El peligroso viaje de Juana de Arco: vestida de hombre, cabalgó 500 kilómetros en 11 días atravesando territorios enemigos

La inteligencia y el instinto estratégico de Juana la ayudaron para que pudiese llegar a su destino

Alberto Gómez

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En medio de la devastación de la guerra de los Cien Años, una humilde campesina de Domrémy desafió su destino. Era Juana de Arco quien, guiada por voces celestiales, se presentó ante el capitán Robert de Baudricourt, en la fortaleza de Vaucouleurs. Tras varios rechazos, su persistencia y la revelación de una derrota militar francesa convencieron finalmente al reticente comandante. La misión era clara: debía salvar a Francia y llevar al delfín Carlos VII hasta su coronación en Reims. Fue entonces cuando, en febrero de 1429, la joven doncella se preparó para emprender un viaje que cambiaría el curso de la historia. Con apenas diecisiete años, Juana estaba lista para cruzar un país fracturado y dominado por fuerzas enemigas. El destino de la corona francesa dependía de su llegada a la corte real en Chinon.

Así comenzó una de las cabalgatas más audaces y peligrosas registradas en las crónicas de la época medieval. Para atravesar territorios controlados por borgoñones e ingleses, Juana adoptó una decisión táctica y simbólica trascendental. Se cortó el cabello y vistió ropa masculina, incluyendo una túnica, calzas, botas y un jubón ajustado. Esta transformación no solo facilitaba su movilidad como jinete, sino que protegía su pudor entre hombres de armas. Los habitantes de Vaucouleurs, convencidos de su fe, le proporcionaron el equipo necesario y un caballo de guerra. Juana justificó el uso de estas prendas como un mandato divino para cumplir su ministerio con seguridad. 

El atuendo masculino servía como una barrera contra el acoso y las posibles agresiones en el camino. Su imagen de soldado desafiaba las convenciones sociales de una época donde la guerra era asunto de hombres. Bajo esta apariencia, Juana se dispuso a cabalgar cientos de kilómetros a través del frío invierno. La comitiva que la escoltaba estaba formada por hombres que pronto se convirtieron en sus fieles protectores. Entre ellos se encontraban el caballero Jean de Metz y el escudero Bertrand de Poulengy, junto a servidores. Estos hombres juraron ante Baudricourt mantener una conducta honorable y segura durante toda la peligrosa travesía. Durante las noches, dormían cerca de ella en campo abierto, manteniendo siempre un respeto absoluto y espiritual. Jean de Metz recordaría más tarde que sus palabras inflamaban los corazones y eliminaban cualquier pensamiento impuro. La escolta avanzaba en silencio, evitando los caminos principales para no ser detectados por patrullas enemigas. La confianza en su liderazgo crecía con cada legua recorrida bajo la protección de su inquebrantable fe.

Juana demostró una madurez y un liderazgo que sorprendieron a los nobles y clérigos más experimentados

El viaje fue una carrera contra el tiempo que cubrió 500 kilómetros en tan solo 11 jornadas agotadoras. Partiendo de Vaucouleurs el 23 de febrero, la cabalgata se adentró en las tierras gélidas del valle del Mosa. Atravesaron ríos caudalosos y zonas boscosas donde los asaltantes y soldados enemigos acechaban constantemente. Juana y sus hombres cabalgaban preferentemente de noche para minimizar el riesgo de ser capturados por los borgoñones. La primera etapa los llevó a la abadía de Saint-Urbain, donde buscaron refugio y descanso momentáneo. A pesar del agotamiento físico y el peligro inminente, Juana mantenía el ánimo de sus compañeros elevado. El esfuerzo físico requerido para tal hazaña era inmenso para una joven que apenas había salido de casa. 

A lo largo del trayecto, Juana buscaba consuelo espiritual en las iglesias y abadías que encontraban a su paso. En la catedral de Auxerre asistió a misa y escuchó nuevamente las voces de sus santos. Su necesidad de recibir los sacramentos era constante, instando a sus escoltas a orar junto a ella. Al llegar a Sainte-Catherine-de-Fierbois, Juana participó en tres misas en un solo día como acto de gratitud. Fue allí donde dictó una carta al Delfín anunciando su llegada y solicitando una audiencia real. Según la tradición, en este lugar se encontraba la espada marcada con cinco cruces que ella usaría. Estos momentos de oración le daban la fuerza necesaria para continuar el viaje por territorios hostiles. Su devoción era tal que incluso los soldados más curtidos se maravillaban de su profunda piedad religiosa.

La inteligencia y el instinto estratégico de Juana se manifestaron al sortear los puestos de control ingleses. Para evitar las posiciones enemigas en Saint-Epain, la comitiva se desvió por el discreto valle de Courtineau. En este trayecto, se refugiaron de la lluvia en una pequeña capilla troglodita dedicada a Notre-Dame-de-Lorette. El cruce de los ríos se realizaba a menudo vadeando las aguas a nado, una tarea peligrosa y extenuante. Juana aseguraba a sus hombres que Dios les abriría el camino y que no debían temer a los ejércitos, afirmando que sus hermanos del paraíso la advertían sobre la conducta a seguir en cada paso. Su determinación era tan férrea que nada, ni el frío ni los enemigos, parecía poder detener su avance. Este viaje espiritual y estratégico la acercaba cada vez más a las puertas de la Fortaleza Real.

El 23 de febrero de 1429, la extenuada cabalgata llegó finalmente a las afueras de la ciudad de Chinon. Juana desmontó en el Grand Carroi, un momento histórico recordado hoy por una placa conmemorativa. Había cumplido la promesa de llegar ante Carlos VII tras atravesar ciento cincuenta leguas de peligro. La noticia de la llegada de una doncella guiada por visiones divinas corrió rápidamente por toda la corte. El Delfín, inicialmente dubitativo, fue informado sobre la increíble travesía que la joven había realizado. La capacidad de Juana para reconocer al verdadero rey entre sus cortesanos sellaría el inicio de su campaña. Aquel viaje de 11 días fue la prueba física de su compromiso inquebrantable con la salvación de Francia. Su entrada en Chinon marcó el fin de su anonimato y el comienzo de su leyenda militar.

El legado de la hazaña

Los historiadores y contemporáneos consideran este viaje como un hecho inusual que bordea lo milagroso. Una adolescente analfabeta, sin experiencia ecuestre previa, lideró una expedición militar exitosa por zonas de guerra. Su resistencia al frío invernal y al cansancio extremo fue interpretada como una señal de apoyo divino. Los testimonios del proceso de rehabilitación destacarían más tarde la pureza y el coraje mostrados en el camino. Juana demostró una madurez y un liderazgo que sorprendieron a los nobles y clérigos más experimentados. La rapidez de su avance impidió que los espías ingleses pudieran interceptarla antes de llegar a su destino. Esta hazaña logística sentó las bases para el levantamiento del asedio de Orleans apenas unos meses después. La cabalgata de Vaucouleurs a Chinon fue el primer gran triunfo de Juana de Arco sobre la adversidad. El impacto de este viaje resonó en todo el reino, despertando una esperanza que parecía perdida para Francia. Juana de Arco pasó de ser una pastora desconocida a convertirse en el símbolo de la unidad nacional

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