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¿El dolor de quién? El escritor ofendido y su privilegio masculino

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La escritora Reni Eddo-Lodge, en su libro 'Por qué no hablo con blancos sobre racismo', define el privilegio blanco como “la ausencia de las consecuencias negativas del racismo”. Y es que, en sociedades construidas bajo la estructura social de dominación colonial, quienes hemos nacido blancas nunca sentiremos la discriminación por nuestro origen, color de piel o acento. Esto nos hace ciegas y potencialmente insensibles ante las innumerables violencias racistas cotidianas ejercidas por otras y por nosotras mismas. 

La colonial es una de las tres principales estructuras sociales de dominación, las otras dos son el capitalismo y el patriarcado. Así, siguiendo la definición de Eddo-Lodge, podemos definir el privilegio de clase (derivado del capitalismo) como la ausencia de las consecuencias negativas del clasismo, y el privilegio masculino (derivado del patriarcado) como la ausencia de las consecuencias negativas del machismo. Este artículo pretende ser un acercamiento a las formas cotidianas que adopta el privilegio masculino mediante lo que considero un caso paradigmático, el del escritor Luisgé Martín. Porque el privilegio masculino no consiste únicamente en verse libre de determinadas violencias. También proporciona ventajas que suelen pasar inadvertidas para quienes las disfrutan, como la capacidad de hacerse escuchar, de definir los términos de una controversia o de situar la propia experiencia en el centro de la atención pública.

En marzo del año pasado, estalló la polémica por la publicación de su libro 'El odio'. Un libro con el que el autor pretendía adentrarse en la mente de un asesino “monstruoso” mediante una entrevista con él. Ese asesino es José Bretón, un agresor machista que en 2011 decidió acabar con la vida de sus hijas Ruth y José, de 6 y 2 años respectivamente. Las hijas de Ruth Ortiz. Ella, la madre, pidió públicamente y por vía judicial que no se publicase por considerarlo una revictimización, por producirle un dolor indescriptible saber que la voz del asesino de sus hijas podía ser escuchada. 

Ahora Luisgé Martín publica un nuevo libro haciendo uso de lo que él mismo describe como su “turno de réplica”. A raíz de esta nueva publicación, ha realizado entrevistas en algunos de los medios de comunicación de mayor audiencia del país. En esas entrevistas baso este pequeño análisis sobre cómo se manifiesta el privilegio masculino. 

Empiezo con uno de los elementos de este caso que nunca debemos perder de vista: la justicia no impidió la publicación del libro 'El odio'. De lo que el autor dijo en su momento y vuelve a decir ahora puede desprenderse la idea, la sensación de que fue sometido a algo así como una caza de brujas, de que fue atacado y sometido por todos los flancos posibles. No. La justicia, una de las instituciones centrales de nuestra sociedad, que no solo reproduce el imaginario colectivo general, sino que es una de las principales fuentes de construcción de realidad social, avaló la publicación de su libro. El autor lo dice, no lo oculta, pero parece que lo considera un detalle menor a la hora de valorar su supuesto linchamiento social. Pero no es un detalle menor, puesto que, como he dicho, el sistema de justicia construye realidad social. El hecho de que en este caso se haya optado por permitir la publicación del libro envía un mensaje a la población y al autor: puedes hacer lo que has hecho y, además, que te digan lo contrario es injusto. Y, aunque no lo queramos ver, este mensaje, en este caso concreto, contiene el mensaje implícito de que el dolor de una víctima de violencia machista tiene menos importancia que la libertad creativa o de expresión de un escritor. Para alguien tan preocupado por lo que es moral e inmoral y por las posibles derivas peligrosas de las reacciones de la sociedad a determinados temas (véanse sus entrevistas), esto debería ser algo a tener en cuenta. Pero la ceguera que causa la ausencia de las consecuencias negativas del machismo le impide acceder a esta esfera de análisis. 

El segundo elemento que destaco es el uso del victimismo para colocar su dolor en el centro del debate. Una de las declaraciones del escritor ha sido: “No he pensado en suicidarme, pero hubo momentos que deseaba morirme”, añadiendo que ha necesitado tratamiento farmacológico para recuperarse. Seguro que muchas mujeres víctimas de violencia machista han escuchado, incluso en sede judicial, a sus maltratadores decir que el proceso les está causando graves problemas de salud mental (cosa, por cierto, que en estos casos no suele ser cierta). Parte del privilegio masculino consiste en la capacidad para colocar en el centro la subjetividad masculina. Así, la expresión de dolor de un hombre en una situación de conflicto se magnifica dejando en un segundo plano o incluso invisibilizando el dolor de la mujer víctima. 

