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Del malecón de Zarautz a microplásticos en Zumaia: los 15 puntos críticos de la crisis climática en la costa vasca

La playa de Zarautz, la más extensa de la costa vasca con 2.100 metros de longitud, se enfrenta a desafíos significativos debido al aumento del nivel del mar y la intensidad del oleaje. Cada vez son más frecuentes los eventos extremos que provocan destrozos. Por ello, el malecón de Zarautz, en Gipuzkoa, es considerado uno de los paseos costeros “con mayor nivel de riesgo estructural” según recoge el informe 'Euskadi, un litoral en la encrucijada de la presión y la adaptación' realizado por Greenpeace. Esto ocurre debido a que bloquea la dinámica de sedimentación natural, provocando la pérdida sistemática de arena y aumentando el impacto de los temporales en el casco urbano. “El proyecto de remodelación del paseo, con un coste de 1,5 millones de euros ha salido a proceso de licitación, y contempla adecuación de accesos, muros y elevación del paseo como resiliencia costera”, aclara el documento, que critica que, esas obras suponen “continuar con el hormigón en un arenal que podría perder hasta el 30% de su superficie en 2050”. “Cuando las olas golpean un muro de hormigón, la energía no se absorbe; rebota con fuerza llevándose más arena”, detalla.

El de Zarautz es uno de los 15 puntos críticos de las crisis climática en la costa vasca según la organización ecologista. “La costa vasca, caracterizada por su compleja geomorfología con acantilados y estuarios de alto valor ecológico sometidos a una dinámica marina de alta energía con mareas que superan los 4,80 metros, sufre una intensa presión antrópica debido a que el 32% de su población se concentra en tan solo el 18% del territorio. Esta asimetría espacial fomenta la acelerada artificialización del suelo y genera graves conflictos de usos que reducen notablemente la resiliencia de los ecosistemas costeros, agravando su vulnerabilidad frente a las amenazas del cambio climático como el ascenso sostenido del nivel del mar y el incremento en la severidad de los temporales invernales”, indica el documento.

“Quienes señalan a la Ley de Costas como una sentencia de muerte para los municipios, deben comprender que la verdadera sentencia se firmó el día que decidimos erróneamente que el cemento era más fuerte que el oleaje. Era otro tiempo. Es urgente entender que aferrarse a una costa que ya no existe no es proteger la economía, es financiar un naufragio anunciado”, declara María José Caballero, responsable de la campaña de Costas de Greenpeace.

Las borrascas invernales que han tenido lugar este año han impactado sobre las infraestructuras de la costa vasca cuyos costes de reparación han supuesto 4 millones de euros repartidos entre el río Estepona en Bakio, con un coste de 450.000 euros; la playa de Itzurun en Zumaia; el paseo marítimo de Gorliz; la playa de Atxabiribil en Sopela y la playa de Ondarreta en Donosti (con un coste de reparación de 2,5 millones de euros). Y, como punto crítico destaca el gasto de 1,5 millones de euros en la remodelación del malecón de Zarautz.

Según los datos del proyecto Kostaegoki de análisis de vulnerabilidad y riesgo en el litoral vasco, la inacción en el caso concreto de Zarautz supondría, en términos absolutos, que la playa perdiera unos 21.000 m2 en 2050, y entre 40.000 y 57.000 m2 hasta el año 2100. “En términos relativos, se encontraría entre las 10 primeras playas afectadas, pudiendo perder un 30% de su superficie a 2050, y entre un 65% y un 90% en 2100. En paralelo, los escenarios climáticos previstos estiman que en 2050 podrían verse afectadas 4 hectáreas de suelo residencial, superficie de afección que aumentaría en el año 2100 hasta alcanzar entre 5 y 7 hectáreas, lo que supone un 2%, 3% y 4% respectivamente de la superficie residencial total. La evolución del arenal como consecuencia de los efectos del cambio climático se traduce en potenciales impactos económicos por falta de uso recreativo, pero lo más importante, su retroceso se traduce en una mayor desprotección de las estructuras y edificaciones en esta franja costera. Eliminar infraestructuras que ocupan la playa permitirá una distribución más natural de la arena en los espacios intervenidos, consiguiéndose así una mayor protección de los elementos construidos en primera línea de playa”, explicaron desde el Gobierno vasco al anunciar los proyectos de adecuación del malecón de Zarautz.

