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ENTREVISTA

Santiago Mazarrasa, escritor: “Los millennials hemos llegado tarde a nuestra propia existencia como generación”

Juanjo Villalba

4 de julio de 2026 22:10 h

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Cuatro amigos se reúnen un domingo más frente al mar. Es el mismo lugar donde aprendieron a nadar y donde durante años (o eso les parecía a ellos) estuvieron a salvo del paso del tiempo y de todo lo demás. Hablan, beben, esperan a que pique algo. Pero ese día se irán de vacío. Tampoco volverán a ser los mismos.

Esta escena abre Casilla vacía (Alianza editorial, 2026), la tercera novela de Santiago Mazarrasa (Santander, 1988), en la que se verán reflejados muchos de los miembros de su generación, especialmente hombres que andan entre los 30 y los 40 años, y que hoy en día han descubierto (o están a punto de descubrir) que aquello que daba sentido a sus vidas, la amistad, el trabajo, el amor o la esperanza en un futuro, parece que ya no les funciona.

Mazarrasa ha moldeado ese sentimiento en una novela sobria, coral, atravesada por la muerte y por una pregunta muy difícil de responder: qué pasa cuando la vida no se parece a aquello que nos prometieron. Sus personajes buscan un lugar para resguardarse mientras sienten que todo a su alrededor se desmorona.

¿Qué querías explorar con esta novela?

Fundamentalmente, una especie de sensación de orfandad que me acompaña desde siempre. Algo que creo que forma parte del ser humano, sentirse huérfano de sentido, de explicaciones. La imposibilidad de habitar el mundo de una manera realmente plena. Siempre va a haber deseo, miedo, angustia o temor.

Me interesaba mucho explorar cómo unos personajes que están en la treintena, cuando parece que las cosas ya tienen que estar en marcha, pasan por una situación en la que se pone de manifiesto que la vida no es nada. O que la vida, de algún modo, te va a pasar por encima.

Has dicho que tu novela no es política, que la literatura no es para eso, pero la veo profundamente política. Casi una llamada de atención.

Me refiero a que no es función de la novela aportar soluciones. Fuera de eso, la literatura sí que es política en el sentido de que tiene algo de confrontación con la realidad.

Creo que pedirle a la literatura que dé respuestas concretas a un problema hace que sea muy fácil acabar produciendo mala literatura. No quiere decir que no sea posible, porque hay autores que lo logran, pero a mí no me interesa en ese sentido.

En la literatura abundan los relatos sobre la pérdida de padres o parejas, pero menos sobre la muerte de un amigo. ¿Crees que socialmente se tiende a infravalorar ese duelo?

Quizás no se haya tratado mucho, aunque claro, decir esto sin haber leído todo lo que se puede leer es un poco osado. Pero creo que quizás no se ha tratado tanto el tema porque la amistad ha sido en cierto modo secundaria frente a las relaciones familiares o las relaciones románticas.

De todos modos, no creo que esta novela sea sobre el duelo. La muerte que ocurre en el libro provoca que los protagonistas se enfrenten a su propia situación personal. Que caiga la máscara que la cubre.

El vínculo de la amistad es uno de los fundamentales para una existencia más o menos feliz (...) Y la vida que vivimos no nos permite mantenerlo de manera sana

También creo que el vínculo de la amistad es uno de los fundamentales para una existencia más o menos feliz. Y quería hablar de cómo me parece que se está perdiendo y que la vida que vivimos no nos permite mantenerlo de manera sana.

Los protagonistas parecen incapaces de hablar de lo que les ocurre. ¿Es una característica de esos personajes, de los hombres en general o de toda una generación que ha aprendido a esconder la vulnerabilidad detrás de la ironía o los memes?

Creo que es una combinación. Hay una parte importante de esta incapacidad que es muy característica de los hombres y, especialmente, de los grupos de amigos.

Los grupos de amigos funcionan muchas veces como entes que son más que la suma de sus partes y tienen sus propias reglas y tabúes que muchas veces implican no expresarte como realmente te sientes. Los miedos y los deseos de cada uno de los pertenecientes a un grupo de amigos se pliegan frente a la dirección que toma el grupo como ente.

Pero también creo que es un problema generacional que no creo que tenga que ver tanto con esconder la vulnerabilidad, sino con cierto miedo a la autenticidad, a ser quien uno es y decirlo de manera natural.

Ese para mí es un problema muy gordo. Creo que, a la hora de enfrentarse a las cosas, deberíamos ya dejar atrás el recurrir al humor o a los memes. Si queremos hablar realmente de las cosas que pasan, hay que superarlo.

En la novela aparecen la emigración, la precariedad y los trabajos que no cumplen lo prometido. ¿Te parece que la generación de los llamados millennials está particularmente desorientada debido a ese tipo de problemas?

