Las herederas de la tierra

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Hace mucho que escribí mi última columna. Espero no haberme oxidado demasiado entre los avatares de la vida porque el tema de hoy es complejo (nota: otro día podemos hablar sobre la historia del concepto de “carga mental”, pero será cuando yo misma la sufra en menor medida). 

El pasado 15 de mayo se cumplieron 78 años de la Nakba, la catástrofe, la salida y desplazamiento forzados de miles de palestinos y palestinas de sus lugares de origen y su reubicación en campos de refugiados que a estas alturas son más una especie de simulacro de ciudades caóticas. Ese caos no es fruto de la violencia interna entre sus pobladores, como podrían pensar a simple vista, sino de la ausencia de planificación real: al fin y al cabo, se trataba de un lugar de paso, un espacio intermedio entre el desalojo forzoso y la vuelta al hogar. El problema es que después de tanto tiempo, aunque la esperanza del retorno siga viva, hay que vivir. Y para eso se necesita ocupar el espacio de otra forma. 

Por eso cuando vemos imágenes de las casas en las que las familias palestinas viven en estos campos vemos desorden, casas con pisos altos a medio construir, que estarán destinados a alojar a una parte de la familia cuando esta crezca. Por eso vemos calles sinuosas, estrechas o anchas, sin una planificación urbanística clara. En estas condiciones es difícil mantener la dignidad intacta, y aun así lo están consiguiendo. 

Esa dignidad y resiliencia tiene, por supuesto, nombre de mujer. Porque la historia nos demuestra, una vez más, cómo las mujeres hemos sido las transmisoras de memoria, de identidad, de ese otro ADN que nos conecta con la tierra, con nuestros espacios (los que ocupamos y los que tenemos derecho a ocupar). No es algo que yo me esté inventando: cada vez más estudios señalan cómo, desde la antigüedad, las mujeres de todo el mundo han desarrollado un papel fundamental en el desarrollo de sociedades y civilizaciones y que demasiado a menudo este ha quedado en un segundo plano.

A estas alturas ya ha debido quedar claro que hoy voy a hablarles de la historia de las mujeres palestinas. Una historia muy larga y compleja que espero ser capaz de sintetizar en unos pocos párrafos. Para ello, comenzaré por el principio. Desde la antigüedad y la Edad Media, la presencia y la acción de las mujeres fue fundamental en un mundo cambiante, que vivió el desarrollo de civilizaciones, la invasión y ocupación romana, la cristianización bizantina y la expansión del Islam. 

En este contexto de cambios, ellas ejercieron como transmisoras de la cultura ancestral, dibujando poco a poco los rasgos fundamentales de la identidad cultural palestina. Y lo hicieron desde posiciones muy diversas: desde las sacerdotisas cananeas identificadas a través del registro arqueológico hasta las mujeres que transmitieron sus saberes y genealogías familiares a través de la matrilinealidad presente en varias comunidades palestinas (ojo, no confundir con un matriarcado). 

Si damos un tremendo salto en el tiempo llegaremos al periodo otomano, en pleno siglo XIX. Para este momento histórico, contamos con un cada vez mayor número de estudios que señalan la frenética actividad que desarrollaron las mujeres de Palestina. Estas, especialmente las procedentes de las élites urbanas, fundaron asociaciones de carácter benéfico, crearon escuelas femeninas e instituciones que serán la base del activismo posterior, ligado estrechamente al movimiento nacional palestino. De hecho, mientras en occidente las sufragistas se organizaban para reclamar derechos que el patriarcado nos había ido negando, en Palestina vemos el paralelo de las primeras muestras organizadas de un activismo femenino en estos grupos. 

Si avanzamos un poco más en el tiempo, el nacimiento del sionismo como ideología política de corte imperialista, colonialista y racista y el establecimiento del pseudoestado israelí desembocaron en esa expulsión masiva de la que hablaba al inicio de este texto. Llegamos por tanto a la Nakba de 1948, el fundamento histórico de una injusticia que aún sigue sin resolverse. 

Por supuesto, estos movimientos de ocupación, desplazamiento y agresión hacia el pueblo palestino encontraron una respuesta, y en ella las mujeres también desempeñaron un papel fundamental. Sabemos, por ejemplo, que durante las dos intifadas ellas desempeñaron roles de vital importancia organizando la resistencia civil, proporcionando servicios sociales alternativos, promoviendo la autosuficiencia económica, participando activamente en los enfrentamientos… Todo ello desafiando los roles de género institucionales, aunque, por desgracia y tal y como nos sucede en occidente, sin llegar a transformar estructuralmente las relaciones patriarcales. 

Por su parte, la diáspora palestina también nos ha dado voces de mujeres que ha transformado la narrativa nacional. Intelectuales, escritoras y activistas han articulado una crítica anticolonial que desafía tanto las representaciones orientalistas occidentales como las limitaciones internas a las que ellas mismas se enfrentan. Su trabajo, al final, es una muestra importantísima de una resistencia cultural que preserva y renueva constantemente el proyecto nacional palestino. Esto lo observamos también en la Palestina ocupada: las mujeres siguen siendo las transmisoras de la historia oral, las tradiciones y los elementos identitarios de Palestina. 

En otras palabras: al igual que sus ancestras del mundo antiguo y medieval, las mujeres palestinas de nuestros días se han erigido como defensoras de una identidad que se resiste a ser borrada. La dignidad y existencia de todo un pueblo recae especialmente en sus manos, y pocas veces tenemos la capacidad desde nuestro Occidente actual de reconocer esa labor que llevan siglos desarrollando. Porque, reconozcámoslo, aquí tendemos a ver a las mujeres palestinas casi exclusivamente en su faceta de víctimas cuando, en realidad, son las herederas de una tierra robada que se mantienen en pie a pesar de todo (y de todos).

Son las herederas de una tierra que es algo más que tierra. Su lucha, pasada y presente, nos demuestra que la liberación nacional palestina no será completa hasta que aborde las múltiples dimensiones de la opresión. En cada acto de resistencia, en cada gesto de solidaridad, las mujeres palestinas continúan escribiendo la historia de un pueblo que se niega a desaparecer. Y por ello heredarán la tierra a la que tienen derecho.