El voto ejemplar

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—¿A quién votarás?

—A quien se represente. 

Le desconcierta la respuesta de su interlocutor, que ha enfatizado el transitivo con un se vibrante que ofende su propia sutileza. Está acostumbrado a la habilidad de su amigo para enredar los significados mediante juegos de palabras, paradojas y oxímoron, pero no recurre a esas diversiones sugestivas cuando conversan sobre política o, sería más exacto, cuando conversan sobre la actualidad política. En este último caso, su discurso sustituye el ingenio o la gracia por una concisión dura, seca, sentenciosa, sin funambulismos retóricos, como de pericial forense. “No es que me disguste o me incomode que hablemos sobre la actualidad política”, le explicó una vez, con un cierto envanecimiento por que la transformación de su estilo hubiera sido captada o descubierta, “sino que es un diálogo que se nos impone, mientras que la especulación creativa bebe de la libertad y la espontaneidad”. 

Han comprobado, pues, que su amigo no lo es de las respuestas directas o conclusivas. Como cualquier amante de la digresión (especie que la comunicación contemporánea ha condenado a la extinción, de modo que hay que clamar por que se salvaguarde como un patrimonio inmaterial de la humanidad, en tanto que pocas compañías son tan deliciosas como las de un interlocutor que es capaz de convertir una anécdota trivial en una disertación filosófica), prefiere el método deductivo al inductivo, esto es, prioriza exponer los criterios que le conducen a decantar un cierto voto antes de afirmar su voto, en lugar de afirmar su voto y, una vez afirmado, exponer los criterios por los que lo ha elegido. También debería protegerse a esta especie cívica, igual de extraña o moribunda que la del divagador: la del ciudadano que no contesta a quién votará, sino por qué votará, y que, por eso, puede llegar a debatir, en una sana mayéutica que va avanzando al ritmo de la palabra intercambiada, sobre las razones de su voto, que no está cautivo por una lealtad emotiva o mercadotécnica. Así que, una vez que su amigo reconoce su interés (mudo, pero manifestado en el arqueamiento de cejas), perora: 

—¿Recuerdas los exemplum? Esas fábulas prestigiadas durante la Edad Media, tanto por literatos como por predicadores, y que nuestra posmodernidad ha enterrado por su sesgo moralizante. —Los recuerda, sí, porque hace unas semanas elucubraron sobre el mestizaje entre la moral hindú y la moral católica a través de la difusión de la traducción alfonsí del Calila e Dimna. —Las moralejas pueden resultar anticuadas en una cosmovisión democrática que exige, como presupuesto, el relativismo. De hecho, advierte que el péndulo ha oscilado hacia el ángulo opuesto: en el mundo clásico aprendían de las virtudes de los héroes, mientras que un rasgo de nuestra posmodernidad es que nos interesan las biografías poco edificantes o perturbadoras. Esta diferencia fractura el flujo natural e instintivo del aprendizaje, que se basa en la mímesis del comportamiento ideal evocado, mientras que ahora, en vez de repetir, primero debemos disentir y repudiar: no ser espejos, sino lentes convergentes.  

Bebe un trago de vino. El código interno de los contertulios identifica este gesto con un aviso para que su amigo detenga la espiral de digresiones (no la digresión principal, sino que esa digresión primitiva se multiplique) de la que luego raramente sabe regresar. Otros días, tratando otros temas, no le importaría que se sumiera en esa vorágine, le entretendría y le retaría intelectualmente, pero ahora agradecería que asomara esa sobriedad lingüística que suele reservar a la crítica de la actualidad política. Su interlocutor comprende el signo. 

—Esos apólogos siguen un esquema maniqueo, si quieres calificarlo así (lo que entraña, en sí mismo, una descripción maniquea), pero extraordinariamente eficaz para conformar una praxis, una ética: los personajes no teorizan, sino que actúan, y son sus acciones las que se recompensan o se castigan. 

—Ya teoriza después el narrador, cuando subraya la moraleja.

