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LOS PARTISANOS

Bernie Sanders, la obstinación del corredor de fondo

2 de octubre de 2026 22:38 h

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Maquiavelo sugería que para conservar el éxito se debe adaptar la conducta según pasa el tiempo. La agudeza del florentino señala, sin que sea esa su intención, una particularidad del campo de la ficción: un personaje, en un guion o en una novela, debe estar sujeto a un cambio, al final de la peripecia debe ser otro. En la literatura hay alguna excepción; en la política, también. 

A finales de los años noventa, siendo ya un diputado veterano, Bernie Sanders publicó sus memorias políticas, Outsider in the House [Un intruso en el Congreso], en el que augura que será muy difícil ver realizados sus sueños a lo largo de la vida. Por entonces, se situaba a la izquierda del presidente Bill Clinton. En la misma posición se enfrentó a Hillary Clinton en las primarias de 2015 y, por entonces, casi veinte años después, reeditó el libro con un leve guiño en el título: Outsider in the White House [Un intruso en la Casa Blanca]. Como el texto es prácticamente el mismo, apenas menciona a George W. Bush y a Barack Obama, pero plantea una cuestión: ¿a dónde nos dirigimos ahora? “La mayoría sigue fuera del sistema”, sostiene, “la tarea, entonces, es transformar la política para que nadie se sienta excluido”.

El libro lo escribió con Huck Gutman, un poeta y académico de Vermont que le acompaña desde sus inicios. Otro dato para entender la forja de su carácter, más cercano a la lírica que a la farsa.

Bernie Sanders nació y se crio en Brooklyn en el seno de una familia polaca que escapó del Holocausto. A través de su hermano accedió a las lecturas de Marx y Freud que comenzarían a influir en su visión del mundo. Confesó alguna vez que de niño ya era consciente de que toda la familia paterna “había sido asesinada por Hitler”. También asumió pronto que perder no era una opción: cuando lo descartaron del equipo de baloncesto en el instituto sufrió un duro golpe que superó con el atletismo. Se dio cuenta de que se le daba bien correr. Desde entonces no ha hecho otra cosa en la vida. Correr y correr, sin parar.

A finales de los años sesenta se instaló con su pareja en Vermont, en una vieja cabaña sin luz ni agua corriente. Sanders vendía anuncios, a veces trabajaba de carpintero y, de manera constante, escribía artículos políticos en The Vermont Freeman, un semanario regional de contracultura. Por entonces participaba en las reuniones del Liberty Union, un partido de izquierdas de Vermont que siempre estaba en crisis y al que durante una convención se ofreció como candidato a senador. Su única inquietud la concentró en una pregunta: “¿Qué tengo que hacer?”. Cuenta en Outsider in the House que durante una entrevista en la radio, “un ruido sordo atravesó las ondas”. Eran sus rodillas golpeando la mesa.

No era fácil la vida de Sanders, quien, por supuesto, perdió no una sino varias elecciones. Por entonces, separado y desahuciado de su casa en Burlington, vivía con un amigo, Richard Sugarman, profesor de filosofía en la Universidad de Vermont, quien cuenta que Sanders sufría por el choque entre sus ideas y el rechazo constante de las urnas. Por las mañanas, al levantarse, dice Sugarman que en lugar de darle los buenos días, le saludaba diciendo: “No estamos locos”. Al reprochárselo, Sanders insistía: “No–estamos–locos”.

Algo de razón llevaba ya que, después de abandonar el partido, en 1981 consiguió al fin su primer triunfo: ser elegido alcalde de Burlington, la ciudad más grande del estado y el primer paso firme hacia el Congreso y las postulaciones como socialista independiente (en el marco del Partido Demócrata) a las primarias presidenciales. 

