La matrioska de la vivienda
Imaginemos que el problema de la vivienda es una matrioska, una de esas muñecas rusas que contienen en su interior otras muñecas más pequeñas.
Lo que vemos en la primera matrioska resulta bastante obvio. Empezando por las cifras. En 2008, cuando estalló la gran crisis, se construyeron en España 615.072 viviendas. La burbuja de ladrillo, ¿recuerdan? En ese año, 2008, la población española ascendía a 46,2 millones de personas.
En 2025 se construyeron 94.791 viviendas. Con una población de 49,5 millones de personas. Comparen estas cifras con las del párrafo anterior. El problema salta a la vista.
Añadamos la especulación. Es cierto que los grandes inversores (eso que llamamos “fondos buitre”, una expresión tan poética como vaga) tienen una incidencia importante en el mercado del alquiler, especialmente en el centro de las grandes ciudades. También es cierto que la gran mayoría del mercado está en manos de pequeños propietarios a los que llamamos “rentistas”: sigamos, por qué no, con las expresiones poéticas.
Es posible (y necesario) aplicar medidas de protección social para quienes ya tienen alquilado un piso y sufren abusos del propietario. Pero, en último extremo, rigen las leyes del mercado. Hay poca oferta y mucha demanda. Y los precios de lo que se ofrece resultan inasumibles para la gran mayoría. Hablamos de la gran mayoría de quienes buscan alquilar, en general jóvenes. Porque más del 73% de la población vive en vivienda de propiedad: esa vivienda paterna de la que los jóvenes no pueden salir.
Conviene mencionar que la poca vivienda que se construye es cara ya de inicio, por la escasez de suelo, por cuestiones fiscales y burocráticas y por el encarecimiento de los materiales. Un piso nuevo que no sea un cajón, en una zona más o menos remota, difícilmente bajará de los 200.000 euros a precio de coste.
Es el momento de abrir esa muñeca de la vivienda y ver la otra muñeca que esconde en su interior: los salarios. Los sueldos en España son en general bajísimos, muy inferiores (en términos relativos, es decir, en capacidad adquisitiva) a los vigentes en 2008. Y muestran una estructura disfuncional. No es razonable que en una empresa los directivos ganen muchísimo más que el resto de los trabajadores. Tampoco es razonable que la pensión máxima supere los 45.000 euros anuales, mientras el sueldo medio apenas roza los 30.000. El sueldo medio está cada vez más cerca del salario mínimo: 17.000 euros. ¿Quién puede vivir con esos ingresos?
La explicación académica: los salarios son bajos porque la productividad es baja. Vale. Aceptemos que sectores en auge como el turismo y la hostelería son poco productivos. El caso es que las empresas del Ibex (las que cotizan en Bolsa) ganaron en 2025 más de 71.000 millones de euros. Incluso descontando que parte de esos beneficios provienen del exterior, algo no cuadra: o bien los empleados de las grandes empresas tienen una productividad que no se refleja en los salarios, o bien los directivos son auténticos magos y merecen los sueldazos que se adjudican a sí mismos.
(El turismo, además de ser poco productivo, contribuye a emponzoñar el mercado inmobiliario. No hace falta que abundemos en la desgracia de los pisos turísticos y los alquileres de duración breve. Agreguemos a esta desgracia, por ser prolijos, la de la “Golden visa” para extranjeros).
Vamos a por otra muñeca. Esta se llamaría “capital”. Las empresas españolas con más beneficios en 2025 fueron dos bancos: Santander y BBVA. Entre ambos ganaron casi 25.000 millones de euros.
Si les apetece, podemos recordar que el rescate bancario le ha costado al contribuyente más de 43.000 millones de euros. Y ni siquiera se plantea que la banca los devuelva. Si les apetece, podemos recordar que en España no existe (salvo pacto privado y excepcional) la dación en pago: cuando no se paga una hipoteca, el banco se queda con la vivienda y el hipotecado se queda con la deuda. Cierto, el alza continua de los precios suele permitir vender y saldar la hipoteca, aunque se pierda lo ya pagado. Pero ese es otro factor disfuncional.
Queda una última muñequita en la matrioska. La más pequeña. ¿Por qué un gobierno supuestamente progresista no ha resuelto, ni siquiera ha empezado a resolver, todos los problemas representados por las muñequitas anteriores? O no ha querido o no ha podido. Cabe suponer que no ha podido. El control por parte del PP de la gran mayoría de las comunidades autónomas podría ser una excusa si en las controladas por el PSOE, como Catalunya, las cosas fueran mucho mejor. Y no es así.
La explicación que me parece más razonable radica en la debilidad intrínseca de unos gobiernos, los de Pedro Sánchez, basados en una coalición de elementos incompatibles entre sí. Esa debilidad está relacionada con la pavorosa crisis política que afecta a toda Europa. Y así, me parece, están las cosas.