¿Quién decide por tu ciudad?

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Hay noticias que, cuando coinciden en el tiempo, invitan inevitablemente a hacer comparaciones. Mientras el PSOE celebraba unas primarias para elegir a su candidata en Madrid, el Partido Popular hacía justo lo contrario: era Alberto Núñez Feijóo quien designaba directamente a los candidatos de las principales capitales españolas. Entre ellos, al alcalde de Logroño, Conrado Escobar, que no ocultó su satisfacción y llegó incluso a reivindicar con orgullo que su candidatura respondía a la confianza depositada en él por Alberto Núñez Feijóo.

Dos sistemas. Dos concepciones distintas del liderazgo. Dos respuestas diferentes a una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿quién debe decidir el aspirante a gobernar nuestra ciudad?

No cabe duda de que el modelo de designación directa tiene ventajas evidentes, porque evita campañas internas, reduce tensiones, impide enfrentamientos entre compañeros y proyecta una imagen de unidad que resulta mucho más cómoda para cualquier organización. Conrado Escobar se irá a la playa con la tranquilidad de saber que nadie, de momento, le va a mover la silla dentro de su partido, pero nunca tendrá la seguridad de que su candidatura es la que realmente quieren sus compañeros de Logroño.

Las primarias, por el contrario, obligan a confrontar proyectos y liderazgos, generan vencedores y vencidos y, si no se gestionan con inteligencia, pueden dejar heridas difíciles de cerrar. Nadie que haya vivido un proceso interno puede negar esa realidad.

Pero el verdadero debate no consiste en saber qué sistema provoca menos problemas dentro de un partido. La cuestión verdaderamente importante es quién tiene el derecho de tomar esa decisión. Porque ningún procedimiento garantiza la elección del mejor candidato. Ni unas primarias aseguran que quien las gana será el mejor alcalde posible, ni la designación desde la dirección nacional garantiza que el elegido sea quien mejor conoce los problemas de su ciudad o quien mayor capacidad tenga para resolverlos. Ambos sistemas pueden equivocarse. La diferencia está en quién asume esa responsabilidad.

Cuando un partido celebra unas primarias, la decisión pertenece a cientos o miles de militantes. Personas que viven en esa ciudad, que conocen a los candidatos, que han compartido con ellos años de trabajo político y que, con mayor o menor acierto, expresan colectivamente cuál consideran la mejor opción en ese momento. Puede gustarnos más o menos el resultado, pero la decisión nace de un proceso participativo en el que muchas personas aportan su criterio.

En cambio, cuando el candidato es designado directamente por el líder nacional del partido, toda esa responsabilidad queda concentrada en una sola persona. Eso no es malo, en sí mismo porque ese dirigente carezca de criterio ni de experiencia, sino porque resulta evidente que ningún líder nacional puede conocer con la misma profundidad la realidad cotidiana de todas y cada una de las ciudades de España. Su decisión estará inevitablemente condicionada por la información que recibe, por las relaciones personales construidas dentro del partido y por la confianza que le inspiran quienes aspiran a representar a la organización. Y eso cambia completamente la naturaleza del proceso.

Se suele decir que las primarias favorecen al aparato y, en ocasiones es cierto. Las estructuras internas pesan, las trayectorias cuentan y las relaciones personales influyen. Sería ingenuo negarlo. Pero incluso cuando eso ocurre, el llamado aparato sigue estando formado por cientos o miles de personas que, finalmente, depositan una papeleta en una urna. Existe debate, existe confrontación de ideas y existe una decisión colectiva.

En una designación directa sucede algo muy distinto. El aparato deja de ser un sujeto colectivo para concentrarse en una sola voluntad. El éxito del aspirante depende mucho menos de su capacidad para convencer a quienes mejor conocen la realidad de su ciudad y mucho más de su habilidad para generar confianza en un reducido círculo donde realmente se toman las decisiones. El centro de gravedad deja de estar en la ciudad para trasladarse a los despachos.

En este tiempo que vivimos, en el que las redes sociales parecen haber alterado nuestra percepción de la política, da la impresión de que quien domina la conversación digital dispone también del respaldo mayoritario de la ciudadanía. Y la experiencia demuestra que no siempre es así.

Las redes amplifican el entusiasmo de quienes ya están convencidos, magnifican el eco de los apoyos y también el de las críticas, pero rara vez reflejan el silencio de la inmensa mayoría. Las primarias del PSOE de Madrid lo han vuelto a demostrar. La conversación digital apuntaba en una dirección y las urnas acabaron señalando otra muy distinta.

La democracia, por tanto, no consiste en acumular seguidores, ni en convertir un nombre en tendencia, ni siquiera en despertar la mayor ilusión durante unas semanas. La democracia consiste, sencillamente, en aceptar que las decisiones pertenecen a quienes tienen derecho a tomarlas, aunque el resultado no coincida con nuestras expectativas. Quizá esta sea otra de las enseñanzas de estos procesos. Todos pensamos que la democracia funciona de maravilla... mientras nos da la razón. El problema aparece cuando no lo hace. Entonces empiezan las excusas: que si el aparato, que si las maniobras, que si las redes, que si la campaña... Nos cuesta mucho aceptar una explicación mucho más sencilla: la mayoría ha decidido otra cosa.

Porque cualquiera sabe ganar. Lo que de verdad tiene mérito es perder sin dejar de respetar las reglas. Porque ganar exige inteligencia pero perder exige grandeza. Y las primarias solo fortalecen a una organización cuando quienes ganan entienden que su victoria no les autoriza a excluir a nadie y cuando quienes pierden comprenden que una votación no cuestiona su compromiso ni su lugar dentro del proyecto colectivo. La democracia no termina cuando se abren las urnas; empieza precisamente cuando se conocen los resultados.

Por eso sigo pensando que, con todos sus defectos, las primarias representan un avance democrático. No porque siempre elijan al mejor candidato. Tampoco porque eliminen los equilibrios internos, las influencias o el peso de las estructuras, porque es evidente que los seres humanos llevamos nuestras virtudes y nuestras debilidades a cualquier sistema de elección. Las primarias no hacen milagros, pero obligan a compartir la decisión, obligan a convencer, obligan a someter el liderazgo al juicio de quienes forman parte de una organización.

La designación directa puede ser más cómoda. Probablemente también más rápida. Incluso puede evitar conflictos que nadie desea. Pero cuando el futuro de una ciudad depende, en última instancia, del criterio de una sola persona, la democracia interna deja paso a otra lógica muy distinta: la del nombramiento, algo que recuerda demasiado a tiempos pasados.

Quien aspira a gobernar una ciudad debería empezar demostrando que sabe convencer a quienes mejor la conocen, no únicamente a quien tiene el poder de nombrarle.

Al fin y al cabo, la verdadera diferencia está en quién tiene el derecho a equivocarse. Y, sinceramente, sigo prefiriendo que esa responsabilidad recaiga en cientos de personas antes que en una sola.