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Murcia dedica cuatro veces más calles a hombres que a mujeres: “Tienes que ser una santa para que te pongan una”

Nombrar una calle es un acto de memoria. No de toda memoria: más bien de la que alguien (un ayuntamiento, una comisión o una junta municipal) decide qué merece quedar fijado en el sitio más visible posible: la placa que da nombre al lugar donde la gente vive, trabaja y se orienta, o a donde llega el correo. El callejero de una ciudad es, en cierta medida, una lista de personas que se ha decidido inmortalizar. Y esa lista, en la ciudad de Murcia, como en casi cualquier ciudad española, es abrumadoramente masculina.

Más allá del pragmatismo, cuando las ciudades se expanden y las calles solo dan a otras calles, cuando las calles ya solo son ramales de la urbe sin mucha más identidad, los odónimos -los nombres propios de las calles- pasan a ser, en muchos casos, una forma de homenajear a los ilustres, a los santos, a las vírgenes y a todo aquel o aquella, sobre todo aquel, digno de tener una calle, una plaza o un jardín con su nombre. En Murcia, ese alguien tiene nombre de hombre en más del 80% de los casos en que ese nombre es el de una persona real.

Antes que nada, los números: de las más de 5.300 calles que conforman el callejero de Murcia, apenas algo más de un tercio lleva el nombre de una persona; aproximadamente el 37 por ciento. El resto, nombres neutros como por ejemplo la Avenida de la Libertad, responde a una lógica distinta. Pero de ese tercio que sí homenajea a alguien, la proporción es contundente; en números absolutos: 1.647 calles con nombre de hombre frente a 367 con nombre de mujer. Dicho de otra manera, por cada calle dedicada a una mujer en Murcia hay cuatro y media dedicadas a un hombre.

Figuras ilustres y ... masculinas

“Es un reflejo de la sociedad”, resume Mercedes Nicolás, presidenta de la Federación de Asociaciones de Memoria Histórica. “Nunca falta un maestro, un médico, o hasta un alcalde al que homenajear, pero la mayoría de las veces eran y son hombres. Las figuras ilustres del pueblo siempre han sido masculinas”.

Nicolás expone un ejemplo en concreto: en las pedanías de la ciudad siempre ha habido mujeres que asistían en los partos antes de que existiera la figura reglada de la matrona. “¿Por qué no hay un homenaje a esas mujeres?”, se pregunta. La respuesta está, en parte, en quién decide qué merece la pena recordarse. Y quienes deciden son “también, casi siempre, hombres”. Esta cifra todavía se afina más si se separa lo religioso de lo civil. Casi cuatro de cada diez calles con nombre de mujer en Murcia llevan el nombre de una Virgen o una santa; en el caso de los hombres, esa proporción baja a algo más de una de cada ocho. Cuando solo se cuentan personas del ámbito laico, la desproporción alcanza una ratio de más de seis a uno a favor de los hombres.

De las 367 calles con nombre de mujer en Murcia, 142 corresponden a vírgenes, santas o beatas. Esther Nevado, edil socialista ligada a la Comisión de Calles durante los dos años de gobierno socialista en el Ayuntamiento de Murcia, lo resume con una frase: “Casi parece que para que te pongan una calle tienes que ser santa”.

Esther Nevado llegó a la Comisión de Calles del Ayuntamiento de Murcia durante los dos años de gobierno socialista sin un diagnóstico previo del problema. El diagnóstico llegó solo. “Cuando convoqué la primera comisión, me di cuenta de que de veinte nombres que me proponían las pedanías, diecinueve eran de hombres”.

Un problema de escala

Era la costumbre cayendo por su propio peso. “Los alcaldes pedáneos solo proponían lo que siempre se había propuesto, y las juntas municipales votaban lo que siempre se había votado. Y la comisión aprobaba lo que le llegaba”. Pero Nevado decidió cambiar las reglas: modificó el reglamento para exigir que las propuestas de cada pedanía fueran paritarias durante un mandato completo. Si una junta presentaba dos nombres de hombre, la siguiente tanda tenía que ser de dos mujeres. Si no, la propuesta se devolvía.

