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Música | Crítica

La sinfonía total de Mahler

Fisher, Mussad y Morison saludan tras el concierto.

Manuel Muñoz

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La presencia de Mahler en los ciclos sinfónicos de todo el mundo es una constante. Si bien su música tuvo muchas dificultades para ser aceptada por sus contemporáneos, en las últimas décadas sus sinfonías son garantía de éxito de público. Además, a diferencia de lo que ocurría hace unos años, la Segunda, “Resurrección”, y la Tercera, ambas de amplia duración, con gran despliegue orquestal y vocal, son hoy las más frecuentadas. No dejan de programarse mucho, sin embargo, la Primera y la Cuarta, las menores en duración del ciclo y muy adecuadas como segunda parte de un concierto.

El Palau de la Música ofreció el pasado día 20 la Tercera, una magna obra en torno a los 100 minutos de duración, con amplios efectivos orquestales que incluyen dos juegos de timbales, bombo y dos arpas, una cantante solista y coros femenino e infantil. En su programación 2026-27, la Orquestra de València tiene previsto hacer también la Primera, el 18 de diciembre, y la Sexta, el 19 de febrero de 2027. Por su parte, el Palau de les Arts hará la Cuarta el 18 de diciembre y la Segunda el 1 de junio. 

Mahler había incorporado la voz humana por primera vez en su Segunda sinfonía, siguiendo los pasos de Beethoven en su Novena. “Mi sinfonía”, dijo Mahler con respecto a la Tercera, “será algo que el mundo no habrá oído jamás. La naturaleza tiene en ella su voz y nos habla de misterios profundos que solo en sueños hemos presentido”. La imagen de gran cosmovisión que supone esta obra se ve reforzada por los epígrafes que el compositor puso a cada uno de los seis movimientos de que consta y que luego desechó: 1. Pan, espera, llega el verano. 2. Lo que me dicen las flores en el prado. 4. Lo que me dicen las criaturas en el bosque. 4. Lo que me dice la noche. 5. Lo que me dicen las campanas matutinas. 6. Lo que me dice el amor. Según la concibió Mahler, el amplio primer movimiento, de más de media hora de duración sería la primera parte y el resto los otros cinco, coronados por el último, anotado Langsam. Ruhevoll. Empfunden (Lento. Calmado. Sentido).

La Sinfónica de Düsseldorf venía con Ádám Fischer (Budapest, 1949), su director titular, que ya estuvo en el Palau el 15 de enero de 1919 haciendo la Novena de Mahler con la misma agrupación sinfónica. También vino Fischer el 18 de abril de 1995, entonces con la Sinfónica Estatal Húngara para hacer Dos imágenes para Orquesta y El castillo del duque Barbazul de Béla Bartók. Fischer dirigió todas las representaciones del Anillo del nibelungo en el Festival de Bayreuth de 2001 a 2004, y las de Parsifal en 2006 y 2007. En 2010 dimitió como director de la Ópera Estatal de Hungría como protesta por las políticas ultras del presidente Viktor Orbán. El programa de mano indica que Fischer está grabando las sinfonías completas de Haydn. En realidad lo hizo entre 1987 y 2001, con la Orquesta Austrohúngara Haydn. Esa grabación, la primera digital de esas obras, salió a la venta en el sello Brilliant hace 25 años.

La versión de Fisher fue intensa y profunda, con un brillante primer movimiento, en el que condujo con precisión el complejo entramado rítmico y sonoro que presenta, al término del cual hubo un amago de aplauso de una parte del público, que fue sofocado por algunos siseos. En realidad, solo ese tiempo ya es en sí mismo una obra maestra. Especialmente en el segundo movimiento hubo pifias notables y alguna entrada imprecisa que enturbiaron el buen nivel del conjunto. En el tercero, el solista de Posthorn, Bassam Mussad, que tocaba desde fuera de la sala a través de una puerta abierta en la tribuna derecha, exhibió un aterciopelado sonido, con muy bellos pasajes sobre las notas largas de los violines.

Los versos de Así hablaba Zaratustra de Nietzsche son en el cuarto movimiento una especie de descenso a la noche del superhombre, cantados por la mezzo escocesa Catriona Morison con delicada sensibilidad. Sonaban a continuación las campanas y la canción Tres ángeles cantaban, de Des Knaben Wundenhorn (El cuerno infantil de la abundancia) en las voces infantiles de la Coral Juan Bautista Comes y las femeninas del Orfeó Universitari de València. El efecto fue como un repentino amanecer de deslumbrante e ingenua alegría.

Finalmente, el último tiempo, que es casi otra obra distinta, permitió exhibir el bello fraseo de la cuerda y la profundidad de la interpretación de Fischer, con el bien dosificado crescendo y el jubiloso final, en el que sonaban todos los planos sonoros sin que los nutridos metales taparan el resto. Ese movimiento, tras el que vinieron las ovaciones, y los dos anteriores cantados fueron lo mejor de la tarde.

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