—No cabe resquicio para una interpretación ambigua, lo que, claro, resulta artísticamente empobrecedor; pero esa moraleja está respaldada en un hecho práctico, no es abstracta. Los modelos que se premian o sancionan son conductas, no ideas pensadas o expresadas. ¡Son conductas! Por resumir: subyace esa reflexión neotestamentaria, que desde luego influyó en la construcción ideológica de tales alegorías, de que “por sus obras los conoceréis”. 

Empieza a dilucidar su argumento, aunque le parezca simpático o irónico que su amigo, que tanto gusta de emborracharse de imaginación escolástica (y de ahí su apego a la Edad Media), esté reivindicando la dimensión práctica de la vida. Sabe adaptarse al medio, piensa, o quizá sólo esté jugando con él. En cualquier caso, le ofrece la réplica que está aguardando:

—Sin embargo, ahora se nos pide que votemos programas electorales. Ideas. 

—Por eso, la gente se equivoca cuando se queja de que “Los políticos no me representan”. Deberían quejarse de que muchos políticos representan, pero no se representan a sí mismos, a las convicciones que supuestamente defienden. La escisión crucial de nuestro tiempo, fruto de la propaganda de los totalitarismos, no enfrenta a las élites con el pueblo, qué va, las clases han sido suplantadas por las tribus; sino que enfrenta, casi rayando en la esquizofrenia, el discurso y la imagen proyectada con la vida verdadera de nuestros representantes públicos. 

—En fin, que votarás a quien viva de forma coherente con lo que propugne. ¿Indagarás en sus vidas privadas?

—No, no se reduce a eso, porque la coherencia no es más que un concepto lógico y la lógica nos remite, de nuevo, a un planteamiento teórico insuficiente: se puede posar para pasar por coherente. Votaré a quien sea ejemplar, pero no necesariamente como referente cívico (lo que, por lo demás, sería el deseable estadio superior), sino que sean ejemplos en el sentido de las referidas fábulas medievales: un modelo práctico, vital, de su propuesta teórica, ideológica. Y, sí, estoy convencido de que no se puede disociar, o no al menos de manera permanente, la personalidad pública de la privada, y viceversa, son una unidad con distintas facetas o escenarios.

—Tu idolatrado García Marquéz adoraba los Mercedes, pero luego se limpiaba la culpa pringosa de que los fabricara un sistema capitalista explotador, que tanto censuraba. —Sabe que le picará la alusión al escritor colombiano. 

—Podría decirse que fue ejemplar, un ejemplo de su arte, de su movimiento literario: el realismo mágico, el pensamiento mágico, impregnaba su vida.  

—Entonces… ¿Votarías a un corrupto que prometa derogar el delito de malversación? 

Se ríe socarronamente y bebe de su jarra de cerveza. La obsesión por la originalidad tiene esta contrapartida: cuando se la retuerce y retuerce para desafiar y desafiar las convenciones y los tópicos, la reducción al absurdo la acaba encerrando dentro de una trampa saducea. La agudeza no es inagotable, y por eso, aunque cada individuo disponga de una dosis diferente, no debe abusarse de su consumo. Su amigo detecta que ha llegado a esa trampa, así que utiliza la inflexión para que emerja su laconismo típico cuando habla de la actualidad política. 

—Escogería el ejemplo más bondadoso entre la oferta de ejemplos. Pero, siempre, un ejemplo. Lo que me sobran son las máscaras y las declamaciones. El bien común o el interés general no necesitan símbolos, sino conductas personales. 

—¿Y quién puede prescindir de la hipocresía? En eso, los políticos sí que nos representan.

—Ahí radicaría, pues, su mayor servicio público: en que prescindan de lo que los demás no podemos prescindir. Que no nos representen ni representen, pero que se representen.

Ahora beben los dos a la vez y, después, guardan un silencio ritual y nostálgico, como el que inspiran los ideales crepusculares, antes de empezar un nuevo tema de conversación cuyas digresiones no les precipiten hacia un callejón sin salida.