Dos meses para elegir entre dos Españas

5 de octubre de 2026 17:34 h

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Pedro Sánchez ha convocado elecciones para el 29 de noviembre. Tiene 54 días por delante. Y, en política, eso puede ser una eternidad si se consigue cambiar el eje de una campaña. Que se lo pregunten al Aznar de 2004.

El presidente ha planteado su comparecencia como una elección entre dos modelos de gobierno. Una decisión lógica: cuando un ejecutivo no puede sacar adelante sus principales iniciativas parlamentarias, solo las urnas pueden desbloquear una situación enquistada. Sánchez no puede plantear estas elecciones únicamente como un plebiscito sobre lo que ya ha hecho (poco, en materia de vivienda). Tiene que convertirlas en una consulta sobre lo que puede hacer. O, dicho de otra manera, tiene 54 días para conseguir que los españoles no voten únicamente contra alguien, sino a favor de algo.

Ahí está la clave.

Porque el argumento del miedo a la suma PP y Vox ya no tiene la capacidad movilizadora que pudo tener en 2023. El propio PP ha contribuido, y mucho, a ello. La derecha liberal ha dejado de presentar a Vox como una anomalía y ha incorporado buena parte de sus temas y marcos al debate político, como la inmigración y ahora el señuelo electoral de la «prioridad nacional». Por eso, la campaña no se ganará solamente agitando el espantajo del miedo a la derecha, sino explicando qué alternativa de gobierno se ofrece frente a ella.

La polarización afectiva es hoy uno de los grandes motores electorales: votamos, más que por identificación, por rechazo al adversario a quien consideramos una amenaza existencial. En ese terreno, PP y Vox tienen mucho avanzado, ya que se han dedicado toda la legislatura a explotar todo tipo de emociones negativas en torno a un Sánchez convertido en poco más que un súcubo sediento de poder. 

Sánchez necesita jugar otra partida: la de la ilusión.

Si algunos liderazgos progresistas han conseguido recientemente éxitos electorales ha sido por las expectativas generadas con sus propuestas de mejora de la vida cotidiana de sus votantes, no por amedrentarlos con lo que pasaría si gobernaran los otros.  

Y aquí es donde aparece la vivienda.

Porque no hablamos únicamente de un elemento material, secundario y menor. Una vivienda es el núcleo sin el cual no se puede imaginar un proyecto de vida. Un proyecto que necesita cierta estabilidad, no ir deambulando de casa en casa o, peor aún, descendiendo del purgatorio del alquiler de una vivienda maltrecha al infierno de una habitación compartida, con cocinilla y nevera pequeña.

Ningún partido ha conseguido capitalizar políticamente el problema de la vivienda y, por eso, veremos una pugna en las izquierdas por hacerse con este nuevo reclamo electoral. El gobierno y sus socios tienen ahora la oportunidad de convertir este estallido social en una discusión sobre qué tipo de solución política propone cada bloque al problema habitacional.

Este es un tema que incomoda especialmente a la derecha. En primer lugar, porque pensaba alimentar su campaña con la carnaza electoral del antisanchismo, una demonización larga y pacientemente trabajada durante esta convulsa legislatura. Y no solo a nivel político y mediático: quien ha podido hacer, ha hecho. Pero la irrupción volcánica del problema latente de la vivienda les obliga a mover el foco y a responder a una demanda que atraviesa ideologías: incluso entre votantes conservadores existe una opinión favorable a cierta intervención o contención pública de un mercado desbocado.

A favor de la derecha juega, en cambio, que su electorado está muy movilizado alrededor de tótems ideológicos que han demostrado rendir buenos beneficios electorales, como la inmigración. A lo que habrá que sumar la vuelta —con todo tipo de fanfarria, pompa y circunstancia— de Puigdemont. No olvidemos que la defensa de la «indisoluble unidad» de España —como dice el artículo 2 de la Constitución— ha tenido históricamente mayor capacidad de tracción emocional en la derecha. Y tampoco olvidemos que Vox prorrumpió en la escena política española con el Procés. Ellos son precisamente los que más han hecho por propalar ese «nacionalismo catastrofista» que presenta a España como una nación asediada y amenazada que requiere un estado de excepción que ellos quisieran permanente.

Por su parte, la izquierda a la izquierda del PSOE suma sus propios demonios: su atávica fragmentación. En 2023, Sumar —con Podemos dentro— obtuvo algo más de tres millones de votos, pero se quedó sin representación en 19 circunscripciones. Es decir, cerca de 600.000 votos les resultaron inútiles: hay que convertir votos en escaños. Ahora, si comparecen con papeletas distintas y unas previsiones que, en el mejor de los casos, les sitúan en un 9,4% conjunto, el descalabro puede ser monumental. No hay que descartar que Sánchez haya querido aprovechar, también esta vez, la estratagema del voto útil para fagocitar ese espacio cainita a su izquierda. Difícil.

Pero aún hay más. Sánchez jugará esta partida electoral con un as en la manga: la Diputación Permanente. La configuración que quedará cuando se disuelvan las cámaras es, como todo en esta legislatura, enrevesada. Porque, siendo actualmente la representante del Grupo Mixto en ese órgano provisional Ione Bellarra —y no UPN—, el Gobierno ya ha anunciado que intentará convalidar los dos decretos decaídos en el Congreso… sin necesidad de contar con Junts, aunque los posconvergentes se unan al bloque formado por PP y Vox. Por un solo voto (35 contra 34). Faltaría saber qué hará el PNV, pero, a diferencia de los de Puigdemont, la principal competencia de los jeltzales se sitúa a su izquierda y no a su derecha: es Bildu, no Aliança Catalana. Es decir, que Sánchez podrá contraponer el papel oficial del BOE al papel, casi siempre mojado, de un programa electoral. Acción de gobierno contra promesa de gobierno. No es mala baza.

Maquiavelo afirmó que es la fortuna quien gobierna buena parte de los asuntos humanos, pero el político —el princeps— puede aprovecharse de ella haciendo uso de su virtù, que no tiene nada que ver con la virtud cristiana, sino que resulta de la combinación de energía, determinación, astucia, estrategia y flexibilidad adaptativa. Leer la coyuntura consiste precisamente en eso: saber cuándo una elección se dilucida apelando al pasado y cuándo puede conseguirse que se vote pensando en el futuro.

Por eso estas elecciones serán también una batalla por cuál de todas las emociones puestas en liza durante esta legislatura acaba decidiendo el voto: si el miedo, el enfado y el rechazo o la expectativa razonable y hasta la esperanza.