Carmen lleva 66 años como vendedora en Malasaña

Carmen Escobar, 81 años a sus espaldas, viuda, dos hijos, seis nietos y seis biznietos, es toda una institucion en Malasaña.

Desde su esquina de la Corredera de San Pablo con Espíritu Santo reparte suerte vendiendo lotería y se saca un extra rifando lotes de productos alimenticios que muestra en una cesta.

“Esto de la rifa está prohibido, según dicen ellos, pero hay que vivir”, cuenta Carmen. “No te creas que con todo el tiempo que llevo aquí aún me molesta la policía, sobre todo los más jóvenes, los nuevos que entran que no paran de preguntar o que me regañan. Pero de lo de la lotería sí que tengo permiso de Hacienda, mira, mira”.

Vendiendo desde 1943

Se puede decir que Carmen es el último vestigio del mercado callejero que un día unía las plazas de Juan Pujol y San Ildefonso siguiendo el trazado de Espíritu Santo y de la Corredera.

Empezó vendiendo frutas y verduras en el año 1943. Cuando quedó prohibida la venta en la calle probó suerte en el recién creado mercado de Barceló, pero se arruinó y, desafiando a la autoridad, volvió con una cesta a la calle, a San Ildefonso, con sus lechugas, ajos, perejil.

Cuenta que por aquel entonces eran tres o cuatro mujeres las que trataban de ganarse la vida de aquella manera y recuerda cómo tenían que salir corriendo cada vez que veían a la policía, que les quitaba el género.

“Como los manteros de ahora, corriendo con el cesto de aquí para allá. No pocas veces me han pisoteado los guardias las lechugas. Recuerdo a uno que era especialmente duro, Daniel Muro se llamaba”.

De padres a hijos

Para su clientela habitual, Carmen no sólo es la persona que vende lotería y rifa, sino que forma parte de sus vidas. Algunos clientes la han heredado de sus padres como proveedora de toda clase de productos.

Carmen, quien afirma con buen humor que tiene casi tantas enfermedades graves como años lleva de vendedora en el barrio, 66, asegura que seguirá al pie del cañón hasta que el cuerpo aguante. “Tengo una pensión muy pequeña y con eso no me llega”.

A pesar de lo fácil que es entablar conversación con ella, es difícil entrevistarla por las continuas interrupciones a modo de saludo, bromas, dimes y diretes que le dedica casi todo aquel hijo de vecino que pasa a su lado: “¿Sabes que se ha muerto Felipe?”, “Si compraste ayer el periódico del Ansón tráemelo mañana, que ha salido Fulanita de Tal”, “¿Te debo algo o ya arreglamos cuentas?”, “Ya sé que estás atendiendo a un hombre, pero los demás, ¿somos de cartón piedra o qué?”

Un libro abierto

Quien no conozca a Carmen es porque jamás ha pasado entre semana, una mañana, por la Corredera de San Pablo. Quien quiera saber más de ella, o del barrio, sólo tiene que pararse en su esquina un rato y ella misma se le acercará.

Es un libro abierto de historia popular. No hay lugar ni suceso de las últimas seis décadas, que haya pasado alrededor de sus dominios, que no tenga controlado.

Todas las mañanas, entre las 9:30 y las 13:30 horas, está en su puesto de trabajo. El día que falta, el teléfono de su casa suena. Sus clientes, sus vecinos llaman interesándose por lo que le haya podido pasar. En la calle, sus escasas ausencias no pasan inadvertidas.

Curiosamente, Carmen Escobar vive en Lavapiés, en la calle Mesón de Paredes, pero pocas personas podrán presumir de ser tan de Malasaña como ella.