Viajó de La Alhambra hasta esta ciudad hondureña y hoy es considerado el reloj más antiguo de toda América Latina
En la histórica ciudad de Comayagua, Honduras, se encuentra un auténtico tesoro colonial, el que es considerado el reloj más antiguo de toda América Latina, una pieza de ingeniería que atrae a miles de visitantes por su mística y antigüedad. Ubicado en la blanquecida catedral de la Inmaculada Concepción, este mecanismo es considerado por muchos expertos como el cuarto más viejo del mundo entero. Su presencia domina la plaza central, siendo un símbolo de identidad nacional y un recuerdo constante de la herencia colonial que posee el país centroamericano. La tradición local lo abraza como una joya inigualable del patrimonio mundial. Su esfera de números romanos asoma entre las campanas, vigilando una ciudad que creció bajo su rítmico latido. Es, sin duda, el mayor atractivo turístico de la zona y un orgullo para todos los habitantes de la región.
Los orígenes de este legendario artefacto se remontan al año 1100, en plena ocupación árabe en el sur de la península ibérica. Según algunos relatos históricos, el reloj fue fabricado para adornar los majestuosos jardines y estancias del Palacio de la Alhambra. Tras la expulsión de los árabes de España en 1492, el dispositivo pasó a formar parte del botín de guerra obtenido por las fuerzas cristianas. Fue en ese contexto de reconquista que la pieza comenzó su largo viaje hacia el continente americano, cargando consigo siglos de conocimiento astronómico y mecánico. Los expertos señalan que su construcción refleja la sofisticación técnica de una cultura que dominó la ciencia del tiempo en el pasado.
Este legado árabe sobrevive hoy en suelo hondureño, estableciendo un puente cultural entre la España medieval y la Honduras moderna que sigue asombrando a propios y extraños. La llegada del reloj a tierras hondureñas, eso sí, está rodeada de crónicas que mezclan la fe religiosa con las altas esferas de la nobleza española. Se dice que el monarca Felipe III ordenó su traslado como un regalo especial para la entonces provincia colonial en tiempos de gran auge. Otros relatos indican que el reloj fue entregado inicialmente al Duque de Cocentaina, quien a su vez lo cedió a su sobrino fray Jerónimo de Corella. Este fraile jerónimo fue nombrado obispo de Comayagua y trajo consigo la maquinaria para instalarla en la catedral que se planeaba construir. De esta manera, el “reloj árabe de la Alhambra” cruzó el océano Atlántico para marcar las horas de los colonos y evangelizadores locales.
Su llegada definitiva a Comayagua ocurrió alrededor del año 1636, marcando un hito en la historia tecnológica de la región. La donación real simboliza la importancia que esta ciudad tenía para la corona durante la época de la conquista. Antes de ocupar su lugar actual en la torre de la catedral, el reloj tuvo su primer hogar en la pequeña iglesia de Nuestra Señora de La Merced. En este templo permaneció durante aproximadamente 75 años, cumpliendo con la vital tarea de organizar la vida diaria de los habitantes de la villa colonial. No fue sino hasta el año 1715 cuando se decidió trasladar la pesada maquinaria a la recién inaugurada catedral de Comayagua. Desde entonces, el reloj ha funcionado de manera casi ininterrumpida, convirtiéndose en el alma sonora de la plaza central de la ciudad.
Su traslado representó un esfuerzo logístico considerable para la época, dado el peso y la complejidad de sus componentes metálicos y de madera. Hoy en día, el reloj se mantiene vigente, marcando no solo las horas sino también la resistencia del arte colonial frente al olvido. La mecánica de este reloj es una maravilla de la simplicidad y la eficacia, operando exclusivamente bajo la fuerza de la gravedad sin electricidad alguna. El sistema cuenta con ocho ruedas dentadas, de las que cuatro son para engranajes, tres para las pesas de plomo y una para el péndulo. El tiempo se anuncia mediante campanadas que marcan con precisión los cuartos, las medias y las horas completas del día.
Un detalle curioso que fascina a los historiadores es la grafía del número cuatro en su carátula de madera, representado como “IIII”. Esta nomenclatura era común en la época medieval y se diferencia de la forma “IV” que se estandarizó posteriormente en el mundo occidental. La maquinaria se encuentra resguardada en una vitrina de cristal en el segundo nivel del campanario, accesible mediante escaleras de piedra. Su funcionamiento a base de peso demuestra el ingenio de los antiguos maestros relojeros que lo diseñaron hace siglos.
Junto a ocho campanas
El entorno que rodea al reloj es igualmente impresionante, ya que la catedral de Comayagua es considerada una de las obras arquitectónicas más bellas del país. Inaugurada oficialmente en diciembre de 1711, la estructura destaca por sus cinco cúpulas y su retablo mayor cubierto con finas láminas de oro puro. El templo alberga piezas de arte invaluables, como un Cristo Negro y frontales de plata que evidencian la riqueza religiosa de la época hispánica. En el tercer piso de la única torre de la catedral, el reloj casi milenario sigue operando junto a ocho campanas antiguas de gran tamaño. La conservación de estos elementos permite que el edificio sea no solo un centro de fe, sino también un museo vivo de historia. La combinación de la arquitectura barroca con la precisión del reloj crea una atmósfera única.
Como ocurre en tantos otros lugares, cada 31 de diciembre, miles de personas se congregan en la plaza central para pasar los últimos instantes del año bajo la maquinaria. Es el momento en que el corazón de Honduras late al unísono, celebrando la llegada del futuro con los ecos del pasado. La conservación de este aparato, que ha superado terremotos y el paso de los siglos, es un testimonio de la dedicación de un pueblo por sus raíces. Su tic-tac es la banda sonora de una ciudad que se enorgullece de su vasta herencia cultural.
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