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¡A por los rojos! ¡A por los moros!

15 de octubre de 2026 22:03 h

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Un grupo de legionarios jalea y corea al ultra Vito Quiles, que grita “¡a por los rojos!” al terminar el desfile del 12 de octubre. Otro grupo de militares en Ceuta se pitorrea y presume de pegar a los migrantes hasta hacerlos llorar. Más militares, también de Ceuta, denunciados por migrantes, vecinos, organizaciones sociales y Amnistía Internacional, por dar palizas, desnudar, romperles los móviles, acosar y humillar a quienes malviven en las calles y montes de la ciudad desde hace más de dos meses. Incluidos menores.

Son todos casos aislados, minoritarios, no representativos, incluso anecdóticos dirán algunos. No sé, a mí me aterrorizan igual. El odio, el racismo y la violencia dan más miedo cuando vienen de quienes van armados, y de quienes depende nuestra seguridad. El mismo terror que me dan los antidisturbios de porra fácil, y ya tengo una edad y muchas huelgas y manifestaciones para haber visto de todo. Siempre son casos aislados, minoritarios, no representativos, incluso anecdóticos dirán algunos, pero nunca faltan en cada protesta ciudadana.

Doy por hecho que ni los soldados violentos ni los policías violentos siguen órdenes en sus palizas y porrazos, que son individuos descontrolados, que ni las palizas y la humillación a migrantes son una política de acoso para que se vuelvan “voluntariamente” por donde vinieron, ni los tradicionales excesos policiales en huelgas y manifestaciones una forma de disuadir la protesta. Pero tampoco es muy tranquilizador que haya elementos así en el ejército o en la policía, que pueden usar a capricho su monopolio de la violencia. Menos tranquilizador aún que las denuncias suelan caer en saco roto, sus mandos minimicen los hechos, los compañeros les cubran y protejan, y las investigaciones no lleguen a ninguna parte. Es decir, que queden impunes.

La democratización del ejército y de las fuerzas de seguridad, y su sometimiento a la ley y a los derechos humanos, es siempre una tarea inacabada, y exige el mayor celo de los gobernantes. En el caso de España, la Transición lo hizo solo a medias, y durante décadas hemos arrastrado restos antidemocráticos y violentos, que de vez en cuando asomaban la patita. Sin haber completado ese proceso, llegó la ola reaccionaria mundial, con su capítulo español, que sin sorpresa se extiende también entre militares y policías. Aislados, minoritarios, no representativos y hasta anecdóticos si quieres, pero todos sabemos que entre los hombres armados que nos defienden hay cada vez más trazas de ultraderecha. Y cada vez con menos disimulo.

Solo falta que el ministerio del Interior o el de Defensa caigan en manos de la ultraderecha, o ni eso: basta con que forme parte del gobierno. ¡A por los rojos! ¡A por los moros!