lo expresaba así en consulta: “Sé que estoy agotada, pero no puedo decepcionar. Ya no sé ni a quién, pero siento que tengo que seguir”. Tenía migrañas, bloqueos, ansiedad constante pero, aun así, se obligaba a ir más rápido, a ser más eficiente y a no fallar en nada. “No era un problema de organización, sino de un nivel de exigencia imposible de sostener”, apunta Esteban. 

Desde la sociología, Santamaría observa un fenómeno paralelo: “Ya no es solo la empresa quien nos cronometra, sino que somos nosotros quienes nos autocronometramos y autooptimizamos constantemente”. La lógica de la productividad se ha extendido al ocio, al descanso y a la vida personal. El individuo se convierte en un “sujeto empresario de sí mismo”, responsable único de su éxito o fracaso.

Ya no es solo la empresa quien nos cronometra, sino que somos nosotros quienes nos autocronometramos y autooptimizamos constantemente

Cuando el cuerpo habla

El problema es que esto acaba pasando factura en nuestra salud. “El cuerpo siempre habla antes que la mente”, recuerda Esteban. Cansancio que no se recupera, niebla mental, irritabilidad, desconexión emocional, dolores persistentes, ansiedad. Señales que solemos normalizar como “estrés adulto”, pero que apuntan a algo más profundo.

“Nadie llega al burnout de un día para otro”, advierte. Pero muchos llevamos ignorando avisos durante demasiado tiempo, convencidos de que parar sería una forma de rendirse cuando, en realidad, “cuestionar esas creencias no es un acto de debilidad, sino de autocuidado profundo”.

La culpa de parar

Por otro lado, poner límites, descansar o decir que no, suele venir acompañado de culpa. “Es una emoción muy común en personas que han funcionado mucho tiempo desde la autoexigencia”, explica Esteban. Una culpa aprendida en una cultura que idolatra la productividad y asocia el cuidado personal con la pereza.

Javier, de 52 años, no podía apagar el móvil del trabajo ni un domingo. “Siento que si digo que no, alguien va a pensar que soy un vago”, le decía a Ángela en terapia. La culpa lo mantenía siempre disponible, aunque su cuerpo estuviera exhausto. “¿Y si me necesitan? ¿Y si se dan cuenta de que no soy tan bueno o necesario como piensan?”, pensaba.

“Debemos entender que descansar no es fallar, poner límites no es traicionar a nadie”, insiste la psicóloga. Pero interiorizarlo requiere desmontar normas profundamente arraigadas.

¿Hay salida?

Salir de esta lógica no es sencillo ni inmediato.Esta rueda está diseñada para que cueste bajarse de ella. Así que no es una cuestión de falta de voluntad o de valentía, sino de estructura y consciencia”, señala Esteban. 

El primer paso es parar y nombrar lo que ocurre y así recuperar la capacidad de escucharse. Pensar: “¿qué me está pasando?”, “¿cómo estoy realmente?”, “¿qué estoy necesitando y no estoy pudiendo darme?”. Es como apagar el motor un segundo para dejar de escuchar ese ruido al que, muy probablemente, te hayas acostumbrado. 

“Luego toca explorar las posibilidades reales”, apunta la psicóloga. “Siempre hay un margen: renegociar tareas o plazos, pedir apoyo, ajustar expectativas, poner límites, dejar de asumir tareas que no te corresponden, reducir el nivel de exigencia, recuperar un hábito que te hace bien, respetar tu horario personal fuera de lo laboral, etc.”

Esta rueda está diseñada para que cueste bajarse de ella. Así que no es una cuestión de falta de voluntad o de valentía, sino de estructura y consciencia

En definitiva, según la psicóloga y autora, hay un trabajo interno importante: reconectar con las necesidades y los valores personales.

Desde una perspectiva colectiva, Santamaría apunta a ensayos como la semana laboral de cuatro días o el trabajo híbrido, aunque advierte: “Son cambios operativos, no alternativas”. Para un reequilibrio real se necesita “un cambio cultural en la concepción del trabajo que priorice su valor social sobre su valor económico, pero para ello se requiere de transformaciones profundas en múltiples ámbitos de la sociedad”.

Tal vez el primer gesto sea aceptar algo incómodo pero liberador: que, como dice el título del libro de Esteban, “no vamos a heredar la empresa”, y que quizá nunca debimos organizar nuestra vida como si ese fuera a ser el premio final.