Cuando Sanders alcanza la alcaldía triunfa la experiencia ya que si bien Liberty Union era un partido marginal, le descubrió, a la larga, que poseía capacidad para desarrollar habilidades en la organización partidaria, virtudes como orador en las tribunas y capacidad para atraer la atención en los sets de televisión. El paso del underground al mainstream lo vivió de manera natural 

Sanders supo leer los números, una cuestión que era más importante que tejer utopías. En 1976, en Burlington, le habían votado 1.649 personas para su postulación como gobernador. Cuatro años después, sabía de dónde procedían: distritos, clases sociales, grupos etarios... Al extrapolar los datos, la proyección era optimista. Pero hay más, lo realmente importante, y aquí el arco del tiempo hace un juego de espejos con el presente. En Burlington, para entonces, había habido un cambio de población con afluencia de estudiantes y jóvenes profesionales que produjo una crisis de la vivienda. Un choque generacional y una cuestión de clases negada por el gobierno y los propietarios dejando a los inquilinos sometidos a la intemperie. ¿Suena el tema, verdad? Su principal consigna, prometiendo una solución a los problemas de la vivienda, se centró en esa causa. Ganó por diez votos. 

Sanders repetiría cuatro veces como alcalde y dejaría de postularse por voluntad propia para optar al Congreso, entregando una ciudad que hoy está considerada entre las de mejor calidad de vida del país. Además del impulso económico, la rehabilitación de la zona costera y la gestión social, Sanders creó una organización de promoción de viviendas asequibles que ha sido una referencia a nivel nacional. 

Al decidir dar el gran salto, es decir, ingresar al Partido Demócrata al frente de una corriente socialista enfrentando al sector más conservador, y plantar cara a Clinton, en las primarias de 2015, abre una posibilidad de cambio que incluso le sorprendió a él mismo. Cuando plantea en su libro que no cree poder ver en vida sus sueños, nada hace presagiar que el segundo triunfo de Trump llevaría a una vía muerta a las demás opciones demócratas.

La virtud, que incluso asombra, es que su huella vital ha sido recogida por la nueva generación de políticos socialistas como Zohran Mamdani, Alexandria Ocasio-Cortez Abdul El-Sayed. La elección de Mamdani, si se deja de lado el entorno virtual, es el mismo modelo de trabajo de base que triunfó en 1983 en Burlington.

Cuando en 2015 Politico quiso hurgar en la vida privada de Sanders, se topó con un muro. Cuando le preguntaron, entonces, al portavoz de la campaña de Sanders, Michael Briggs, mediante correo electrónico, si había algo, que en su opinión, Politico debería saber, dijo que sí. Esta fue la respuesta: “La clase media se está desmoronando. La desigualdad de ingresos y riqueza es mayor ahora que en cualquier otro momento desde antes de la Gran Depresión. Los estadounidenses trabajan más horas por salarios más bajos, y están enfadados. Ese tipo de cosas, deberían saberlas”.

Esta era la consigna de Sanders en Liberty Union. Sigue siendo la misma, en las tribunas de Fighting Oligarchy (Lucha contra la oligarquía), donde junto a Alexandria Ocasio-Cortez recorre el país y señala a los tecnoligarcas que acompañan a Trump, con la misma fuerza que lo hacía en 1974 culpando al clan Rockefeller de buena parte de los problemas de Estados Unidos. A esa causa habría que incorporar el Ban Artificial Superintelligence Act [Ley de Prohibición de la Superinteligencia Artificial], una herramienta política que propone congelar el desarrollo de la IA hasta que el organismo regulador federal apruebe la normativa correspondiente. Sanders acaba de presentar el proyecto en el Senado y Greg Kasar, demócrata de Texas y presidente de la Coalición Progresista en el Congreso, lo ha hecho en la Cámara de Representantes. 

George Smiley quizás sea un personaje literario cuyo carácter inmóvil se asemeje al suyo. Puede que la comparación, además, parezca antitética. Pero Smiley, el espía de John le Carré, jamás, a lo largo de la saga, se apartó de una visión escéptica que construyó mirando detrás del telón de acero y a su propio bando, sin terminar de tener claro cuál era el lado bueno de la Guerra Fría. Cambiaba, sí, a lo largo de las páginas, la conducta de un topo de la inteligencia británica e incluso, en la última entrega, mutó Karla, la némesis soviética de Smiley. Él, nunca.

Bernie Sanders tampoco. Tiene una única mirada del mundo.