Una bomba atómica para el PSOE
“¡Espartanos! Preparad vuestro desayuno y comed bien porque esta noche cenaremos en el infierno”, les dijo a sus tropas el rey Leónidas antes de acometer la batalla de las Termópilas donde sabía que el ejército persa de Jerjes les haría sufrir hasta la derrota. Nos lo cuenta el filósofo griego Plutarco (siglo I d.C.) pero nos suena muy reciente porque se la hemos escuchado al actor Gerard Butler en la película “300” de Zack Snyder. Es espeluznante esta alocución épica que convierte el ardor guerrero en heroicidad digna de mérito. Lejos de las bárbaras costumbres de la antigüedad, los líderes políticos de hoy en día -con otros modos pero idéntico objetivo- también se valen del ardor guerrero en sus filas para arengarles a la resistencia ante el ataque del adversario. “¡Más madera! ¡Esto es la guerra!”, que diría Groucho.
Mientras en la oposición se lanzan las huestes a despedazar a los caídos ahora investigados por la justicia porque creen llegada la hora del golpe definitivo al presidente socialista, por su situación de debilidad a causa del acoso judicial. El problema del discurso hiperbólico de Núñez Feijóo es que lo ha extremado desde el inicio hasta la extenuación y ahora, carece de credibilidad, como le ocurrió a Pedro con el lobo del cuento. El líder del partido en el poder, por su parte, pide a los suyos que mantengan la moral bien alta para soportar los embates cuando, en realidad, todo indica que les espera un infierno en esa huida hacia adelante.
Las supuestas actuaciones del expresidente Zapatero en la causa que mantenía en secreto la Audiencia Nacional -articulada en 8 tomos en base a indicios recabados por investigaciones internacionales e informes policiales de la UDEF- ha caído como una bomba en la sociedad española, tanto en su partido como en toda la izquierda progresista. Era un referente ético, una persona idealista, rayana en la ingenuidad, que predicaba la no violencia y representaba el buen talante, la ejemplaridad y los derechos civiles. Fue el único presidente de la democracia que salió indemne de la corrupción en sus dos mandatos, que vieron cómo retiraba las tropas de una guerra ilegal, el final de ETA y el mayor avance en igualdad que la legislación española haya conocido hasta ahora. Y resulta que el auto del juez Calama nos descubre, con toda su contundencia, a un personaje desconocido y más cercano a los chismes y bulos propalados por sus detractores que a lo que la izquierda siempre había pensado del expresidente. La dolorosa textualidad de los indicios judiciales ha causado una doble frustración a quienes nos negábamos -me incluyo- a dar crédito a los rumores que creíamos interesados como todo el fango de la desinformación que nos acecha. No hemos sabido distinguir los datos ciertos, que aparecían revueltos con las mentiras y maledicencias del estercolero de desinformación. Mientras los tribunales recababan indicios para instruir la causa judicial en secreto, la ciudadanía vivía en la ignorancia. Aunque no todo el mundo era ajeno al trabajo policial porque ahora ya sabemos que el Partido Popular y sus terminales institucionales y mediáticas estaban al cabo de la calle y los pseudomedios se afanaban en la intoxicación. Ya advierten los teóricos de la comunicación que la saturación es una forma de censura.
A la sorpresa, la incredulidad y la estupefacción inicial de la militancia socialista, le siguió la depresión y la tristeza propia los niños que descubren que Papá Noel no existe. Buscaron pruebas en los indicios y se consolaron con su ausencia, como quien se tapa los ojos para que los demás no le vean. Esperemos a que actúe la justicia. Esto no puede ser verdad. Lo han utilizado en su campaña contra Sánchez. Y a esta tesis ya no pudieron agarrarse cuando el juez Pedraz, también de la Audiencia Nacional, abrió la caja de Pandora al descubrir, supuestamente, la existencia de una segunda trama en el PSOE para actuar en las alcantarillas del Estado y así frenar las causas judiciales que le afectan. Además de un expresidente imputado, ya tenemos a los dos secretarios de Organización del partido en el poder -Ábalos y Cerdán- presuntamente situados al frente de sendos grupos para delinquir. En paralelo, se abre juicio oral contra el hermano de Pedro Sánchez y el juez Peinado aprovecha su minuto de gloria para echar más leña al fuego y amenazar a la esposa del presidente con mandarle a la fuerza pública para llevarla a su presencia.
