Menopausia: un año más entre los avances y los retrocesos
Llegamos un año más al 18 de octubre, Día Mundial de la Menopausia, y quizá uno de los cambios más significativos sea que ya no podemos decir que de la menopausia no se habla. Se habla. Y cada vez más.
La menopausia ha ido dejando atrás el tabú y la vergüenza que durante tanto tiempo la rodearon de silencio. Poco a poco, las mujeres han empezado a hablar de ella sin tantos reparos, incluso a abordar con humor los cambios que experimentan y a compartir anécdotas allí donde antes apenas había palabras. Ha llegado incluso al 'prime time': vemos a mujeres luciendo abanico ante las cámaras, sin esconder los sofocos, y a mujeres conocidas que hablan abiertamente de los cambios físicos y emocionales, del sueño, de cómo viven su cuerpo y de cómo esta etapa puede influir en el deseo y en sus encuentros eróticos.
Por fin, la menopausia empieza a ocupar el espacio público. Y eso, sin duda, es un avance.
Que una mujer pueda hablar de cómo esta etapa afecta a su vida cotidiana sin sentir que tiene que disculparse por ello no es una cuestión menor. Significa que algunas experiencias que durante décadas se minimizaron o se vivieron en silencio empiezan a tener espacio y reconocimiento. Y también que las mujeres pueden reconocerse en las experiencias de otras, descubrir que no están solas y encontrar palabras para explicar lo que les sucede.
Pero hablar más de menopausia no significa necesariamente comprenderla mejor. Aunque hemos avanzado en visibilidad, siguen existiendo retrocesos que nos recuerdan todo lo que queda por hacer.
Uno de los problemas más preocupantes de este último año ha sido el desabastecimiento de determinados tratamientos hormonales. Detrás de esta situación confluyen factores como el aumento de la demanda, las dificultades de fabricación y la concentración de la producción en un número reducido de laboratorios. Pero, más allá de sus causas, lo importante es que sus consecuencias recaen sobre quienes necesitan estos medicamentos para cuidar su salud y su calidad de vida.
Además, el desabastecimiento no afecta únicamente a mujeres que recurren a la terapia hormonal durante la menopausia. También puede afectar a mujeres con insuficiencia ovárica prematura, a quienes han pasado por una menopausia quirúrgica y a mujeres trans que necesitan determinados tratamientos hormonales como parte de su atención y bienestar. Para algunas de estas últimas, la hormonación puede contribuir a vivir con mayor comodidad en su cuerpo, en consonancia con quiénes son.
Las circunstancias son distintas, pero todas merecen acceder a los tratamientos que necesitan, sin tener que afrontar la incertidumbre que genera su falta de disponibilidad.
Este problema no debería convertirse en el centro de toda la conversación sobre la menopausia, pero tampoco podemos ignorarlo. Porque nos obliga a preguntarnos qué ocurre cuando las necesidades relacionadas con la salud de las mujeres encuentran dificultades de acceso y qué responsabilidad tienen las instituciones y las compañías farmacéuticas a la hora de garantizar un suministro adecuado.
En este contexto cabe hacernos otra pregunta, incómoda pero legítima: ¿la respuesta sería la misma si un desabastecimiento prolongado de algún medicamento afectara de manera mayoritaria a los hombres?
No podemos saberlo, pero lo intuimos. Plantearnos esta posibilidad nos lleva a otro lugar: el lugar que han ocupado históricamente las mujeres en la investigación y en la atención sanitaria.
Durante demasiado tiempo, buena parte de la investigación biomédica ha tomado el cuerpo masculino como referencia. En numerosos estudios, las mujeres estuvieron infrarrepresentadas o fueron excluidas porque sus ciclos hormonales se consideraban una dificultad para interpretar los resultados. En lugar de estudiar siempre esas diferencias, muchas veces se optó por reducir las variables y asumir que los resultados obtenidos en hombres podían aplicarse también a las mujeres.
El problema no es que se investigara el cuerpo masculino, sino que con mucha frecuencia se diera por hecho que sus resultados representaban a todo el mundo.
Hoy sabemos que existen diferencias relevantes, por ejemplo, en la salud cardiovascular, en la manifestación de algunas enfermedades y en la respuesta a determinados tratamientos. Sin embargo, todavía quedan preguntas por responder y diferencias que comprender. Y la menopausia es uno de esos ámbitos en los que necesitamos seguir investigando.
Este mismo año hemos tenido un ejemplo preocupante. La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) tuvo que retirar un informe sobre alimentación y menopausia después de que se señalara que algunas de sus recomendaciones se apoyaban en datos procedentes de estudios realizados exclusivamente en hombres. La agencia anunció que elaboraría un nuevo informe para sustituir al anterior.
No es una cuestión menor: plantea una pregunta de fondo. ¿Cómo vamos a comprender bien lo que les ocurre a las mujeres si, cuando faltan datos específicos sobre ellas, seguimos recurriendo a resultados obtenidos en cuerpos masculinos?
No se trata de construir una ciencia para mujeres frente a otra para hombres. Se trata de comprender que los cuerpos no son idénticos y que esas diferencias importan. Investigar las particularidades de la salud femenina es una condición para conocer mejor la salud humana.
