Un futuro cosido a medida: la historia de un joven de Logroño que se atrevió a emprender solo
A los 28 años, Álvaro Martínez ya sabe lo que significa apostar por uno mismo, y que tener un negocio propio no es únicamente elegir tus horarios, tomar tus decisiones o trabajar en aquello que te gusta, sino que detrás de su atelier hay jornadas que comienzan a las ocho de la mañana, viajes a Milán y París, grandes inversiones y una incertidumbre que acompaña a cada nueva colección.
Su camino hasta llegar a la moda no fue directo. “Cuando terminé Bachillerato me fui a estudiar a Pamplona, pero no era lo mío”, recuerda. Durante tres años estudió una formación relacionada con las finanzas, hasta que llegó el momento de realizar las prácticas y comprendió que aquel no era el camino que quería seguir. “Me vine a Logroño un poco perdido porque no sabía qué hacer”.
La moda siempre había estado presente en su vida, aunque entonces no sabía cómo convertir aquella afición en una profesión. “Me había encantado siempre la moda, pero como consumidor. Estaba todo el día leyendo revistas como Vogue, y me encantaba, pero no sabía cómo dedicarme a ella”. La respuesta llegó cuando decidió estudiar Diseño de Moda. “Empecé y me encantó. La terminé y estuve haciendo prácticas en Silvia Fernández, un atelier de novias de León”. Durante esa etapa también participó en proyectos relacionados con Cristóbal Balenciaga y el Museo Balenciaga de Getaria.
Para entonces, Álvaro ya tenía claro que, si algún día trabajaba en la moda, quería hacerlo por su cuenta. “Desde segundo año de carrera ya sabía que si hacía algo quería que fuese algo mío”, explica. Por eso, cuando entregó el Trabajo de Fin de Grado, no esperó demasiado. “Fue entregar el TFG, y ponerme a buscar locales”.
Volver para crear algo que no existía
Su vuelta a Logroño estuvo ligada a una necesidad que había detectado durante los años que estuvo fuera. “Yo siempre he sido muy de aquí y, cuando estuve fuera, me di cuenta de que en Logroño no había una tienda multimarca en la que te pudieras hacer cosas a medida”, cuenta. Fue en ese momento cuando vio en esa carencia una oportunidad para poner en marcha su propio proyecto en la ciudad.
“La idea salió de ahí, de que yo veía que a mi alrededor algo fallaba porque todo el mundo se iba fuera. Y, además, como siempre he sido muy de aquí, dije: ya está, en Logroño”. Así nació su proyecto. Un negocio que comenzó con una idea clara, pero cuya realidad pronto le enseñó todo lo que implica convertirse en autónomo.
“Es una locura hacerte autónomo con esta edad”, reconoce. “No eres consciente de lo que es hasta que no te pones y lo vives”. Hablaba de impuestos, gastos y de la responsabilidad económica que supone mantener un negocio. “Es muy duro meterte todos los días en la cama pensando que estás trabajando para pagar, y pagar y pagar”.
A pesar de ello, asegura que desde que abrió las puertas del atelier la respuesta ha sido positiva. Su clientela no es únicamente de Logroño, sino que recibe personas de Zaragoza, Pamplona, Barcelona... que se desplazan hasta la capital riojana para acudir a su tienda. “A mí eso me llena, porque pienso: está viniendo gente de otras ciudades a pasar el día a Logroño nada más que para venir a mi tienda. Eso es brutal”, reconoce.
Pero incluso cuando el negocio funciona, hay momentos de incertidumbre. Para Álvaro, llegan especialmente cuando toca comprar las nuevas colecciones. Dos veces al año viaja a Milán y a París para seleccionar las prendas que llegarán posteriormente a su tienda. “Sales habiéndote gastado un auténtico dineral, una fortuna, que no vas a ver hasta un año después”, explica. “Estos días son criminales porque sales diciendo: madre mía, a ver si he acertado con lo que he comprado”.
Las horas que no se ven
Entrar en el atelier y ver las prendas terminadas es solo el resultado de un gran trabajo interno. Detrás de cada vestido hay horas de taller, búsqueda de tejidos, viajes y un equipo imprescindible para que cada pieza salga adelante. Álvaro cuenta con tres modistas y “sin ellas esto no sería nada”, reconoce.
Tampoco se ve todo el tiempo que Álvaro dedica al negocio. Su jornada comienza a las 8:00 en el taller, antes de abrir la tienda a las 10:00. A las 13:30 vuelve al taller y por la tarde regresa de nuevo al establecimiento. Un ritmo que, reconoce, ha terminado condicionando su vida fuera del trabajo. “He sacrificado mi vida personal”, admite.
Emprender también le ha hecho descubrir que no todas las personas permanecen en el camino. “Hay mucha gente que se queda por el camino, que al principio iba contigo a muerte y que luego, cuando te empieza a ir bien, deja de apoyarte”, cuenta. Son cambios que forman parte de una trayectoria que, para Álvaro, ha exigido mucho más que abrir una tienda: también aprender a asumir el esfuerzo, la incertidumbre y los sacrificios que hay detrás de construir algo propio.
“Lo haría al 100%”
A pesar de las dificultades, hay algo que Álvaro tiene claro. Lo que más disfruta de su trabajo no son únicamente las prendas o el reconocimiento profesional, sino las personas que hay detrás de ellas. “Lo que más disfruto es el tiempo que paso con vosotras, que vengáis, que me digáis lo guapas que habéis estado, que me pidáis cosas y la confianza que depositáis en mí”, explica.
Aquel joven que regresó a Logroño sin saber muy bien qué hacer después de abandonar los estudios relacionados con las finanzas ha terminado construyendo una marca propia en la ciudad. Lo hizo prácticamente desde el primer momento en que descubrió que la moda era lo suyo y sin esperar a tener todas las certezas. Ahora cuando mira hacia atrás, no cambiaría la decisión. “Si mañana tuviese que volver a tomar esta decisión, lo haría al 100%. A pesar de todas las trabas, lo haría”.