En 1921 logró, sin brújula ni mapa y con solo 25 años, ser la primera mujer en cruzar en avioneta los Andes
El uno de abril de 1921, cuando los primeros rayos del sol aún no asomaban sobre la ciudad argentina de Mendoza, una joven aviadora francesa de 25 años se disponía a desafiar las leyes de la física y los prejuicios de su época. Desde la pista del aeródromo Los Tamarindos, Adrienne Bolland inició el ascenso a bordo de un frágil biplano Caudron G.3 fabricado con madera y tela, equipado con un modesto motor Le Rhône de 80 caballos de fuerza. Sin contar con mapas topográficos de la zona ni instrumentos de navegación como brújula o compás, la intrépida piloto asumió la travesía más arriesgada de la aviación continental. Su objetivo era convertirse en la primera mujer en cruzar volando la imponente cordillera de los Andes con rumbo a Chile.
Nacida en 1895 en Arcueil, Francia, Adrienne Bolland fue la menor de siete hermanos y heredó de su padre una pasión incontenible por la aventura. Obtuvo su certificado de piloto aviador en 1920 tras una rápida formación en la escuela de Le Crotoy, ganándose pronto el apodo de La Leona por su carácter indomable. Su incorporación a la Sociedad de Aviones Caudron ocurrió tras aceptar un desafío del propio fundador de la empresa, quien prometió entregarle un aparato si lograba ejecutar un complejo loop acrobático. Bolland realizó la maniobra con impecable precisión y poco después se convirtió en la segunda mujer en atravesar el canal de la Mancha. Estas hazañas la convirtieron en una aviadora célebre.
A comienzos de 1921, Bolland desembarcó en Buenos Aires a bordo del vapor Víctor Manuel acompañada por su mecánico René Duperrier para realizar exhibiciones aéreas en América del Sur. Sus demostraciones acrobáticas en el hipódromo de Palermo capturaron la admiración del público argentino, e incluso donó la recaudación de un vuelo en beneficio de las víctimas de un terremoto en Cuyo. Durante su estancia en la capital argentina batió un récord femenino de altitud y comenzó a planificar el cruce de las altas cumbres andinas. Aunque diversos sectores consideraban descabellado intentar la travesía con una máquina de escasa potencia, la joven sostuvo su determinación. Con dos biplanos desde Francia, preparó cada detalle de la misión.
La preparación logística en territorio mendocino exigió soluciones ingeniosas ante la falta de tecnología moderna y la ausencia de calefacción en la cabina abierta. El avión fue transportado en ferrocarril hasta Mendoza, donde el equipo revisó cada componente mecánico para resistir altitudes superiores a 4.000 metros y temperaturas extremas. Para protegerse del frío polar, Bolland untó su cuerpo con grasa de lanolina y vistió varias capas de ropa que incluyeron papel de periódico rodeando su torso, un kimono de seda y un mameluco de algodón. Careciendo de oxígeno suplementario, llevó cebollas crudas para masticar durante el vuelo, aprovechando sus propiedades vasodilatadoras contra la hipoxia.
Un primer intento realizado el 31 de marzo debió ser abortado a los pocos minutos debido al excesivo peso del combustible y a las corrientes de aire desfavorables que amenazaban la estabilidad de la aeronave. Al día siguiente, en la madrugada del primero de abril, el mecánico Duperrier la despertó con la noticia de que el cielo se encontraba despejado. Decenas de espectadores se congregaron en el aeródromo para presenciar el despegue, mientras que un telegrama enviado a Chile alertaba a las autoridades militares sobre la partida de la aviadora. A las 6.35 de la mañana, la frágil aeronave tomó impulso en la pista y comenzó a elevarse en círculos sobre el valle. La piloto ganó altitud antes de poner rumbo a Uspallata.
A lo largo del trayecto sobre el macizo andino, la temperatura descendió hasta 26 grados bajo cero, congelando los mandos del biplano y provocando el entumecimiento de los brazos de la aviadora. Volando a una velocidad promedio de 50 kilómetros por hora y rozando paredes rocosas, la piloto debió luchar contra vientos turbulentos y la falta de aire respirable cerca del cerro Aconcagua. Un momento crítico ocurrió al encontrarse frente a una densa muralla de nubes que amenazaba con bloquear su paso hacia el sector chileno. Siguiendo el consejo de una mujer en Buenos Aires, Bolland divisó una pequeña abertura entre la niebla y giró hacia la izquierda para atravesar el paso de La Cumbre. La maniobra le permitió superar el obstáculo y comenzar el descenso.
Aplaudida y reconocida
Después de cuatro horas y quince minutos de vuelo ininterrumpido y habiendo sufrido la rotura de sus antiparras en la fase final, el Caudron G.3 tocó tierra en el aeródromo militar de El Bosque en Santiago de Chile. Una multitud entusiasta acompañada por autoridades militares y la banda del Regimiento Ferrocarrileros la recibió entre vítores, aplausos e interpretaciones del himno nacional y La Marsellesa. Debido al intenso congelamiento y al cansancio acumulado tras la epopeya, la joven no podía sostenerse. El cruce directo entre Mendoza y la capital chilena constituyó un hito histórico para la aviación mundial. Bolland fue aclamada por su coraje y por ser la primera mujer en conquistar los Andes.
Tras la hazaña, el presidente chileno Arturo Alessandri la recibió y la condecoró con honores oficiales por su valentía e impacto en el progreso aeronáutico. Al regresar a Argentina en el Ferrocarril Trasandino, la piloto fue ovacionada por cientos de miles de personas que se agolparon en la estación de Retiro para homenajear a La Diosa de los Andes. En los años posteriores, Adrienne Bolland continuó acumulando reconocimientos, estableció marcas de acrobacia aérea en Francia y fue distinguida con la Legión de Honor. Durante la Segunda Guerra Mundial, integró junto a su esposo la resistencia francesa realizando misiones encubiertas de reconocimiento aéreo. Su legado perdura como un símbolo universal de determinación para las mujeres en la aviación.
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