Las razones de una podóloga por las que no siempre es recomendable que los niños hereden zapatos de sus hermanos

Para muchos padres la ropa heredada facilita mucho la vida y, además, es una opción económica. Al fin y al cabo, los niños crecen muy rápido y todo les queda pequeño en poco tiempo. En cada época del año todo lo de la anterior ha quedado pequeño. Tanto es así que se calcula que el pie de un niño puede aumentar unos ocho milímetros de media cada tres meses, un crecimiento mayor si el niño es más pequeño. Puede parecer lógico, ante este panorama, que reutilizar los zapatos sea lo más conveniente.

Pero, al igual que en los adultos, cada pie es único, tanto en su forma como en su manera de caminar, y los zapatos se adaptan a todas estas condiciones. Y en el caso de los niños es particular, sus pies no solo son versiones en miniatura de los de los adultos: son suaves, flexibles y están en constante desarrollo. Además, los niños estiran, moldean y doblan los zapatos según su estilo de movimiento individual y dejan una huella permanente de su anatomía única en cada parte del zapato. Por tanto, pasar estos zapatos preformados a otro niño puede no ser la mejor idea.

Motivos por los que es mejor no ceder los zapatos a otro niño

Cuando un niño usa unos zapatos durante un tiempo, este tiende a adaptarse a su biomecánica, es decir, a su forma particular de moverse y de caminar. Si un niño usa unos zapatos que ya han sido usados por otro, es probable que el calzado ya esté ‘moldeado’ al patrón de marcha, lo que puede causar problemas.

“No es recomendable que los niños hereden los zapatos de los hermanos mayores ya que pueden estar deformados y afectar a la pisada”, explica Rebeca Prieto Riaño, podóloga. Cuando se usa un zapato, se crean zonas de desgaste que pueden actuar como pequeñas cuñas y alterar la forma de caminar de quien lo hereda. Estos cambios pueden provocar una mala alineación de los pies, las rodillas o incluso las caderas.

“Un zapato ya desgastado por otra persona hace que el pie tenga que adaptarse a esa deformidad y pise de forma muy distinta a la que lo haría con un calzado nuevo, pudiendo provocar alteraciones biomecánicas que originen lesiones tendinosas y musculares, alteraciones dérmicas como ampollas y rozaduras, incluso hongos”, advierte Prieto.

Los pies de los niños, además, aún están en desarrollo y sus zapatos deben proporcionarles la sujeción adecuada y adaptarse a su crecimiento. Los zapatos usados pueden tener suelas desgastadas, estructuras debilitadas o daños ocultos que no son visibles a simple vista. Estos problemas pueden afectar la estabilidad, la durabilidad y la seguridad del calzado, aumentando así el riesgo de lesiones.

Debido a la maleabilidad de sus pies, los niños son particularmente vulnerables a un calzado inadecuado o que no les proporcione el soporte necesario. Así que un zapato demasiado ajustado, suelto o mal usado puede afectar la alineación del pie, el equilibrio e incluso la postura.

Aunque solemos suponer que son nuestros pies los que se están acostumbrando a los zapatos nuevos, en realidad son los zapatos los que están cambiando su forma de manera sutil. Por eso cambia la sensación que nos producen unos zapatos después de una semana de usarlos en comparación a cuando nos los probamos por primera vez en la tienda.

Y esto también es válido para los niños. Correr, jugar y revolotear continuamente es suficiente para que la forma de sus zapatos se adapte a la forma y biomecánica únicas de sus pies.

En qué fijarnos si queremos aprovechar los zapatos

Los zapatos no solo cambian de forma sino que, con el tiempo, también se desgastan. Tanto la entresuela como las plantillas se comprimen, las suelas empiezan a perder tracción y, por tanto, no ofrecen el mismo nivel de sujeción ni de amortiguación que un par de zapatos nuevos.

Aunque generalmente se desaconseja que los hermanos pequeños hereden zapatos usados, existen algunas excepciones. “Sí es razonable en algunos casos si se han usado poco y están, a primera vista, en perfecto estado, no deformado en la caña ni en el contrafuerte y no hay desgaste en la suela”, afirma Prieto. Solo en estos casos se podría valorar la opción de pasar los zapatos a un hermano mayor.

En este sentido, podría valorarse la opción en zapatos como “botas de agua y chanclas, que se suelen deformar menos en el contexto de su uso, en contraprestación en cambio con el calzado deportivo, para el que la reutilización sería una mala opción”, advierte Prieto.

Si decidimos reciclar el calzado, hay algunas señales a las que debemos prestar especial atención. Para Prieto, “lo más importante es mirar la suela, su desgaste; el contrafuerte y la caña, que no deben estar deformados; y la plantilla interior, que no tenga marcas de los dedos. Debemos buscar, en general, la simetría en ambos zapatos”.

Para saber si esto se cumple, la especialista nos da un truco: poner el zapato en una superficie plana y ver si bambolea al tocarlo. Lo ideal es que esté estable en la superficie.