Un techo, un plato y una esperanza
Esta semana, en Madrid, una mujer de 87 años salió de su casa en camilla. Se llama Maricarmen. Entró en ese piso con 17 años, cuando su padre firmó el contrato de alquiler en 1956, y allí vivió 71 años. Allí se hizo mujer, allí despidió a los suyos y allí envejeció. En esas paredes estaba toda su vida.
Tiene una discapacidad y va en silla de ruedas. El ascensor no funcionaba, así que los vecinos la bajaron a pulso por las escaleras. La policía tuvo que echar la puerta abajo con un ariete. Ella salió la última, lo hizo en camilla y camino del hospital.
Pagaba 500 euros de alquiler y la empresa que compró el edificio le pedía más del triple. Su pensión apenas pasa de 1.400 euros. Una mujer se ofreció a pagar la diferencia hasta el final de sus días y la propiedad dijo que no. Tampoco quiso darle quince días más.
Antes de salir, Maricarmen dijo una frase muy sencilla: “He vivido aquí 71 años y no me quiero ir”. Quedémonos un momento con esas palabras: “No me quiero ir”. Es lo que diría vuestra madre, vuestra abuela o la vecina del segundo que os daba caramelos cuando erais pequeños. Es lo que diríais vosotros.
Cuando la vi salir en camilla sentí vergüenza. No por ella, que se comportó con una dignidad enorme, sino por nosotros, por un país que permite que a una mujer de 87 años la saquen de su casa por dinero.
Dos días después, desde el hospital, Maricarmen dijo algo que todavía me estremece: “No he logrado defender mi casa, pero he luchado para que los demás aprendan a luchar por la suya.”
Tiene 87 años, está en una cama de hospital y acaba de perder la casa de toda su vida, y aun así no piensa en ella. Piensa en los demás, en vosotros y en vuestros hijos. Ella ha perdido su casa. Lo que no podemos permitir es perder también la vergüenza, la memoria y la capacidad de indignarnos. Lo que le ha pasado a Maricarmen no ocurre solo en Madrid. Pasa, de muchas formas, en muchas casas, también aquí.
No hay que irse muy lejos. Hace poco me escribió un padre de cinco hijos. Cuatro trabajan y una estudia. Me decía: “El desánimo es general.” Sus hijos tienen treinta años, carrera y un sueldo normal y se gastan todo lo que ganan. Cuando él les pregunta por qué no ahorran, le contestan: “¿Para qué, si nunca voy a poder tener una casa?”
Luego escribió una frase que no se me va de la cabeza: “Se nos está muriendo una generación sin ilusión”. Y me dijo algo más, que os repito tal cual, porque me lo merezco y nos lo merecemos todos los que nos dedicamos a esto: “Los políticos tenéis que dejar de echar balones fuera y arremangaros.”
Tiene razón. Cuando alguien lo está pasando mal, le da igual de quién sea la competencia, si del ayuntamiento, de la Junta o del Gobierno. Lo que quiere saber es si alguien le va a echar una mano y le sobra el “esto no es cosa mía”. Si os duele a vosotros, es cosa mía.
También me dijo que a los que creemos en la justicia social se nos exige más y es verdad. Debe ser así. Quien dice que gobierna para proteger a la gente no puede permitirse mirar hacia otro lado. Cuando pasan cosas que nos hacen preguntarnos si de verdad estamos seguros, si de verdad estamos protegidos, no basta con explicar de quién es la culpa. Hay que evitar que vuelva a pasar y punto.
La desesperanza es el terreno donde crece el odio. Por eso defender la vivienda no es solo defender una casa. Es defender la democracia.
Y quiero decir algo con toda la claridad de la que soy capaz. La desesperanza no es natural, se fabrica. Se fabrica cada vez que un político os mira como un número, cada vez que una administración le pasa la pelota a otra y cada vez que alguien os dice “las cosas son así y no se pueden cambiar”.
No es verdad. Las cosas son como son porque alguien decidió que fueran así y lo que se decidió de una manera se puede decidir de otra.
No voy a prometeros el cielo. Ya habéis oído demasiadas promesas y sabéis lo que valen cuando se las lleva el viento de la campaña siguiente. Vengo a deciros tres cosas que sí dependen de mí.
La primera es que voy a responder. Si me escribís, os contestaré. Si me paráis por la calle, me pararé. Y si no tengo una solución, os lo diré a la cara en lugar de esconderme detrás de un papel.
La segunda es que no voy a echar balones fuera. Cuando algo no dependa de mí, no os diré “eso no me toca”. Os diré “vamos juntos a llamar a esa puerta” y la llamaré con vosotros las veces que haga falta.
La tercera es que voy a llamar a las cosas por su nombre. La vivienda es un derecho. Un hogar no es un activo financiero, es el sitio donde una mujer de 87 años quiere terminar sus días en paz.
Por eso, esta tarde quiero hablar a algunas personas concretas.
A las Maricármenes de Extremadura, a las mujeres mayores que viven solas y temen que llegue una carta que no quieren abrir. No estáis solas.
A la cuidadora que no ha tenido un día libre en años. Te veo y lo que haces tiene un valor que ningún sueldo paga.
Al chaval de Aldea Moret, de San Fernando o del pueblo más pequeño de la región, que piensa que nadie sabe su nombre. Tu vida importa tanto como la de cualquiera que viva en un barrio bien.
A la señora que no sabe pedir cita por internet y a la que le da vergüenza preguntar. La vergüenza no es tuya, es de un sistema que se olvidó de ti. Tú levantaste este país.
Al maestro de la escuela rural que mantiene vivo un pueblo con seis alumnos y a la médica que conoce a cada familia por su nombre: Sois la prueba de que lo público es lo que nos une.
A los que llegaron de fuera a recoger la fruta, a cuidar a nuestros mayores o a abrir la tienda de la esquina. Sois vecinos y esta tierra también es vuestra.
Al que se fue y quiere volver. Te esperamos y vamos a trabajar para que haya un sitio para ti.
Y a los jóvenes que ya no creen en nada. Solo os digo una cosa: os entiendo. Tenéis motivos. Pero no le regaléis vuestra rabia a quienes odian la libertad. Os la pido para construir.
En la puerta de Maricarmen, cientos de personas pasaron la noche al raso y gritaron “Maricarmen, no estás sola”. No la conocían y le dieron su noche. Eso es lo que somos cuando somos lo mejor de nosotros mismos. Yo me comprometo a eso, a dar lo mejor de mí por vosotros, para vosotras, para nuestros hijos e hijas.