Llevo más de 30 años con la misma pareja. O eso cree todo el mundo

7 de julio de 2026 10:18 h

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Cuando digo que llevo más de 30 años felizmente casada algunas personas me preguntan que cuál es el truco y ¡encima trabajando juntos! El truco es que no llevo todos estos años casada con la misma persona. Esto desconcierta a los que me conocen, hasta que les explico que el hombre con el que me casé no es el mismo. Él ha cambiado. Y yo también.

Los años nos cambian, y no me refiero solo al cuerpo. O ¿acaso no cambian las personas cuando tienen hijos o cuando estos se van de casa o cuando pierden el trabajo o son ascendidos? Y no te digo nada si emigras a otro país, o simplemente te rompes el brazo y dependes del otro más de lo habitual o lees un libro que te deja huella. No solo es el paso del tiempo, es la vida misma, el vivirla. Cada experiencia deja una huella y, poco a poco, va modelando una versión distinta de nosotros mismos. Quizá nuestra personalidad conserve muchos rasgos, pero nuestra manera de mirar la vida cambia continuamente.

Creo que uno de los mayores errores que cometemos en nuestras relaciones consiste precisamente en olvidar esta evidencia. Nos empeñamos en seguir relacionándonos con personas que son diferentes pero que seguimos mirándolas con los ojos del pasado.

Pero esto no ocurre solo en la pareja, esto pasa prácticamente con todo el mundo.

Mi madre, por ejemplo, sigue dándome algunos consejos como si todavía tuviera quince años y, en cierto modo, continúa viéndome con los ojos con los que me veía entonces. Entre hermanos también sucede. Basta con que se incorpore una nueva persona a la familia para que aparezcan las etiquetas de siempre: “la responsable”, “él despistado”, “la protestona”, “el culoinquieto” ... Son definiciones construidas hace muchos años que repetimos sin darnos cuenta. Y, sin embargo, muchas veces me encuentro descrita con algunas etiquetas que hace tiempo que dejaron de representarme. He cambiado. Igual que han cambiado ellos. Lo curioso es que todos percibimos ese cambio en nosotros mismos, pero nos cuesta mucho reconocerlo en los demás.

Seguimos hablando de las personas utilizando fotografías antiguas, mientras ellas continúan cambiando delante de nosotros.

No es falta de sensibilidad o dejadez, es que nuestro cerebro necesita simplificar la realidad. Cada día recibe una cantidad inmensa de información y, para ahorrar energía, construye mapas de las personas que conoce. Una vez que decide quién «es» alguien, deja de observar con la misma atención y empieza a completar los huecos con lo que ya sabe, o cree saber. Es un mecanismo necesario porque nos permite movernos por el mundo sin tener que empezar de cero cada mañana. El problema es que esos mapas a veces se quedan viejos. Además, el cerebro tiende a darse la razón y se fija más en aquello que confirma la imagen que ya tenemos de alguien que en aquello que la contradice. Y así dejamos de descubrir los cambios en las personas porque creemos que ya las conocemos.

Quizá por eso muchas relaciones se deterioran. No necesariamente porque las personas cambien demasiado, sino porque nosotros seguimos relacionándonos con la versión que guardamos. No nos relacionamos con la persona que tenemos delante, sino con la idea que tenemos de ella. Y de vez en cuando habrá que preguntarle qué le inquieta, qué le ilusiona, qué opina de un tema… porque a lo mejor la respuesta no es la que esperábamos.

Algunas personas entonces me dicen: “Muy bien. Acepto que todos cambiamos, ¿pero ¿qué hago cuando esos cambios no me gustan?»

Por supuesto, hay cambios que hacen inviable una relación y en este artículo no estoy hablando de esas situaciones. Hoy me refiero a esos cambios naturales que toda vida compartida trae consigo.

Y para esa pregunta, no tengo una respuesta, pero sí algunas convicciones que, al menos a mí, me han servido durante todos estos años.

La primera es asumir que el cambio no es una posibilidad; es una certeza. No existe una versión definitiva de la persona que tenemos al lado, igual que tampoco existe una versión definitiva de nosotros mismos. Si esperamos que todo permanezca igual, la decepción está asegurada. Y quizá esto se hace todavía más evidente a medida que cumplimos años. El paso del tiempo deja huellas en el cuerpo, en la energía, en la salud, en las prioridades y hasta en la forma de entender la vida. Hay cambios que acogemos con ilusión y otros que preferiríamos no vivirlos pero todos forman parte del mismo viaje.

La segunda tiene que ver con la gratitud. Con demasiada frecuencia prestamos atención a lo que ha dejado de ser y olvidamos valorar todo lo que sigue estando ahí. Cuando veo relaciones rotas, enfermedades, pérdidas inesperadas, personas que ya no pueden compartir la vida con quien aman, tomo conciencia de la enorme suerte que tengo. Cuando uno deja de dar por sentado lo que tiene, lo vive de otra manera.

También intento mirar el futuro con curiosidad en lugar de hacerlo con miedo. No sé cómo será la persona con la que compartiré los próximos diez años. Tampoco sé en quién me convertiré yo. Y creo que hay algo profundamente hermoso en no saberlo. Todavía nos queda mucho por descubrir el uno del otro.

Otra cosa que me pasa es que siempre imagino una relación como dos engranajes que encajan perfectamente engrasados. Mientras ambos evolucionan de una forma parecida, encajan con naturalidad. Pero llega un momento en que uno cambia antes que el otro, o cambia de una manera distinta, y entonces aparece un pequeño desajuste. Es ahí donde hace falta prestar atención. No para intentar que el otro vuelva a ser quien era, sino para volver a encontrar el encaje. Si esos pequeños reajustes se hacen con frecuencia, apenas requieren esfuerzo. El problema no suele aparecer por un gran cambio, sino por haber ignorado durante demasiado tiempo todos los pequeños cambios que se iban produciendo.

Quizá cuidar una relación consista precisamente en eso: en mantener viva la curiosidad, en no dar nunca por hecho que ya conocemos del todo a la persona que tenemos delante, en seguir haciéndole preguntas, en seguir dejándonos sorprender y en aceptar que seguirá cambiando, igual que nosotros.

Y así, una y otra vez.