Otro de los puntos negros ambientales se produce en Zumaia. “La contaminación por plásticos representa una de las agresiones químicas y físicas más persistentes sobre la biota. La playa de Itzurun (Zumaia) sufre de manera recurrente una densa acumulación de microplásticos debido a la hidrodinámica local y a corrientes del oeste”, recoge la investigación de Greenpeace.

Cerca de allí, en Getaria las jaulas de engorde de atún rojo “alteran los fondos marinos locales”. Además, la investigación sostiene que “el calentamiento de las aguas cantábricas está provocando impactos en las especies pesqueras”. “Ya se ha documentado la disminución del tamaño de la merluza, el bocarte y peces de fondo por falta de oxígeno. También desplazamientos hacia el norte del verdel, avance en el momento de la puesta de la anchoa y de la migración de los juveniles de bonito”, detalla.

En Bizkaia, los puntos críticos analizados son Mundaka, Laga y el proyecto “Aquacría Basordas”, un parque acuícola para la cría y engorde de lenguado proyecta una inversión de 170 millones de euros en la cala de Basordas (Lemoiz), sobre los terrenos de la antigua central nuclear. Greenpeace ha exigido la retirada de este último proyecto argumentando que la “acuicultura industrial intensiva de especies carnívoras introduce graves desequilibrios como la eutrofización debido al vertido continuo de compuestos orgánicos, desinfectantes, bactericidas y antibióticos contamina el agua y reduce el oxígeno disuelto en la cala; la sobreexplotación de otros caladeros ya que la alimentación de peces carnívoros requiere piensos fabricados con captaciones masivas de peces silvestres, y la incompatibilidad de una macrofactoría privada en un área catalogada como espacio de restauración y mejora ambiental en el Plan Territorial del Litoral”.

En el caso de Mundaka y Laga, en el entorno de la Biosfera de Urdaibai, la mayor afección es, según la organización ecologista, el turismo. “Mundaka, reconocida internacionalmente por la práctica del surf gracias a las singulares propiedades de su ola izquierda (”la Barra“) ejemplifica la gentrificación turística costera. La proliferación masiva de viviendas de uso turístico ha saturado por completo el mercado inmobiliario local, hasta el extremo de que el municipio apenas dispone de vivienda en alquiler que no esté destinada al arrendamiento turístico estacional. Este desplazamiento habitacional erosiona el tejido social e incrementa la demanda estacional de recursos básicos en una zona de alta fragilidad ecológica adyacente a la Reserva de la Biosfera de Urdaibai”, sostiene.

Mientras a los pies del acantilado de Cabo Ogoño, la playa de Laga, en Urdaibai, presenta problemas de renaturalización debido a que se retrasarán los proyectos para mejorar la costa con el objetivo de mantener el parking. “Las presiones de quienes visitan la playa en coche parecen más importantes que la supervivencia misma del arenal”, critica.

A pesar de los puntos críticos, desde Greenpeace también han querido destacar lo positivo para la costa vasca este año: la retirada del proyecto del Museo Guggenheim en Urdaibai y la paralización de las licencias de pesca profesional para la angula. “La mejor noticia para la calidad ecológica del litoral vasco es la retirada del proyecto de las sedes proyectadas del Museo Guggenheim Urdaibai (en Murueta) por su impacto sobre marismas protegidas. En el aspecto positivo, la concesión de licencias de pesca profesional para la angula se han paralizado gracias a los informes de situación de la especie, que se encuentra en peligro crítico y fuera de los límites de seguridad”, sostiene el informe.

Para Greenpeace, la solución pasa por una gestión costera adaptativa basada en “soluciones naturales que prioricen la restauración de la naturaleza frente a hormigón, espigones y diques que agravan la erosión, frenar el ladrillo en zonas inundables y en los últimos tramos libres de la costa, planificar la retirada de viviendas e infraestructuras expuestas, asumiendo que gastar millones en reponer arena artificial es económicamente inviable, gestionar ríos y embalses para que la arena natural vuelva a llegar a las playas y diseñar el futuro de la costa bajo criterios científicos y la participación social, alejándose de los intereses políticos a corto plazo”.