Sí, absolutamente, creo que está absolutamente desorientada. Me interesa mucho lo que ocurre con esta generación, que es la mía. Creo que nos encontramos en una especie de interregno entre generaciones.

Los grupos de amigos funcionan muchas veces como entes que son más que la suma de sus partes y tienen sus propias reglas y tabúes que muchas veces implican no expresarte como realmente te sientes

Hay un mundo en el que todavía habitamos, que es el de las generaciones previas. Un mundo en el que se cree todavía que las promesas que se nos hicieron se cumplen si nosotros hacemos las cosas como hay que hacerlas: estudiar, ir fuera a buscar trabajo, establecer relaciones románticas con quien debemos y cuando debemos, etc. Pero, por desgracia, creo que ese tipo de sueño progresista está ya más que agotado.

En cambio, debajo de nosotros están las generaciones que vienen, que ya han asumido esto de una manera mucho más natural. Es decir, habitan un mundo en el que esto no existe y simplemente aceptan que es así.

Tengo la sensación de que los millennials hemos llegado tarde a nuestra propia existencia como generación: no vamos a habitar el mundo de nuestros padres, pero tampoco tendremos demasiado sitio en el mundo de nuestros hijos. Es una cosa muy particular.

¿Qué papel juega Santander en esta historia? ¿Es importante para ti que la novela transcurra allí?

Pues mira, sentía que tenía una especie de deuda con la ciudad. Después de muchos años fuera, volví a vivir aquí. Desde entonces, he publicado dos novelas y una obra de teatro, y nunca aparece Santander.

Además, tenía mucho sentido que pasara aquí porque es una ciudad que hasta ahora había sido una ciudad refugio. Los personajes de esta novela buscan refugios y los dos principales que tienen son el grupo de amigos y la ciudad de Santander. Ambos se desmoronan.

Santander es una ciudad que ha estado protegida de los vaivenes, de los grandes problemas hasta hace poco y ahora ya no. Está básicamente igual de atravesada por problemas derivados de la digitalización, de las crisis de la vivienda o la turistificación de la economía.

Los personajes buscan refugio en la amistad, en las drogas, en los recuerdos o en las relaciones. Hay algo muy melancólico y nostálgico en el retrato de este grupo de amigos. ¿Es nostalgia por el pasado o más bien nostalgia por un futuro que nunca llegó a existir?

Yo creo que es de ambas. Hay una nostalgia del pasado en el sentido en el que estos personajes viven todavía agarrados a esas historias que les daban forma como grupo de amigos.

Y luego están atravesados por toda una serie de miedos que les cuesta a ellos mismos expresar y que tienen que ver con no haber logrado lo que se esperaba de ellos.

¿Qué es lo que todavía mantiene en pie a los personajes?

En realidad, creo que si la novela fuera más larga no se mantendrían en pie ninguno de ellos. No sé lo que ocurriría, pero creo que no saldrían adelante. Pienso que lo que aún les mantiene en pie es que no acaban de ser conscientes de dónde se encuentran y la nostalgia que tienen del pasado.

Me he acordado de una canción que se llama Over the Edge, de los Wipers. Están en el límite. Y yo creo que lo que se narra en esa novela es el estado de ánimo que se tiene en ese límite.

Hay un mundo en el que todavía habitamos, que es el de las generaciones previas. Un mundo en el que se cree todavía que las promesas que se nos hicieron se cumplen si nosotros hacemos las cosas como hay que hacerlas

Después de escribir este libro, ¿has llegado a alguna conclusión sobre cómo se sobrevive a la pérdida de un amigo?

Pues la verdad es que no. Por suerte, no he tenido que experimentar eso y espero no tener que hacerlo pronto. Pero creo que si toca hay que afrontarlo como cualquier pérdida: encontrando un lugar a partir del cual construir de nuevo.

Lo que pasa es que creo que en el punto en el que están estos personajes encontrarán pocos lugares a partir de los cuales construir de nuevo.

¿Cuál es el mensaje último que te gustaría que los lectores se quedaran de tu novela?

No sé si hay un mensaje claro, la verdad. Sí que creo que me gustaría que el lector no salga igual. Me parece fundamental que después de la lectura de un libro no salgamos exactamente como empezamos. Me interesa sobre todo que al lector le sobrevuele un cierto estado de ánimo después de leer el libro. No es que quiera que acabe fatal, triste y embajonado, pero sí que piense: “Bueno, ¿y con mi vida qué pasa?”

Pensando de una manera más positiva, diría que todavía es posible encontrar ciertos refugios a partir de los cuales se puede trabajar para que no acaben del todo destruidos, pero para eso es necesario partir de cierto estado de ánimo.