La medida sigue vigente hoy en día y, según explica Nevado, la administración actual del Consistorio la respeta. Pero tiene un techo evidente. El municipio de Murcia no crece lo suficientemente rápido como para que el cambio sea perceptible en el corto plazo. “Harán falta doscientos años para llegar a la paridad del callejero”, sentencia. El problema es de escala: la comisión se reúne cada seis meses, aprueba una veintena de nombres por sesión y el grueso del callejero -construido durante siglos sin seguir criterios de paridad- permanece intacto.

Cambiar el nombre de una calle que ya tiene uno no es sencillo. La ley solo lo permite sin mayor trámite cuando hay motivación de memoria histórica de por medio. En el resto de casos, la placa queda donde está. “Qué prudentes somos los demócratas”, dice Jorge Dioni, ensayista y escritor, autor de La España de las piscinas y El Malestar de las ciudades, entre otros, al salir a colación el tema. “Los franquistas no tenían tantos reparos en cambiar el nombre a las cosas”.

Lobosillo: de nombres franquistas a femeninos

Hubo un lugar de Murcia donde sí se movió todo de golpe. Lobosillo es una pedanía pequeña donde hace poco, nueve de sus calles llevaban nombres franquistas, incluida una dedicada al propio Francisco Franco. Cuando la Ley de Memoria Histórica obligó a retirarlos, la Junta Municipal hizo algo que llamó la atención: las nueve propuestas de sustitución fueron nombres de mujeres.

“Las quitábamos por la Ley de Memoria Histórica y las nueve propuestas que se hicieron eran nueve mujeres”, recuerda Nevado. Mercedes Nicolás lo confirma: fue el cambio más significativo en el callejero murciano en términos de género. Una pedanía pasó, de golpe, “de tener media docena de franquistas a tener media docena de mujeres”.

Jorge Dioni pone de manifiesto un marco más amplio. “Lo que homenajeas con las calles o con las estatuas, con los nombres de los recintos deportivos... es la gente que importa”, dice. Es una declaración de intenciones. El callejero, en ese sentido, no es neutro: trata de discriminar quién hizo cosas y quién no. El asunto se complica cuando se intenta corregir.

La revisión incomoda, dice, porque “pone nerviosa a mucha gente que se siente cerca de entrar en el canon”. Lo mismo pasa con las calles: no es que nadie pierda la suya, pero sí que el baremo cambia. Y hay quien lo vive como una amenaza. “Hay gente que piensa en el mundo como en una tarta de la que, si alguien se come un trozo, ese trozo no me lo como yo.”

En las calles, pero no en las paredes

La desproporción no es solo simbólica. El libro El callejero, de Capitán Swing, recoge el caso de una calle en las Midlands inglesas cuyo nombre era un vulgarismo sexual. En 2018, un vecino impulsó una campaña para cambiarlo argumentando que el precio de los pisos de la zona podría subir decenas de miles de libras si desaparecía de la placa. El nombre de una calle mueve, además de autoestimas, dinero.

Aida Dos Santos, autora de Hijas del hormigón, apunta que hay estudios en Reino Unido que han encontrado precisamente eso: que las calles con nombre de mujer tienen precios de vivienda más bajos que las que llevan nombre de hombre. “No solamente hay menos calles de mujeres”, explica, “sino que cuando se decide ponerle el nombre de una mujer a una calle, no suele ser en los barrios más pudientes ni en los mejor considerados.” El sesgo no se limita únicamente a quién aparece en la placa: también determina el dónde.

Dos Santos añade otro giro: las mujeres son, estadísticamente, las que más recorren las calles a pie y las que más usan el transporte público. Y a veces, aunque no aparezcan en las placas, acaban dándole nombre a los espacios a través del uso. “Las plazas de abastos muchas veces no se llaman plazas de abastos”, explica, “pero como la actividad principal es que vayan las mujeres a hacer la compra, al final las calles acaban siendo conocidas por el uso que se le da y no por el nombre que le han querido poner. Son ellas las que habitan el espacio, pero son ellos los que figuran en la pared”.