Al margen de las actuaciones policiales en marcha y de que los procedimientos judiciales que se siguen sean o no condenatorios de las personas que están ahora acusadas, nadie puede negar el impacto político demoledor que estos hechos han tenido en la sociedad española. La coincidencia de tantos movimientos en tan poco tiempo induce a pensar en una voladura programada y preparada contra el PSOE. Nunca lo sabremos a ciencia cierta y si llega a conocerse el origen coincidente será dentro de tanto tiempo que no nos acordaremos. Sea como fuere, el mal político ya está hecho, independientemente de lo que ocurra en los procesos judiciales. La ciudadanía ya no distingue la Kitchen de las investigaciones a Leire Díez; el caso Plus Ultra de la condena al Fiscal General; a Bárcenas de Cerdán, Francisco Martínez y “ZZZ” el “one”…
La desconfianza es el síndrome indiscutible de un electorado saturado por casos de corrupción que afectan a los dos partidos que se suceden en el poder. La ciudadanía ha perdido la confianza en sus dirigentes y se ha desgastado así el valor primero de toda democracia; un régimen de opinión pública que se basa en las relaciones del pueblo con sus dirigentes. En la desafección del electorado socialista va a jugar un papel primordial el desencanto por lo que hemos conocido en estos días. El daño puede ser de muy difícil reparación porque no tenemos precedentes de los que poder echar mano para saber qué camino seguir, además de que, sin duda, los efectos se prolongarán en el tiempo. Como los terremotos, no se puede descartar que haya réplicas, de hecho, existen otras piezas separadas de la causa por tráfico de influencias contra Zapatero que todavía son secretas. Sin olvidar que a Ábalos, Koldo y Cerdán les quedan días en el banquillo.
Creo que no hay otros casos similares de un golpe tan brutal. En la historia de nuestra democracia, hemos visto que las “voladuras” de otros gobiernos afectados por la corrupción fueron más lentas y paulatinas hasta prolongarse en dos mandatos. Pensemos en la doble legislatura de Felipe González cuya decadencia empezó en 1991 con el caso del hermano de Alfonso Guerra, siguió con Filesa, Malesa y Time Sport, por financiación ilegal del partido; los GAL y el uso de fondos reservados; los desfalcos de Roldán, primer director civil de la Guardia Civil, y el gobernador del Banco de España por el caso Ibercorp, entre otros. Aznar heredó una financiación de Alianza Popular que le estalló en el caso Naseiro en 1990. Pero la trama más grave y vasta de su etapa al frente del PP se concretó en el caso Gürtel, con la deriva del juicio contra su tesorero, Luis Bárcenas. Sin olvidar la icónica detención de Rodrigo Rato, todo un exvicepresidente del Gobierno, empujado por un policía y esposado. Aunque el partido perdió las elecciones en 2004 por la obsesión de Aznar con la guerra de Irak, el largo proceso judicial de Gurtel salpicó a Mariano Rajoy en sus dos mandatos y todavía siguen pendientes varios juicios. Solo ante una sentencia condenatoria, el PP desalojó el poder y no lo hizo por decisión propia sino como resultado de la moción de censura de Pedro Sánchez. En todo caso, estamos hablando de decadencias de legislaturas, meses y años. Ahora contabilizamos una explosión de días.
Como las bombas de Hiroshima y Nagasaki o el accidente de la central nuclear de Chernobil, el impacto político que está causando en el PSOE la imputación de Zapatero y la trama de pagos del partido para actividades ilícitas también tendrá efectos a largo plazo y seguirá causando heridas pasado el tiempo. La desmoralización que ha abatido a dirigentes y militancia no se espanta con discursos aguerridos de llamadas a la resistencia como si no ocurriera nada. El presidente del Gobierno es también el líder de su partido y está obligado a liderar y gestionar situaciones dolorosas y críticas como la actual, dar explicaciones y tomar medidas. Pedir fe ciega es inútil y solo ahonda en la desazón de las filas socialistas. Aferrarse al poder sin tener en cuenta que es responsable de un partido que se juega en estos momentos su futuro resulta, cuando menos, escapista.
Una dirigente local se quejaba amargamente esta semana porque un compañero de su hijo en el colegio le preguntó: “¿Tu madre también es corrupta como Zapatero?”. Concejales y concejalas, alcaldes y alcaldesas temen por su continuidad si el partido no reacciona y su líder sigue adelante pidiendo fe ciega a su gente, sin más, mientras la casa común se cae a pedazos a golpe de noticias de los tribunales. Los efectos negativos de la imagen del PSOE entre la sociedad española también será irreparable y puede condenar a los socialistas a la oposición durante años si no reaccionan adecuadamente. Cuando menos, la desolación llevará a la abstención en las próximas elecciones si nadie lo impide porque el electorado de izquierdas castiga con más dureza la corrupción que quienes votan a la derecha. Tras la pérdida del poder autonómico, que hace imposible la aplicación de leyes estatales, el PSOE puede perder los próximos comicios generales y, si no maneja bien esta situación, pone en riesgo los gobiernos locales, concejalías y entidades provinciales en manos de dirigentes socialistas. De poco vale disimular los efectos políticos nocivos de esta situación que serán catastróficos para el PSOE. Y alguien debe decírselo a Pedro Sánchez.