Javier Milei hace de las suyas
Me duele la Argentina, otras veces lo he dicho, o mejor: me duele ese presidente que la determina y ahora es su rostro visible en el mundo. No sé si la gobierna o solo la utiliza para enriquecerse, llenarse los bolsillos (según datos públicos, su patrimonio en el último año ha crecido un 43 por cien), utilizando aspavientos ridículos y bulos y lamentables y miserables insultos a quien se le ponga por delante, sea el presidente español o sea la prensa o sean los zurdos, como califica él a quien tiene un pensamiento progresista y opuesto a su obcecada y carca mirada. Una Argentina que declina a cada mes con un aumento notable de la penuria general, un país cuyos habitantes buscan sobrevivir, pese al presidente Javier Milei, quien dirige la nación como si fuese su predio privado. ¿Dónde se esconde el milagro Milei? El aumento de calamidades es exponencial. En torno a quince millones de pobres (32 por cien), casi cuatro millones de indigentes (cerca del ocho por cien) y alrededor del 45 por cien de los niños cohabitan hundidos en la pobreza extrema desde que accedió al poder. Una clase media triturada. Me pregunto cómo se puede llegar a ese nivel de desconsuelo por parte de un país, un país hermano, un país querido, un hermoso y rico país, un país que algunos descubrimos a los diez años leyendo la Mafalda de Quino, cómo no romper el bucle.
Descubrimos y aprendimos el voseo, los giros, incluso interiorizamos términos del lunfardo y del cocoliche, este merced a esa mezcla jubilosa del español y el italiano. Aprendimos a callejear, primero de un modo virtual, por ejemplo con las fotografías de Horacio Coppola, por San Telmo, llegamos a la calle Corrientes, el pasaje Güemes, el subte en Constitución-Retiro, el impresionante edificio Kavanagh, la avenida Roque Sáenz Peña con Suipacha, el Obelisco y el Luna Park, y luego recorrimos casi sin aliento, entonces ya sin rastro de virtualidad, la bella ciudad con tantas señales europeas en su arquitectura, en el trazado de las avenidas y en los comercios y lecherías y el Café Tortoni. Aprendimos a saber lo linda que es la Argentina en todos sus tramos. Y todo eso lo aprendimos -no pretendo ser exhaustivo, solo cito nombres que me vienen al pelo- con las aguafuerte porteñas de Roberto Arlt, con Silvina Ocampo, con Jorge Luis Borges, con Adolfo Bioy Casares, con Osvaldo Soriano, con Julio Cortázar y Juan José Campanella y Mariana Enriquez y Samanta Schweblin y Alejando Agresti y Ricardo Darín y Federico Luppi y Norma Aleandro y Fabián Bielinsky y Héctor Alterio y Gardel y el dulce de leche Chimbote.
Un país se construye desde la dignidad, por mucho que Milei pretenda cargársela con sus censuras y mentiras, algo que observamos en actitudes de siempre en los partidos reaccionarios de siempre, ahí Colombia y las recientes disposiciones impuestas por Abelardo de la Espriella en torno a la supresión de aquella pintura que opere a favor de los derechos individuales de las personas, pero igualmente se construye a partir de las formas. ¿Puede Milei, que se sirve de un modo u otro del protocolo de seguridad que le brinda un país, España, comportarse como un auténtico orangután (que me perdonen los orangutanes) y lanzar su motosierra verbal sin que haya alguien cercano que le diga compórtese, hombre, que representa a un país digno, un país culto, un país que está por encima de sus payasadas (que me perdonen los payasos), demuestre un mínimo de educación?
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