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OPINIÓN

Pensiones y productividad

Manifestación por las pensiones públicas en una imagen de archivo

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Es el mantra de la década: la “presión demográfica” es una bomba de relojería. La lógica parece irrebatible y ha ganado una credibilidad férrea a fuerza de repetirse en editoriales y tribunas: si cada vez hay más ancianos y viven más años, mientras el número de jóvenes se reduce, el sistema será insostenible. Según la AIReF, hoy tenemos 1,9 afiliados por cada pensionista, y la previsión es que esa cifra caiga hasta el 1,0 en 2050. Bajo esta premisa, el gasto —que hoy supone el 11,5% del PIB y se proyecta hasta el 17,3% para 2050— se presenta como una carga inasumible.

Sin embargo, este discurso alarmista adolece de un error fundamental: asume que la productividad permanecerá estática durante los próximos 25 años.

La lección de la agricultura

Para entender por qué el catastrofismo demográfico puede estar equivocado, basta mirar al pasado. En 1984, el 17,5% de los ocupados en España trabajaba en el campo. Hoy, apenas el 3,6% se dedica a la agricultura, (según el Ministerio de Agricultura y datos de la EPA del INE). Si hace décadas alguien hubiera vaticinado este abandono del campo, muchos habrían predicho que el país moriría de hambre.

Nada más lejos de la realidad: gracias a la tecnología, un agricultor actual produce hoy lo mismo que cinco de antaño. Hemos sustituido cantidad de trabajadores por eficiencia. El reto actual es, simplemente, sustituir “alimentos” por “pensiones”.

Una tarta más grande

El miedo al gasto del 16% o 17% del PIB en 2050 ignora que el tamaño de la “tarta económica” será mucho mayor. Países como Italia ya destinan un 15,6% de su PIB a pensiones sin que el sistema haya colapsado.

Hagamos números: si hoy el PIB es 100 y dedicamos 11,5 a pensiones, quedan 88,5 para el resto de la sociedad. Si en 2050, gracias a un crecimiento moderado de la productividad (entre el 1,2% y 1,5% anual), el PIB sube a 180, dedicar un 16% a pensiones (28,8 puntos) dejaría 151,2 puntos para el resto de la población. Es decir, la sociedad sería mucho más rica que la actual incluso pagando más pensiones. 

El Nuevo Contrato Social: Fiscalidad en la Era de la IA

No es posible financiar el bienestar del futuro con las herramientas del siglo pasado. Ante un escenario donde la robótica y la Inteligencia Artificial (IA) asumen roles históricamente humanos, estas tecnologías deben integrar también su responsabilidad fiscal. En 2026, el debate sobre el impuesto a la robótica ha dejado de ser una teoría académica para convertirse en una hoja de ruta política destinada a blindar el Estado de Bienestar.

La digitalización es el motor de esta transición. Se estima que la adopción de IA podría quintuplicar la productividad en sectores clave, permitiendo que un trabajador en 2050 genere el doble de valor que hoy. Esta eficiencia no solo evita asfixiar la economía, sino que impulsa un círculo virtuoso de sostenibilidad:

·Salarios y Cotizaciones: Una mayor productividad permite elevar las bases salariales y, con ello, fortalecer la seguridad social.

·Compensación Demográfica: La capacidad de generar más valor con menos mano de obra mitiga el impacto del envejecimiento poblacional.

·Nuevas Vías de Ingreso: La creación de tasas sobre la economía digital y los sistemas automatizados permite capturar riqueza que ya no depende exclusivamente del esfuerzo humano.

Para que la tecnología no sea un factor de desigualdad, la política fiscal debe actuar como el puente que redistribuya los beneficios de esta revolución en favor de toda la sociedad. Es imperativo transitar hacia un nuevo modelo.

El verdadero desafío: ¿Demografía o Distribución?

Aunque España registra máximos históricos de población activa —superando los 24 millones de personas—, el éxito de nuestro sistema no vendrá determinado por el número de trabajadores, sino por nuestra capacidad de producción por hora trabajada. El verdadero peligro no reside en el aumento de la longevidad, sino en nuestra incapacidad para redistribuir la riqueza generada por la tecnología. Así, la supervivencia de las pensiones deja de ser un dilema de matemáticas demográficas para convertirse en una cuestión de ambición tecnológica y justicia distributiva.

Como advierte Thomas Piketty, si el rendimiento del capital tecnológico crece a mayor ritmo que la economía real, el riesgo no es la escasez de recursos, sino su extrema concentración. La solvencia del sistema depende hoy de una decisión política trascendental: ¿gravaremos la capacidad productiva de los activos digitales o seguiremos asfixiando exclusivamente las nóminas humanas? 

Es una deshonestidad intelectual agitar el fantasma de la natalidad mientras los beneficios de la automatización se filtran por las grietas del sistema

En definitiva, las pensiones no son víctimas de la biología, sino rehenes de la distribución. Es una deshonestidad intelectual agitar el fantasma de la natalidad mientras los beneficios de la automatización se filtran por las grietas del sistema. La hucha de las pensiones no se llenará con más cunas, sino con la riqueza que ya producen las máquinas. La pregunta crucial para 2050 no es cuántos seremos, sino de quién será esa riqueza: de la sociedad en su conjunto o de unos pocos dueños de algoritmos.

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