Y hay otras formas de ocupar el espacio central. A mi juicio, una de las más vergonzosas es la siguiente declaración: “Esto que voy a decir es muy soberbio, pero si alguien tiene empatía con el dolor de Ruth Ortiz fuera de su familia y sus amigos, soy yo, que he convivido tres años con esa idea del monstruo que asesina a sus hijos. Ruth Ortiz, lo digo en 'Desde el odio' [su nuevo libro], es admirable.” No solo es soberbio, es de un nivel de desconocimiento y atrevimiento bochornoso. Recomiendo a Luisgé Martín pasarse por uno de los Encuentros Estatales sobre violencia vicaria y violencia de género institucional que se celebran cada año para saber lo que significa empatizar con las víctimas, para conocer el trabajo incansable de activistas feministas, académicas, juristas, profesionales y madres para acompañar desde todos los lugares posibles a las víctimas de la violencia machista. Me atrevo a asegurar que a ninguna de ellas se le ocurriría entrevistar a un asesino como José Bretón para escribir un libro. Sería bueno que el autor de 'El odio' se preguntase por qué. Pero, para que eso ocurriese, tendría que querer escuchar. No solo a estas compañeras, sino a todas las que llevan siglos describiendo la estructura de dominación patriarcal, la violencia machista, lo cual nos lleva al siguiente elemento constitutivo del privilegio masculino: ignorar el conocimiento de las mujeres y, sobre todo, el de las feministas. 

En su libro 'Las mentiras científicas sobre las mujeres', S. García Dauder y Eulalia Pérez Sedeño muestran las diversas formas de producción de ignorancia científica sobre las mujeres. De las formas que exponen, destaco aquí dos: 

1) “Saber que no se sabe, sin que importe”. Es decir, quienes tienen la posibilidad de iniciar investigaciones o financiarlas deciden no investigar en profundidad sobre el tema en cuestión. Es una decisión de “no saber” tomada desde el privilegio. Por un lado, el autor de El odio, parece no haber investigado en profundidad sobre la forma en que este libro podía contribuir a la revictimización de Ruth Ortiz. Por otro lado, una vez que se ha generado la polémica, parece, por sus declaraciones, que ha decidido no estudiar las bases feministas que fundamentan la oposición a la publicación de su libro. Aunque también es posible que el autor ni siquiera sepa que no sabe de lo que habla, lo que nos lleva a la segunda forma de producción de ignorancia.  

2) “Ni siquiera se sabe que no se sabe”. Se refiere a los puntos ciegos que la estructura de dominación patriarcal genera en quienes investigan (ocurre también, claro está, con el resto de estructuras sociales de dominación). En este caso, puede que esto sea lo que ha sucedido. El escritor ofendido, que ahora hace uso de su “turno de réplica”, tal vez no sea consciente de la enorme laguna de conocimiento que tiene en relación a la violencia machista. Lo cierto es que esta posibilidad, que considero plausible en el caso de la creación y publicación del primer libro, no aplica a su actitud actual. En el tiempo transcurrido entre la polémica por el primer libro y las entrevistas que ahora está realizando, ha tenido la posibilidad de saber, de investigar a partir de las críticas recibidas. Simplemente no ha querido, no le ha importado no saber. Tal vez, si hubiese querido saber, habría entendido por fin eso que tanto le preocupa, el hecho de que la publicación de su libro haya sido criticada sin haberlo leído. 

No hace falta haber leído un libro para cuestionar las condiciones en las que ha sido concebido y publicado, ni para considerar las consecuencias que su publicación puede tener sobre una víctima. La literatura puede y debe explorar las zonas más oscuras de la experiencia humana; también puede intentar comprender a quienes han cometido crímenes terribles. Pero esa libertad no exime de preguntarse por las consecuencias de determinadas decisiones creativas, especialmente cuando afectan directamente a personas que siguen sufriendo los efectos de esos crímenes. La cuestión no es qué puede contar la literatura, sino cómo se cuenta, desde dónde y a costa de quién.

Y es que otra de sus grandes afirmaciones ha sido: “lo que ha ocurrido es muy grave: que un libro se retire por lo que dicen gente que no ha leído el libro y se crea un estado de opinión, que no se deja que los lectores lo lean, forma parte de sociedades prefascistas”.

