Pionera y valiente, lideró una de las travesías más largas del siglo XVI y es considerada la primera mujer almirante de la Armada española

El 11 de febrero de 1596, ella y los supervivientes arribaron a Manila logrando lo que parecía imposible: cruzar el Pacífico en las condiciones más deplorables y extremas

Alberto Gómez

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Rompió los moldes del siglo XVI al convertirse en la primera mujer almirante de la Armada española. En una era dominada por hombres, lideró con determinación una de las travesías navales más extensas y complejas registradas durante el auge del imperio español. Y es que la vida de Isabel Barreto de Castro estuvo marcada por la valentía frente a lo desconocido y un liderazgo que desafió las convenciones sociales de su tiempo. Mujer pionera en los mares del Sur, su nombre resuena hoy como un símbolo de coraje absoluto, tras comandar expediciones por territorios indómitos, logrando hitos que muchos navegantes veteranos consideraban imposibles para la época. Su legado perdura como un testimonio de la capacidad femenina en la historia de la navegación mundial. 

Hija de una familia acomodada de comerciantes, Nuño Rodríguez de Barreto y Mariana de Castro, creció rodeada de historias coloniales. En 1585 contrajo matrimonio con el célebre navegante Álvaro de Mendaña, descubridor de las Islas Salomón y las Marquesas. Este vínculo fue el catalizador que la lanzó a una vida de exploración en el vasto océano Pacífico. Juntos planearon el regreso a las tierras descubiertas por Mendaña para establecer nuevas colonias estables. Su educación privilegiada le permitió asumir roles de poder que estaban vedados para otras mujeres contemporáneas. El matrimonio representó el inicio de una aventura que la llevaría a cruzar fronteras físicas y sociales.

La expedición de 1595 no habría sido posible sin la decidida aportación financiera de Isabel, quien entregó su dote: Cerca de 40.000 ducados fueron destinados a fletar cuatro naves para buscar las míticas riquezas del rey Salomón. El 9 de abril de aquel año, la flota zarpó del puerto del Callao con más de 400 personas. El objetivo principal era encontrar y colonizar las Islas Salomón, un territorio rodeado de leyendas sobre oro. A bordo viajaban familias enteras, incluyendo a casi cien mujeres, con la esperanza de fundar ciudades nuevas. La travesía comenzó con grandes expectativas, pero pronto se vería empañada por la escasez de suministros básicos. Isabel demostró desde el inicio una ambición y valentía que la hacían destacar entre la tripulación. El esfuerzo económico recayó en gran medida sobre los hombros de la pareja de exploradores.

Aunque su figura fue relegada al olvido durante siglos, hoy es recordada como una pionera valiente, una mujer adelantada de los mares del Sur, de carácter indómito y estratega

Los primeros meses de navegación por aguas desconocidas pusieron a prueba la resistencia física de toda la flota. La falta de víveres, el agua corrompida y las enfermedades tropicales se convirtieron en enemigos constantes del viaje. En julio de 1595 avistaron por fin un archipiélago que bautizaron como las Islas Marquesas en su honor. Sin embargo, no eran las tierras que Mendaña buscaba, lo que incrementó el descontento de los marineros. Continuaron navegando hacia el oeste, enfrentándose a tormentas y a la incertidumbre de no hallar un destino. La tensión a bordo crecía mientras los instrumentos de navegación de la época fallaban en localizarlas. La vida en los barcos se hacía insoportable debido a las duras condiciones de salubridad e higiene. Isabel mantuvo su determinación a pesar de las penurias que comenzaban a diezmar a los pasajeros.

En septiembre, la expedición alcanzó la isla de Santa Cruz, pero la tragedia golpeó duramente al grupo. Una epidemia, posiblemente de malaria, y los enfrentamientos con los nativos locales mermaron a los supervivientes. El propio Álvaro de Mendaña cayó enfermo y, antes de fallecer el 18 de octubre, tomó una decisión: nombró a su esposa Isabel como heredera universal, gobernadora de las islas y adelantada de la expedición. Tras la muerte de su marido y de su hermano Lorenzo, Barreto asumió el mando absoluto. Se convirtió así en la primera mujer con rango de almirante, enfrentando un motín que amenazaba estallar. Su ascenso al poder fue un hito sin precedentes en la historia de la conquista española. Bajo su mando quedaba una tripulación extenuada que dudaba de su capacidad para liderar.

El liderazgo de Isabel Barreto ha sido objeto de intensas controversias debido a los relatos de sus enemigos. Pedro Fernández de Quirós, el piloto mayor, la describió como una mujer autoritaria, despótica e indómita. No obstante, muchos historiadores sugieren que Quirós intentó desprestigiarla para arrebatarle el mando y el título. Para mantener la disciplina entre hombres rudos en una situación límite, Isabel debió mostrar una firmeza implacable. Se dice que castigó severamente cualquier intento de rebelión para evitar el colapso de la expedición. Su temple y estrategia fueron fundamentales para la supervivencia de quienes aún seguían con vida a bordo. A pesar de las críticas de Quirós, su capacidad de mando permitió que la flota no naufragara. Ella defendió su autoridad apelando a su derecho sobre su propia hacienda y privilegios reales.

Ante la insostenible situación en Santa Cruz, la almirante ordenó poner rumbo hacia las Filipinas para buscar refugio. La travesía hasta Manila se convirtió en una gesta increíble, cubriendo una distancia de 20.000 kilómetros. Este recorrido representó la mayor distancia navegada por naves españolas en todo el siglo XVI. Durante el trayecto, las penurias continuaron y más personas fallecieron a causa del escorbuto y el hambre. Finalmente, el 11 de febrero de 1596, los supervivientes arribaron a Manila, donde Isabel fue recibida heroicamente. Había logrado lo que parecía imposible: cruzar el Pacífico en las condiciones más deplorables y extremas. Su llegada a Cavite con el estandarte real fue un acontecimiento que asombró a toda la colonia. Fue apodada por los contemporáneos como la “Reina de Saba” por su impresionante proeza naval.

México y Perú

Tras su estancia en Filipinas, Isabel contrajo nuevas nupcias con Fernando de Castro, un caballero de Santiago. Juntos emprendieron un arriesgado viaje de regreso hacia el Nuevo Mundo, llegando finalmente a México. En Acapulco y posteriormente en Perú, Isabel intentó defender sus derechos sobre las Salomón ante la Corte. Sin embargo, el rey Felipe III revocó sus títulos en favor de Quirós, lo que la llevó a pleitear. A pesar de perder su estatus oficial, logró acumular una fortuna considerable mediante el comercio de sedas. Sus últimos años los pasó en la población minera de Castrovirreyna, donde su esposo ejercía como gobernador. Nunca abandonó su deseo de recuperar el imperio que se le había prometido por testamento real. 

Isabel Barreto falleció aproximadamente en 1612, dejando un testamento que reflejaba su riqueza y profunda fe. Aunque su figura fue relegada al olvido durante siglos, hoy es rescatada como una pionera valiente. Su historia invita a reflexionar sobre el papel silenciado de las mujeres en las grandes exploraciones. Se la recuerda como la adelantada de los mares del Sur, una mujer de carácter indómito y estratega. Su hazaña de cruzar el océano más extenso del planeta bajo su mando sigue siendo un hito. Isabel Barreto permanece como un símbolo eterno de liderazgo femenino frente a las adversidades más terribles, una mujer que se atrevió a soñar y actuar más allá de los límites del mundo.

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