Con paredes verticales de 150 metros de altura, esta ruta recorre el trazado del que fue el primer tren eléctrico de la península

Las formaciones de roca caliza de este lugar presentan formas caprichosas y grietas profundas que han sido modeladas por la erosión directa del río y los cambios de temperatura

Alberto Gómez

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En los valles prepirenaicos del este de Navarra, a unos cuarenta kilómetros de la ciudad de Pamplona, se encuentra un enclave natural que cautiva a todo aquel que lo visita. La imponente Foz de Lumbier es una joya geológica que ha sido esculpida pacientemente por las aguas del río Irati a lo largo de millones de años. Este estrecho desfiladero, declarado Reserva Natural en el año 1987, ofrece un paisaje de paredones escarpados donde la naturaleza se manifiesta en su estado más puro. El sonido constante del agua y el majestuoso planear de las aves rapaces crean una atmósfera única de paz y asombro para los senderistas. 

Actualmente es uno de los destinos más buscados por quienes desean sumergirse en la biodiversidad de Navarra. Su proximidad a la sierra de Leyre le otorga un valor paisajístico añadido que sorprende gratamente a los viajeros. Este rincón es un testimonio vivo del poder erosivo de la naturaleza en las rocas calizas. La vegetación singular que cuelga de sus paredes completa un inolvidable cuadro natural, una parada obligatoria para los amantes del turismo activo y la fotografía de exteriores.

La magnitud visual de esta garganta se define principalmente por sus paredes verticales de 150 metros de altura, que dominan el paisaje con sus tonalidades ocres y rojizas. Estas formaciones de roca caliza presentan formas caprichosas y grietas profundas que han sido modeladas por la erosión directa del río y los cambios de temperatura. En las zonas más estrechas del barranco, la verticalidad de los riscos resulta sobrecogedora, dejando apenas espacio para que el cauce del Irati se abra paso entre la piedra. Es precisamente este aislamiento geológico lo que ha permitido que la flora y la fauna locales se conserven casi intactas durante siglos. El contraste entre el cielo azul y el gris de la caliza ofrece una estampa fotográfica inigualable en cualquier época del año.

Declarada Reserva Natural en el año 1987, esta ruta ofrece un paisaje de paredones escarpados donde la naturaleza se manifiesta en su estado más puro

Las riberas del río están pobladas por bosques de álamos, sauces y fresnos que marcan la entrada y salida de la foz. En el interior, arbustos como el tomillo y el espliego consiguen sobrevivir colándose por las grietas de las paredes calizas más expuestas. La luz del sol incide de manera variable creando juegos de sombras que resaltan el relieve de los acantilados. Explorar este entorno permite comprender la inmensidad de los procesos geológicos que han dado forma a la geografía del Pirineo navarro.

Una curiosidad de esta esta ruta es que su trazado principal aprovecha el camino del que fue el primer tren eléctrico de la península ibérica. Conocido popularmente como el tren de “El Irati”, esta línea férrea de vía estrecha unía las localidades de Pamplona y Sangüesa a lo largo de 58 kilómetros. Funcionó activamente entre los años 1911 y 1955, rompiendo el histórico aislamiento de la región y facilitando tanto el transporte de pasajeros como de madera. Aunque originalmente se proyectó para mover la explotación forestal del monte Irati, su impacto social fue enorme al modernizar las comunicaciones navarras. Hoy en día, seis kilómetros de aquellas antiguas vías han sido acondicionados como una Vía Verde accesible para el disfrute de todos los visitantes. 

Caminar por este trazado histórico permite imaginar la época en la que el convoy atravesaba estos parajes de difícil acceso. Los restos de los antiguos postes de cemento y soportes de hierro oxidados aún son visibles en algunos puntos del recorrido. Esta infraestructura ferroviaria es la que permite hoy que el paseo sea llano y sin desniveles pronunciados para el público. La reconversión de la vía ha transformado una antigua obra de ingeniería en un recurso turístico y natural de primer orden.

Al recorrer este sendero llano y cómodo, el visitante debe atravesar dos espectaculares túneles excavados directamente en la roca viva de la montaña. El primer túnel tiene una longitud de 167 metros, mientras que el segundo alcanza los 206 metros y presenta una ligera curva que dificulta la visibilidad interior. Debido a que carecen de iluminación artificial, es fundamental llevar una linterna o usar la luz del teléfono móvil para cruzarlos con seguridad. Estos pasadizos oscuros añaden un toque de aventura a la excursión, permitiendo a los caminantes sentirse como auténticos exploradores. Al salir de la oscuridad de la piedra, la vista de la garganta abierta y el río fluyendo bajo los pies resulta siempre una experiencia impactante. 

De hecho, los túneles fueron una obra de ingeniería necesaria para que el tren pudiera sortear los enormes cortados verticales de la foz. En su interior, la temperatura desciende y el silencio solo se rompe por el goteo ocasional del agua filtrada a través de la caliza. Cruzar estas galerías es una de las partes favoritas del trayecto para los niños, quienes disfrutan de la breve oscuridad. El contraste entre la penumbra del túnel y la explosión de luz a la salida realza la belleza cromática del desfiladero.

La Foz de Lumbier es reconocida internacionalmente como un santuario para las grandes rapaces, que encuentran en sus riscos el refugio ideal para nidificar. El animal más representativo de este espacio es el buitre leonado, contando con una colonia establecida de algo más de 200 parejas que pueden verse fácilmente. No es raro observar también el vuelo elegante de alimoches, halcones peregrinos, águilas reales o el quebrantahuesos sobrevolando los cortados. El espectáculo ornitológico se complementa con los gritos de las chovas piquirrojas y el rápido aleteo de los vencejos reales que habitan en las grietas. Se recomienda encarecidamente llevar prismáticos para apreciar los detalles de estas aves en su hábitat natural mientras descansan en las repisas. La observación de estas especies es especialmente gratificante desde los miradores estratégicos situados a lo largo del sendero interpretativo de la zona. 

Un puente y una leyenda

En el tramo final del recorrido, cerca de la salida del segundo túnel, se encuentran los restos del legendario Puente del Diablo. Esta estructura del siglo XVI fue destruida por los soldados franceses en 1812 durante la Guerra de la Independencia, quedando hoy solo sus ruinas. Una misteriosa leyenda local afirma que su constructor, ante la dificultad de la obra, pidió ayuda al diablo para poder finalizar el arco sobre el río. El puente se eleva unos quince metros sobre el cauce del río Irati, mostrando la pericia de los constructores de la época moderna.

Para los que buscan algo más de reto, existe una ruta circular opcional que rodea la foz por las laderas circundantes ofreciendo panorámicas más amplias. Esta variante tiene un mayor desnivel y requiere un calzado adecuado para caminar por senderos locales de montaña. Sin embargo, la ruta lineal por la antigua vía del tren sigue siendo la opción preferida por la mayoría de los turistas. El ambiente familiar es una de las señas de identidad de este paraje durante los fines de semana de buen tiempo. Visitar la Foz de Lumbier es, en definitiva, descubrir un tesoro escondido que enamora a quien busca la esencia más salvaje de las tierras navarras.

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