Lo que forma parte de sociedades prefascistas es la indiferencia ante el dolor ajeno. Lo que caracteriza a una sociedad que va camino de un régimen autoritario y dictatorial es una sociedad civil que no actúa cuando insultan, maltratan o asesinan a sus vecinas. Una sociedad civil que reacciona, que le dice a quien ejerce un daño que no va a tolerar su actitud y que no va a colaborar con él es una sociedad que todavía alberga la esperanza de convertir este mundo desigual en un mundo deseable y habitable.

Cuando se anunció la publicación del libro 'El odio', la asociación de víctimas y supervivientes de violencia machista en la pareja y expareja, Bizitu Elkartea, publicó un pequeño post muy sencillo en el que se decía lo siguiente:

Publicar el libro 'El odio' es colaborar con un asesino machista que quiere seguir haciendo daño a su víctima. La víctima, Ruth Ortiz, se ha pronunciado claramente. No quiere que se publique. Anagrama y Luisgé Martín han decidido revictimizar. Porque yo no colaboro con la violencia machista: no compro 'El odio'; no vendo 'El odio'; no leo 'El odio'.

Este simple mensaje llegó a una de las principales librerías de Bilbao y decidió no venderlo en su librería. Le siguieron otras librerías. Y surgió, gracias a la acción de diferentes asociaciones de todo el estado, un movimiento en redes sociales por parte de numerosas librerías que enviaba el siguiente mensaje: “no en mi librería”. Fue, o quiso ser, un pequeño acto de reparación colectiva. Bizitu y otras muchas decidieron que en el debate público debía haber otras miradas, otras perspectivas de partida, otros marcos de pensamiento. Así es como se manifiesta la sociedad civil organizada: mira, reflexiona, genera una opinión propia y se expresa.

Hay una frase que se repite ya casi como un mantra: todas las personas somos machistas y racistas por educación. Esto ya es un lugar común. Estoy segura de que Luisgé Martín está de acuerdo con esta afirmación. Bien, pues toda la polémica surgida a partir de la publicación de El odio fue una gran oportunidad para el autor y para todos los que se alinearon con él para hacerse responsables de lo que semejante afirmación significa. 

Para un hombre, ser machista por educación significa tener una serie de privilegios que te permiten no mirar hacia determinadas violencias y sufrimientos. Ostentar el privilegio masculino significa no ver aquello que a las mujeres y disidencias de género nos ocurre -nos hacen- por el hecho de ser mujeres y disidentes en sociedades de dominación masculina. Renunciar al privilegio masculino, a cualquier privilegio estructural, es echarte a un lado, escuchar, validar a tus interlocutoras, reflexionar sobre tu forma de actuar y, por supuesto, tratar de situarte respetuosa y generosamente “ante el dolor de los demás”, como diría Susan Sontag.

La antropóloga Deborah Bird Rose, en su precioso libro 'El sueño del perro salvaje', habla de la conectividad, de la necesidad de entender que somos un todo, y define la imprescindible acción de “acercarse” como una “práctica ética que reconoce la existencia de historias de distancia y desastre y, aún así, busca responder al sufrimiento y el gozo de los demás, y a la vida y la muerte de los otros. Ese acercarse, situado en la historia y la relación, busca reparar vínculos, crear mundos hospitalarios para la vida”.

La clave del éxito de las estructuras sociales de dominación es que no seamos conscientes de cómo nosotras mismas las reproducimos, que naturalicemos nuestros privilegios de género, origen y clase (entre otros muchos) y, por lo tanto, que permitamos a otras y nos permitamos a nosotras mismas ejercer violencia de forma más o menos sutil. Desafortunadamente, compartimos el mundo con quienes deciden hacer caso omiso a quienes señalan y desvelan esta realidad y toman la decisión de seguir violentando, convivimos con quienes, como Luisgé Martín, opinan que “El dolor no es la medida de nada. El dolor no puede medirse. Y, además, como escribió Marina Pérezagua, nada aumentará el dolor de Ruth Ortiz, nada lo aliviará”. Afortunadamente, convivimos con muchas personas que deciden acercarse a otras, que deciden mirar, escuchar, cuidar. En ellas nos fijamos, ellas mantienen viva la esperanza.

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Las declaraciones de Luisgé Martín han sido extraídas de las siguientes entrevistas:

Luisgé Martín, después de 'El odio': “Confesar la posibilidad de la compasión fue liberar la jauría”, en 'El Mundo'

Luisgé Martín lamenta “no haber avisado” a Ruth Ortiz, pero dice que no publicar 'El odio' es “de sociedades prefascistas”, en RTVE

Luisgé Martín: “No he pensado en suicidarme, pero hubo momentos que deseaba morirme”, en Cadena Ser