El fin natural
Ahora que ya ha bajado la efervescencia en torno a la visita del Papa y sus palabras y sus actos durante los días que pasó en nuestro país, es cuando yo le doy vueltas a ciertas cosas que me parecen de mayor envergadura que las bendiciones, las inauguraciones y los conciertos masivos.
Que el máximo representante de la Iglesia Católica esté en contra del aborto es algo que ya no sorprende ni extraña a nadie a pesar de lo injusto y absurdo del planteamiento y de la idea, pero hay otra cosa que sí me resulta curiosa y muy preocupante: habla el Santo Pontífice del “fin natural de la vida”, de que toda vida es sagrada y debe ser protegida desde la concepción hasta el fin natural de la vida. Y yo aquí me pregunto -¿qué le voy a hacer si a mí las palabras me parecen importantes, cruciales, incluso?- a qué se refiere León XIV con eso de “natural”.
Es fundamental ponernos de acuerdo en el significado de las palabras que empleamos porque, de lo contrario, es imposible que lleguemos a entendernos.
Antes de la existencia de los antibióticos -por poner un ejemplo- morirse de cualquier infección que hoy se cura en unos días era algo perfectamente natural. Si Dios tenía a bien que contrajeras una enfermedad o te enviaba una infección o una sepsis, te morías cumpliendo su voluntad y ¡listos!, de modo “natural”, sin ningún tipo de injerencia humana.
¿Podemos considerar natural una operación a corazón abierto? ¿Un trasplante de órganos? ¿Una cadera de titanio? ¿Cuántos príncipes de la Iglesia, o clero de menor jerarquía o simples fieles católicos llevan un marcapasos? ¿Es “natural” un marcapasos?
Si Dios te ha creado con problemas cardíacos, lo natural es que te mueras cuando tu corazón deja “naturalmente” de latir. Pero no. Ahora te pueden implantar un motorcillo nuevo que hace que tu corazón siga latiendo incluso cuando el deterioro del resto de tu cuerpo está muy avanzado. E incluso si caes en coma, hoy en día se te puede mantener en ese estado crepuscular durante mucho más tiempo del que el propio paciente y su familia consideran llevadero. ¿No habíamos quedado en que hay que apoyar el fin natural de la vida? ¿Dónde está la naturalidad de llenar de tubos a una pobre persona que no volverá a poder llevar una vida consciente?
¿Por qué, ahora, de pronto, son naturales los implantes, las transfusiones, los trasplantes de órganos… y, sin embargo, el suicidio o la eutanasia no se consideran naturales? Retorcemos la lengua como mejor puede servir a nuestros fines y mucha gente ni siquiera se da cuenta de que se está produciendo ese retorcimiento para manipularnos.
También se decía hasta hace muy poco que la anticoncepción no era admisible porque no era natural mientras que un trasplante de hígado -pongamos por caso- sí era aceptable. ¿Qué tiene de natural -dentro de la mentalidad católica- que a una persona le cambien un órgano que Dios le había concedido (sabiendo que llegaría un momento en el que se iba a estropear; Dios es omnisciente y, por tanto, tenía que saberlo), y le pongan el de otra persona?
Me parece maravilloso que hayamos progresado tanto en terrenos médicos, farmacológicos, biológicos, químicos, etc. Siempre he sido una entusiasta de las vacunas, de los fármacos, de la anestesia, de las técnicas que nos quitan el dolor, que, nos sanan y prolongan nuestra vida, cuando deseamos esa prolongación. Y, al parecer, a la Santa Madre Iglesia tampoco le parece mal que -contrariando la voluntad de Dios- tomemos medicinas creadas en laboratorios, nos operemos de toda clase de enfermedades, firmemos la aprobación a un trasplante y usemos todo tipo de medios “no naturales” para arañar unos años más sobre esta Tierra. Lo que sí les parece mal a los santos varones de la Iglesia es que una persona -en uso y disfrute del libre albedrío otorgado por Dios- decida poner fin a su vida cuando mejor le parezca.
Lo más sorprendente es la “explicación” que dan: eso de que no es natural. ¿En qué quedamos, entonces? ¿Natural es lo que conviene a los hombres -todos son hombres- que toman las decisiones en la Iglesia? Al menos deberían molestarse en montar una argumentación intelectualmente aceptable y no despachar a la clientela con frases manidas y desprovistas de contenido como eso de lo que es o no es “natural”.
No me siento obligada a respetar la ideas e imposiciones de la jerarquía eclesiástica, pero me parece realmente grave que usen ese vocabulario para estigmatizar (como siempre han hecho) a las personas que usan su libertad para decidir lo que quieren hacer en su vida y con su vida. Me parece terrible que mucha gente sufra por ello y encuentro peligrosísimo que muchas de las leyes de países no confesionales (como es el nuestro) se vean influenciadas por ese tipo de pensamiento.
¿Durante cuánto tiempo hemos vivido aplastados por lo que a la Iglesia Católica le parecía natural o no? ¿Cuánto sufrimiento han causado a lo largo de los siglos la condena del aborto, de la anticoncepción, del divorcio, de la homosexualidad, del suicidio, de la eutanasia… todo lo que a los prelados les parecía “antinatural”?
Poco a poco se han ido consiguiendo ciertos triunfos, pero siempre muy despacio y con la constante amenaza de dar pasos atrás.
La verdad, yo tampoco encuentro natural que haya una institución exclusivamente masculina (salvo para los trabajos menos apreciados, sin voz y sin voto) que se arrogue el derecho a decirnos a todas y a todos lo que es natural y lo que no lo es.
Eso sí, desde que Juan Pablo II matizó las condiciones del Infierno, ya sin fuego, diablos y tormentos, y el papa Francisco lo calificó de “vacío”, ya no poseen el arma que tan bien les ha funcionado durante siglos: la amenaza y el terror. Vamos avanzando en dirección a la libertad individual, pero seguimos teniendo que saltar obstáculos, lo que resulta a veces estimulante, pero la mayor parte de las veces simplemente agotador.