Caminante de todos los caminos
Pero es el viento lo que lo protagoniza todo: lo que hace que los cuervos y las urracas queden estáticos en el aire, lo que lanza a los gansos y faisanes más allá de los campos y regala el terreno de los pólder a las gaviotas, que están mejor acostumbradas y ahora son ellas las que acompañan a las ovejas a decorar el verde de los pastos junto a los caballos, los ciclistas y las nubes, es el viento el caminante de todos los caminos, que decía Gómez de la Serna.
Es el viento el que protagoniza mi primera-gran-tragedia como runner de bebidas en la terraza del restaurante: yo llevaba tres semanas haciéndome a la idea de que, en algún momento, esto tenía que pasar, porque estas cosas, igual que todas las demás, pasan, acaban pasando; todo -¡todo!- acaba pasando. La primera vez que cogí una bandeja pensé, bueno, quizá sea mejor llevar algo que pueda considerarse “pesado” a otras cosas más ligeras, como unas copas de vino vacías, o incluso llenas; sabía que eso iba a ser mucho peor que un puñado de esas pesadas cervezas de trigo en botellas de medio litro porque cada parpadeo, despiste, comentario o resoplido del destino iba a llevar parte de esa carga directamente al suelo o, peor aún, sobre la cabeza de algún cliente.
Las tres primeras filas de mesas son generalmente fáciles de servir porque están a una altura que podría considerarse estándar: el viaje que ha de hacer la mano desde la bandeja puede llevarse a cabo sin agacharse ni hacer peligrar la estabilidad del brazo en ningún momento. El problema es la hilera que está más pegada al cortavientos de cristal que da hacia la playa. No voy a negar que si fuera yo cliente no me sentaría exactamente en esas mesas porque son las más cómodas y las que mejores vistas tienen pero, ay del pobre que tenga que atenderte en esas mesas de dos palmos de altura, agacharse y mantener la compostura, el equilibrio, mantener el raciocinio y el saber estar, mantener todo en su sitio y saludar a una, a dos, a tres, he llegado a saludar a diez personas, en esas mesitas de juguete y servir a cada uno su apfelschorle, su chocolate caliente aunque estén sudando a mares por el calor -aquí a veces también hace calor- o su té de menta que cobramos a precios absolutamente delirantes, al menos para los bolsillos españoles.
Así que sale un ticket desde la barra que es sencillo y canónico y fácil y pesa poco aunque pesa lo justo para que cada paso no haga bailar las botellas y los vasos como si fuesen un muñeco inflable de las gasolineras y pongo cada cosa sobre la bandeja y voy hacia la mesa decidido, confiado como siempre, alegre incluso, feliz, por qué no decirlo, y me encaramo hacia una de esas mesitas bajas que hay en la esquina de la izquierda. Hago un inciso para comentar que nunca entenderé de esta gente del norte de Europa que suelen pedir las bebidas de dos en dos; o sea, una infusión de jengibre y una coca cola o, a lo mejor, un café con la cerveza, y no sé si lo hacen por ahorrarse el pedir dos veces o porque van intercalando tragos de una cosa y de otra aunque a estas alturas prefiero no saber y pensar en que cada viaje que hago con dobles bebidas me acerca más a la posibilidad de tener una casa en propiedad en España.
La mesa la ocupan dos personas que me sonríen mientras me acerco a ellas y las saludo con un diplomático Hi! que hace las del saludo en inglés, pero también en holandés, que se dice hoi y se pronuncia hi, porque el holandés es al inglés y al alemán lo que el catalán es al español y al francés y miro de reojo el ticket y pregunto que para quién es la infusión de jengibre y para quién el café y me responde una de las dos señoras que todo para ella, madre mía, así que el Rivella y el botellín de coca cola debe ser para la otra, que tengo de frente, y cuando ya está el Rivella en sus manos y el vasito con el hielo y el limón para el otro brebaje, en ese momento, el viento. Porque es el viento el que lo protagoniza todo: lo que hace que se muevan los molinos de mostaza a las afueras del pueblo, lo que deja salir a los veleros más allá del mar de Frisia y lo que hace que el puñetero botellín solitario gire como una peonza y yo, inexperto y desequilibrado, medio agachado y con arena en los ojos, me sienta incapaz de compensar el hálito frío de los vientos y veo rodar el botellín, y lo que pasa después ya no importa tanto como el instante en el que sabes, con toda certeza, que todo lo que puede ocurrir acaba ocurriendo.