Perder
La publicidad engañosa, es decir, la chispa de la vida que ya sabes que no te la proporciona ninguna bebida energética, los coches que no te conducen al paraíso terrenal sino al atasco nuestro de cada día o los detergentes que no te arrancan de la ropa las manchas de los días tristes, nos ha terminado convirtiendo en ciudadanos recelosos, escépticos, descreídos. Nada en lo que creer. Este es el drama de nuestra sociedad. Nada en lo que creer.
No solo porque ya no hay noticia que nos dure más allá de un telediario, sino porque tenemos la ligera sospecha de que, en mayor o en menor medida, todos mienten. Mienten los influencers y mienten los medios de comunicación. Mienten los narcotraficantes que se postulan para la presidencia del país y mienten los sumarios judiciales que les exculpan. Miente el dependiente del supermercado y miente la vecina que nos recita el parte meteorológico en el ascensor. Mienten los analistas bursátiles, los sacerdotes, la cantante de moda, los jugadores de fútbol, los poetas de provincia, los jueces del Supremo y hasta las personas con las que compartimos pan y cebolla, cama, hijos, aburrimiento, albúm de fotografías y lánguidas tardes de sofá, palomitas, memoria distraída y el habitual encadenamiento de serie televisiva tras serie televisiva.
En este tiempo en el que hemos sustituido de nuestras creencias al silencioso dios medieval por el algoritmo, todo lo que sucede, si es que realmente sucede, apenas dura un instante, un suspiro, un breve fogonazo de luz, de modo que no hacemos más que resbalar por la superficie de las cosas sin enterarnos bien de lo que realmente sucede...
El mundo, además de una porquería que dijera Enrique Santos Discépolo, también es una farsa, donde los muchos farsantes que nos gobiernan nos cuelan sus mentiras, bien contadas, eso sí, bien perfumadas y bien empaquetadas, lo mismo que hacen los publicitarios que tratan de vendernos desodorantes, lavadoras o vacaciones en paisajes plastificados, pero así lo hemos aceptado porque, en nuestro recelo, ya nada nos desconcierta tanto como la verdad.
Nada permanece el tiempo suficiente en nuestras vidas como para adquirir la suprema categoría de verdad. Salvo, tal vez, la certeza de que vivir es perder. La certeza de que todo envejecimiento conlleva una enorme cantidad de pérdidas. La sabiduría consiste en aceptarlo sin que ello te amargue el carácter, te convierta en un cascarrabias o termine manchándote el espíritu con la sombra negra del resentimiento. Lo saludable es aceptar las pérdidas que toda vida conlleva y aun así partirte el pecho de risa tomando un vermú en la terraza de un mediodía primaveral en compañía de alguien a quien estimas más que a tu dinero o a tu cuenta en Instagram...