Abandonad toda esperanza
Estas elecciones no son unas elecciones cualesquiera. Con ellas vamos a terminar de enterrar el espíritu de la transición, el estado del bienestar y un contrato social que ya funcionaba al trantrán para la parte contratante con menos ases en la manga, es decir, nosotros, el pueblo. Un porcentaje no desdeñable de ese pueblo ha dejado de creer en la democracia, lo que explica que algunos partidos aseguren que si gana el adversario, se destruirá España. Y es muy posible que nos espere un futuro negro y un cambio terrible de época, pero no porque España sea una excepción, sino porque ha dejado de serlo.
La última moda en Europa y América (de norte a sur) es asegurar la llegada al poder de la ultraderecha, la derecha populista, trumpista o como ustedes prefieran denominarla, con la inestimable ayuda de la derecha de toda la vida. Una vez allí instalados, se procederá a reformas electorales tipo Meloni para acabar con el multipartidismo y premiar a la coalición en el poder, y así no tener que someterse a una matemática parlamentaria que obliga a buscar consensos con minorías molestas que tienen otra idea de país.
Eso no quiere decir que, si gobiernan Feijóo y Abascal con los 200 escaños que le otorgan las encuestas, vayan a deportar a todos los inmigrantes, prohibir el aborto o eliminar la ley de violencia de género. Veremos representaciones performativas y crueles destinadas a sus votantes, con la libertad, la seguridad, el patriotismo y el dinero como protagonistas. Como ejemplo, fíjense en lo último de Trump. Ha convertido a ICE, la fuerza que se ocupa del control migratorio, en una especie de SS capaz de acribillar el coche de un inmigrante que viajaba con su hijo de cinco años en la ciudad santuario de Nueva York. Con pocas horas de diferencia, la Administración anunció que mantenía, de momento, el estatus de protección temporal para los ciudadanos de El Salvador, que expiraba el miércoles pasado por orden del presidente Trump. Los ciudadanos salvadoreños podrán permanecer en EEUU. El motivo detrás de esta decisión, que podría parecer proinmigración o fruto de su buena relación con Bukele, es la labor de cabildeo del poderoso lobby de la construcción: uno de cada cuatro obreros del sector en Washington son salvadoreños con estatus de protección temporal, y esto incluye los que están construyendo el salón de baile de Donald Trump. Lo mismo sucederá en España, si Feijóo quiere cumplir aunque sea una décima parte de su promesa electoral de construir un millón de viviendas. Como colofón, la mayor parte de esa vivienda que se construirá gracias a los inmigrantes no estará al alcance de los trabajadores, ni nativos ni extranjeros, y la adquirirán los sufridos propietarios rentistas que ya tienen dos, tres, quince o 150 casas en su haber.
Feijóo ya ha advertido de que pedirá sacrificios al país y una ya sabe a quién le tocará sacrificarse. Una vuelta de tuerca más al ahogo de la clase trabajadora, pero no lo suficiente para que dejemos de pagar la hipoteca/alquiler, la inflada cesta de la compra y los cheques a Quirón y demás lobbies del montón. La derecha sí bajará los impuestos, a costa de ahondar en el deterioro de los servicios públicos. El ahorro no será suficiente para pagar el colegio privado del niño, la universidad chiringuito de la niña, el seguro médico y el plan privado de pensiones, pero el dinero estará en nuestro bolsillo y no en los del malvado Sánchez. Se congelará el salario mínimo y se diseñarán políticas que beneficien a empresarios y propietarios, cargando esos beneficios a las espaldas de trabajadores e inquilinos, que tendrán que ir a trabajar enfermos y renunciar definitivamente a cualquier derecho que colisione con la sacrosanta propiedad. También es posible que un porcentaje de población vulnerable se vea abocada a vivir en los márgenes por la vía de suprimir las redes asistenciales del Estado, las “paguitas”, siempre que el receptor no tenga dónde caerse muerto. El poder judicial entrará en un periodo de plácido letargo y no interferirá más en las decisiones del ejecutivo y del legislativo. España será, por fin, un paraíso libre de comunismo.
Para impedir este sagrado advenimiento de Feijóo+Abascal, el PSOE debería llegar al 30% de los votos, y las izquierdas a su izquierda, superar el 11%. Y, además, maximizar el voto en determinadas provincias, bien por la fórmula de concurrir juntos bajo un mismo liderazgo y programa, o por la vía de dejar de concurrir, dejando el espacio libre al partido de izquierdas con mayor posibilidad en cada territorio. Esto, que se cuenta pronto y parece fácil, es metafísicamente imposible. Por la diversidad de marcas, protagonistas y objetivos y la vieja imposibilidad para ponerse de acuerdo en favor del interés común. Ya lo escribió Dante a la entrada del infierno: Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate. Solo nos queda hacer nuestra parte, votar como si no hubiera un mañana para que conseguir, contra todo pronóstico, que haya un mañana.