Como ya hemos dicho, en el último tiempo hemos conseguido que la menopausia llegue al 'prime time'. Ahora necesitamos que llegue con la misma fuerza a la investigación científica y a las políticas públicas.
Pero hay algo más que debemos tener en cuenta. La solución tampoco pasa por convertir la menopausia en una enfermedad ni por hacer de ella un mercado en el que cada cambio corporal parezca necesitar un producto, una intervención o una promesa de recuperación.
El climaterio es una etapa de transición entre el periodo reproductivo y el no reproductivo. Puede comenzar años antes de la última menstruación y cada mujer lo experimenta de una manera diferente. Algunas apenas perciben cambios; otras atraviesan síntomas que afectan de forma importante a su descanso, su estado de ánimo, su cuerpo o su sexualidad.
Necesitamos poder hablar de todo ello sin reducir la experiencia a una lista de síntomas y sin dar por hecho que todas las mujeres viven esta etapa de la misma manera.
No se trata solo de conocer qué ocurre en el organismo, sino de encontrar un lugar para esos cambios en nuestra forma de entender el cuerpo y la vida. De disponer de información, de poder expresar dudas, de compartir experiencias y de pedir ayuda cuando sea necesario. De integrar esta etapa sin vivirla necesariamente como una pérdida. Porque aceptar que algo forma parte de la vida no significa resignarse a padecerlo. La pubertad también es una etapa de transformación corporal y emocional, y no por eso dejamos a quienes la atraviesan sin información, acompañamiento o atención cuando surgen dificultades.
Con la menopausia debería ocurrir algo parecido: comprenderla sin patologizarla, acompañarla sin trivializarla y atender sus dificultades sin convertir toda la experiencia en un problema que haya que solucionar. Reconocerla como una etapa más de la vida, con sus cambios y sus posibles dificultades, pero también con la posibilidad de descubrir otras formas de habitar el cuerpo y relacionarnos con nosotras mismas y con los demás.
Con la menopausia debería ocurrir algo parecido: comprenderla sin patologizarla, acompañarla sin trivializarla y atender sus dificultades sin convertir toda la experiencia en un problema que haya que solucionar
Y aquí aparece una cuestión que, desde la sexología, me parece fundamental: la menopausia no sucede fuera de las relaciones. Sucede en cuerpos que conviven, se acompañan, se desean, comparten rutinas y construyen vínculos.
Por eso, la información no puede dirigirse únicamente a las mujeres que atraviesan esta etapa. También tiene que llegar a sus parejas, a sus familias y a las personas con las que comparten su vida. Porque convivir con alguien no significa necesariamente comprender lo que le sucede, y el desconocimiento puede dar lugar a interpretaciones equivocadas, distancias o desencuentros.
Es cierto que compartir una experiencia corporal puede facilitar la comprensión de determinados cambios. Pero no necesitamos experimentar lo mismo para acercarnos a la vivencia de otra persona. Necesitamos información, escucha y disposición para comprender. La empatía no exige haber pasado por lo mismo, sino reconocer que lo que le ocurre a la otra persona es real, aunque no podamos sentirlo en nuestra propia piel.
Y esto importa en las relaciones de cualquier orientación, así como en los vínculos familiares. No se trata de que todo el mundo tenga que vivir la menopausia para entenderla, sino de que nadie tenga que atravesarla sintiendo que debe explicarse constantemente o gestionar en soledad todo lo que va cambiando.
Quizá ese sea uno de los grandes retos que todavía tenemos por delante. Hemos empezado a hablar de menopausia, pero necesitamos ampliar la conversación: salir de la consulta, de las redes sociales y de los programas de televisión para que llegue también a las casas, a las relaciones y a la manera en que entendemos el paso del tiempo.
La menopausia nos sitúa ante preguntas que van más allá de las hormonas. Nos habla de nuestra relación con el tiempo, con la identidad y con los cuerpos que cambian. También nos obliga a preguntarnos qué valor damos a las mujeres cuando envejecen y si somos capaces de reconocerlas sin exigirles que permanezcan siempre jóvenes, disponibles, deseantes o iguales a quienes fueron.
Quizá una parte importante de lo que tenemos pendiente sea precisamente esa: dejar de mirar cada cambio corporal como algo que hay que corregir y empezar a preguntarnos qué necesita cada mujer para vivirlo de la mejor manera posible. A veces será información; otras, atención sanitaria, tratamiento, acompañamiento o, sencillamente, un espacio donde poder hablar sin sentirse juzgada.
Este 18 de octubre, celebremos que la menopausia se nombre, que haya llegado a las conversaciones públicas y que cada vez más mujeres puedan hablar de ella sin vergüenza. Pero no confundamos haber roto el silencio con haber terminado el trabajo.
Esperemos que esta apertura no se quede solo en las palabras. Que se traduzca en más conocimiento, mejores respuestas sanitarias y decisiones que tengan en cuenta la experiencia de las mujeres. Que la menopausia pueda vivirse sin tener que ocultar lo que se siente, justificar las propias necesidades ni responder a la exigencia de seguir siendo la misma mujer de siempre. Porque cambiar también forma parte de la vida, y ninguna mujer debería sentir que tiene que disculparse por ello.