Cuando tienes la sensación de “ir tarde en la vida”: no tener piso o hijos a los 35 no es culpa tuya
Tiene 35 años, trabaja en una agencia de marketing en la que cobra más bien poco y comparte piso con otras dos personas a las que evita en el pasillo para no tener que dar explicaciones sobre por qué vuelve a cenar cereales.
La semana pasada recibió la invitación para la boda de una antigua compañera de instituto y, el mismo día, el aviso de que su propietario le subirá el alquiler al finalizar el contrato. En la comida familiar del domingo pasado, su padre le preguntó cómo iba con lo de encontrar pareja.
Es posible que unos cuantos lectores se sientan identificados con lo que acaban de leer. Los estándares que definían la entrada en la adultez a finales del siglo pasado hace tiempo que saltaron por los aires. En la actualidad, la edad media del primer comprador de vivienda supera los 40 años, las mujeres tienen en promedio su primer hijo entre los 32 y los 33 años y la precariedad laboral impide trazar planes a medio plazo que impliquen grandes inversiones económicas.
Las condiciones socioeconómicas de los jóvenes adultos les ponen muy difícil cumplir con los viejos ritos de paso. No obstante, la exigencia interna de alcanzarlos permanece intacta.
La trampa del ‘empresario de ti mismo’ y la culpa individual
Resulta llamativo que el malestar derivado de no “llegar a tiempo” rara vez se ha canalizado hacia la protesta social. Por el contrario, suele traducirse, en muchos casos, en un descenso pronunciado de la propia autoestima. Este fenómeno responde a una lógica cultural profundamente arraigada en las últimas décadas.
“Esta persona que lo hace todo bien es la ficción ultraconservadora del empresario de sí mismo”, explica el filósofo y ensayista Eudald Espluga, autor del libro No seas tú mismo y del más reciente Imaginar el fin (ambos en Paidós). “El neoliberalismo no es solo un modelo económico centrado en privatizaciones, precarización y reducción de prestaciones sociales, sino que va aparejado a un modelo de subjetividad donde cada sujeto debe gobernarse a sí mismo. Este individuo tiene que aplicar la lógica empresarial a toda su existencia, desde la alimentación o el ejercicio físico hasta las relaciones personales, convirtiendo el conocimiento o los amigos en capital explotable”.
Así, cuando muchas veces este engranaje de optimización constante choca contra la realidad del mercado laboral o inmobiliario, el colapso se percibe como una falta de capacidad personal. “En la medida en que se asume que el sujeto es la medida de todas las cosas, cuando esa felicidad o estabilidad no se consiguen, la responsabilidad pertenece solo al individuo”, apunta Espluga. “Por eso las soluciones no pasan por afiliarse al Sindicato de Inquilinas o plantear un urbanismo diferente, sino por preguntarse qué puede hacer uno para ser un mejor empresario de sí mismo en lugar de cambiar las condiciones que lo llevan a sentirse un fracasado”.
Siempre imaginé que a esta edad habría encontrado a un compañero de vida. Eso, sumado a la caída de ingresos, me produce mucha frustración al sentir que no tengo control sobre aspectos fundamentales de mi vida y que estoy retrocediendo
Esta lectura individualista impregna incluso a quienes ejercen un análisis crítico de la coyuntura social. La psiquiatra Marta Carmona, coautora del ensayo Malestamos (Capitán Swing, 2022), subraya la brecha existente entre la teoría y la vivencia personal. “Aunque tengas el mayor análisis macro del mundo, entiendas las condiciones estructurales y sepas perfectamente que no te emancipas porque el coste de la vivienda ha crecido mientras los salarios están estancados, a la hora de analizar tu caso concreto siempre tiendes a pensar que es culpa tuya”, explica. “Ocurre incluso en politólogos o sociólogos que se saben la teoría al dedillo: en lo macro entienden cómo opera lo estructural, pero hacia adentro la lectura sigue siendo 'soy un fracaso de persona’”.
La disociación entre la madurez mental y la realidad material
La experiencia de “ir por detrás” genera un desgaste psíquico particular debido al desencuentro entre el desarrollo vital interno y las posibilidades reales de ejecutarlo.
“Ocurre una disrupción grave cuando la demora en sentirse adulto se debe únicamente a factores materiales”, asegura Carmona. “Hay una disociación muy fuerte entre tu madurez mental, tu proceso sobre cómo entiendes el mundo y tu vivencia del momento vital respecto a tu realidad material”.
Esta brecha se traduce en situaciones cotidianas que erosionan la percepción de independencia. “Existe una conciencia constante de 'yo no debería estar aquí' o 'esto no debería ser lo que me pasa', que genera una frustración inmensa”, apunta la experta.
Pensar que nos estamos quedando atrás implica comprar un discurso sobre modelos de vida y cronologías ligadas a la productividad y a expectativas biológicas conservadoras
Para quienes rondan la treintena o la cuarentena, las secuelas de este desfase se reflejan en testimonios como el de Brenda, diseñadora freelance de 37 años: “En el último año he sentido que he perdido el propósito en mi vida laboral. Llevo muchos años trabajando en un sector que ya no me llena y que no encaja con mi visión de futuro, pero haber invertido tanto tiempo en esta carrera hace que cambiar de rumbo me dé mucho miedo”, explica. “En lo personal, siempre imaginé que a esta edad habría encontrado a un compañero de vida, pero mi última relación acaba de terminar. Eso, sumado a la caída de ingresos que llevo notando hace tiempo, me produce mucha frustración al sentir que no tengo control sobre aspectos fundamentales de mi vida y que estoy retrocediendo”.
