Románticos del siglo XX
La Orquesta Nacional de España (ONE) tocó en València los pasados 23 y 24 de octubre, en devolución de la visita que la OV hizo a Madrid a principios de marzo pasado. Dirigía David Afkham (Friburgo, 1982), que acaba de concluir una fructífera titularidad de 12 años al frente de ese conjunto sinfónico. Esta crítica corresponde al concierto del 23. En el programa, dos obras compuestas en el siglo XX, aunque con lenguaje musical en la línea del romanticismo: el Concierto para violín y orquesta del inglés William Walton y la Segunda sinfonía del ruso Sergei Rachmaninoff. Utilizo esta grafía porque es la que los herederos del compositor han solicitado expresamente que se emplee, ya que era así como él mismo escribía su nombre durante el largo exilio en EE UU. El programa de mano del concierto usa la transcripción “Rajmáninov” en el texto español y “Rakhmàninov” en el valenciano, si bien en la enumeración de obras aparece en ambos casos como “Rachmaninov”, en una sorprendente disparidad de criterios.
En la primera parte, el concierto de Walton, compuesto en 1939 por encargo del violinista norteamericano de origen lituano Jasha Heifetz y estrenado el 7 de diciembre de ese año por él mismo con la Orquesta de Cleveland dirigida por Artur Rodziński. Como solista el alemán Frank Peter Zimmermann (Duisburgo, 1965), que ha actuado en varias ocasiones con la OV y que toca un violín Antonio Stradivari de 1711, el Lady Inchiquin, cedido por la Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen.
Esta obra de Walton utiliza una secuencia de movimientos con carácter distinto del tradicional esquema de dos tiempos rápidos con uno central lento. Se abre con un Andante tranquillo, seguido de un Presto capriccioso alla napolitana, para acabar con un final Vivace. Todo el concierto es de una gran exigencia virtuosística, especialmente el segundo movimiento, en el que abundan las dobles cuerdas, los pasajes en la parte más aguda del diapasón, con armónicos y pizzicato de mano izquierda.
La interpretación de Zimmermann fue una auténtica exhibición de dominio técnico, con perfecta afinación en los agudos y bello sonido en las dobles cuerdas, muy bien acompañada por Afkham. Correspondió a los aplausos con una obra diferente de intenso lirismo: la transcripción para violín y orquesta del número 5 de los Wesendonck Lieder de Richard Wagner, Träume (Sueños), que interpretó con delicado sentimiento. Es probablemente el mejor de esa colección, impregnada del brumoso ambiente sonoro de Tristán e Isolda, obra también inspirada por el amor del compositor hacia Mathilde Wesendonck.
En la segunda parte, la orquesta presentaba una amplia plantilla, con una cuerda de 60 profesores, para la Segunda sinfonía de Rachmaninoff. El compositor estrenó una Primera sinfonía el 28 de marzo de 1897 en San Petersburgo, cuando aún no había cumplido 24 años. La obra, de carácter marcadamente innovador, fue mal acogida por el público y recibió una crítica despiada de César Cui, conocido por formar parte del grupo Los Cinco y del que hoy no se suele interpretar ninguna obra en las salas de concierto. Rachmaninoff cayó en una profunda depresión, y no volvió a componer hasta tres años después. La salida de la crisis fue escribir el Concierto para piano y orquesta número 2, estrenado en 1900, en el que abandona la línea innovadora de la sinfonía para emplear el dulce melodismo romántico que lo ha hecho popular.
Empezó a componer la Segunda sinfonía en 1906, cuando se había trasladado a Dresde huyendo de la inestabilidad política en su país tras la revolución de 1905. Permaneció tres años en esa ciudad alemana, donde también escribió el célebre poema sinfónico La isla de los muertos. Dirigió él mismo el estreno en San Petersburgo, que fue un éxito, el 8 de febrero de 1808. A mediados del siglo pasado se hicieron revisiones de la obra para reducir su duración a un total de entre 35 y 40 minutos. Probablemente a ello se debe que el programa de mano fijara su duración aproximada en 39 minutos. Afkham, sin embargo, tocó la versión original, que le duró poco más de una hora.
La ONE, con muchos profesores jóvenes, hizo una versión impecable, expresiva, sin errores apreciables, a diferencia de lo que había ocurrido en la Tercera de Mahler que la Sinfónica de Düsseldorf hizo días antes. Afkham dirige con amplios movimientos de los brazos y marcando con precisión los detalles. Tras el contundente y profundo primer movimiento, el segundo, Allegro molto, mostró el buen ajuste de la orquesta con una versión brillante. En ese tiempo aparece el tema del Dies irae de la misa medieval de difuntos, que Rachmaninoff cita en muchas de sus composiciones. Algunos espectadores tuvieron un conato de aplauso cuando acabó esta segunda parte. Precioso el tercer movimiento, Adagio, verdadero corazón de la obra, con el arranque en las cuerdas y la melodía que bordó el solista de clarinete. Afkham lo dirigió sin batuta y con expresivos gestos de ambas manos. La suave melancolía de ese tiempo contrasta con el optimismo desbordante del último movimiento. Su triunfal conclusión arrancó los aplausos de un público que no llenaba la sala por completo.
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