Pondré la mano en el fuego por ti
Si hace solo una semana te hubieran preguntado si ponías la mano en el fuego por Zapatero, habrías ofrecido las dos manos, brazos incluidos. Aunque ya había información circulando (que negábamos por proceder siempre de medios y partidos de derecha), y algunas sombras en sus entrevistas y comparecencias, hace una semana la mayoría de votantes progresistas, no solo del PSOE, habríamos dicho que sí, que por supuesto, las dos manos por Zapatero. Ahora te miras la enésima quemadura en la confianza, y te repites que no, que no vuelves a poner la mano en el fuego por nadie.
Cada vez que nos decepciona alguien en quien confiábamos tanto, recalculamos nuestro crédito hacia los demás. Tras caer Zapatero, nos parece que cualquiera puede ser el siguiente, incluso los más insospechados. Incluso hacemos porras sobre quién será el próximo imputado inesperado.
Para fijar el nuevo listón, podemos recalcular por arriba o por abajo. Por arriba: empezando por el rey, vamos descendiendo en la pirámide. ¿Pondrías la mano en el fuego por el actual rey, tras lo sucedido con el anterior rey? ¿Por Pedro Sánchez? ¿Por todos sus ministros? Y podemos seguir descendiendo, que cada cual deje el listón donde quiera. También cabe ir al revés, desde abajo, desde tus más cercanos y confiables. ¿Pondrías la mano en el fuego por tu pareja, por tus padres, tus hermanos? ¿Por tus amigos, tus compañeros de trabajo, tus conocidos? Y sigues: tu jefe, tus deportistas y artistas admirados, tu alcalde, tu presidente autonómico… En algún momento habrás dicho “stop”, a partir de ahí ya no me fío de nadie.
La grieta en la confianza es uno de los mayores destrozos que deja cada personaje público que nos decepciona como estos días nos está decepcionando Zapatero, a medida que sabemos más de su comportamiento. De pronto no podemos fiarnos de nadie, cualquiera puede ser un corrupto, una máscara ejemplar que oculta una sonrisa podrida. Todos son iguales, el poder corrompe sin excepción, está en la naturaleza humana, y con mensajes así se extienden por igual la misantropía y la antipolítica, donde hacen caja la ultraderecha que se dice antisistema.
Precisamente en momentos así hay que recordar que no, que no todos son iguales, ni el poder corrompe a todos, ni va en la naturaleza humana trincar. Hay que restituir la inocencia perdida, y recordar que la mayoría, la inmensa mayoría de políticos, cargos públicos, funcionarios y ciudadanos en general no nos corrompemos, no nos aprovechamos de las oportunidades en beneficio propio, somos honrados. En momentos así es cuando más hay que poner la mano en el fuego, a riesgo de volver a quemártela. Yo la seguiré poniendo, también por ti.