La teletienda fragmentada de las redes
Por si la situación real no fuera ya suficientemente compleja, la exposición continua a supuestas vidas ajenas a través de plataformas digitales actúa como un catalizador de la ansiedad por comparación. La observación de los logros de otras personas genera un sentimiento de frustración muy difícil de desactivar.
“Las redes sociales están jugando un papel muy importante en este aspecto”, analiza Espluga. “Hoy en día, estamos en un momento en el que casi todo el mundo ‘es influencer’ y produce contenido publicitario para vender productos. Instagram o TikTok se han convertido en una especie de teletienda muy fragmentada donde tus propios amigos o conocidos anuncian cosas o muestran estilos de vida idealizados. Al democratizarse la figura del influencer, el modelo ejerce mucha más presión porque todos creemos que podemos llegar a ese punto. La comparación entre la propia vida y la vida que supuestamente podríamos llevar adquiere un peso mucho más determinante”.
Blanca, de 36 años, evoca el impacto de medir su evolución vital frente a otros profesionales de su campo: “Estudié Comunicación Audiovisual y luego un grado de arte, pero no terminé ninguna de las dos carreras y eso me dejó una gran sensación de fracaso”, recuerda. “Cuando algunos antiguos compañeros de estudios aparecieron por mi provincia para dar un taller sobre la productora que habían montado, entré en un estado de angustia y ansiedad. Sentía que tenía que estar justificándome por no estar donde estaban ellos, como si yo no hubiese evolucionado nada. Más tarde, al cumplir los treinta, escuché a una dibujante explicar que sentía que no era lo que se esperaba de ella, pero yo pensaba que al menos ella había construido algo visible, mientras que yo no tenía ni un trabajo estable”.
Blanca recuerda haber encontrado una nota antigua en sus diarios que retrata la precocidad con la que se asimilan estas exigencias: “A los 21 años escribí que sentía que se me había pasado el arroz porque creía que debía haber demostrado una genialidad absurda desde mucho antes”, explica. “Una amiga me dijo una vez que ella estaba donde estaba porque sus decisiones la habían llevado allí y que volvería a elegir lo mismo. A mí eso me hizo sentir humillada, porque no todo el mundo decide desde el mismo lugar de claridad”.
Cuando veo a niños, siento la urgencia de tener un hijo sin ser demasiado mayor para tener la energía suficiente durante su infancia. Ahora sé que voy tarde para ese esquema
La fractura de los ritos de paso y el 'reloj biológico'
El retraso en el cumplimiento de las etapas tradicionales impacta de lleno en la reestructuración de los ritos de paso que históricamente señalaban el paso a la vida adulta. Sin embargo, la brecha más aguda se produce cuando la realidad social colisiona con límites biológicos insalvables.
Para Antonio, periodista de 40 años, la ruptura sentimental tras una relación larga le provocó un debate interno sobre la paternidad a una edad en la que esperaba tener esos asuntos resueltos. “Tras romper con mi pareja, me mudé de ciudad para cambiar de aires y empezar de nuevo”, relata. “Entonces me di cuenta de que encontrar una pareja con el nivel de complicidad que tenía antes resulta más complejo ahora. A mí me gustaría mucho tener hijos. Cuando veo a niños, siento la urgencia de tener un hijo sin ser demasiado mayor para tener la energía suficiente durante su infancia. Ahora sé que voy tarde para ese esquema”.
Redefinir el éxito fuera del mandato de rendimiento
Frente a la inercia de la culpa y la recomendación habitual de gestionar las expectativas a nivel privado, los expertos consultados plantean la necesidad de liberarse del concepto mismo de “retraso”.
Lo difícil es pensar en soluciones colectivas porque a todos nos cuesta no quedarnos en el análisis personal de 'hay gente de mi edad que lo ha conseguido', omitiendo que suelen contar con un poder adquisitivo o un respaldo familiar infinitamente mayor
“Lo primero que debemos hacer es desechar las narrativas sobre los roles tradicionales y sobre lo que significa ir con retraso”, sostiene Espluga. “Pensar que nos estamos quedando atrás implica comprar un discurso sobre modelos de vida y cronologías ligadas a la productividad y a expectativas biológicas conservadoras. Solo cuando rompemos con ese molde que nos lleva a privatizar los malestares podemos empezar a imaginar el florecimiento en colectivo, trabajando para cambiar las condiciones de vida en lugar de lamentarnos por no haber cumplido el calendario”.
Por su parte, Carmona concluye que “lo difícil es pensar en soluciones colectivas porque a todos nos cuesta no quedarnos en el análisis personal de 'hay gente de mi edad que lo ha conseguido', omitiendo que suelen contar con un poder adquisitivo o un respaldo familiar infinitamente mayor”.
Y añade: “Al final, si no cambiamos la conversación, todo se reduce a un 'búscate la vida y apáñatelas', donde si aciertas en una serie de decisiones te irá bien y si no, será tu responsabilidad. Hasta que no abandonemos esa narrativa, será imposible construir alternativas reales para una generación a la que le han cambiado las reglas del juego a mitad de partida”.
“He llegado a un punto en que empieza a darme igual y comprendo que el no llegar también te libera”, reflexiona Blanca tras años de terapia. “Si no has llegado, pues ya está, es lo que hay. Al menos he aceptado mi contexto y me siento agradecida por las cosas que sí he vivido, sin la obligación de tener que demostrar nada a nadie”.