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Solía odiar a Rufián, ahora le amo

10 de octubre de 2026 22:10 h

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Hubo una época en que detestaba a Gabriel Rufián. No había una sola cosa en él que me pareciera salvable ni en la forma ni en el fondo. Su estilo parlamentario estaba construido a base de estacazos tuiteables y no de frases. Puag. Sus ideas eran las del independentismo de izquierdas, un oxímoron.

En los cuatro años que fui diputada tuve sentado a mi espalda a Joan Tardá, anterior portavoz parlamentario de ERC, y descubrí que teníamos ideas en común, y no menores. Una de las cosas buenas del Congreso es que te obliga a hablar con gente que no piensa como tú. Así que indulté a Tardá, es más, reconocí en los representantes de Esquerra una cualidad relevante: no eran cínicos. Entre los diputados es bastante frecuente que la realidad congele las convicciones. Se quedan ahí, en algún lugar del cuerpo, generando humedad, y un buen día brotan en forma de musgo detrás de las orejas. En los de ERC apenas lo vi.

Cuando Rufián llegó a Madrid, entró muy abajo en mi escala de preferencias, con ese discurso acusatorio contra una España monolítica que se negaba a entender. Le di por perdido en el procés, cuando Esquerra antepuso la agenda nacional a la social en los años más duros de recortes y crisis económica y social.

En fin, todo aquello quedó atrás. Y yo ahora también soy distinta. Me gusta la frase de Keynes: “Cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión, ¿usted qué hace?” El nacionalismo de izquierdas me sigue pareciendo un oxímoron, pero estoy dispuesta a hacer hueco a todos los que defienden los derechos conquistados, sobre todo los de las mujeres.

Rufián lleva más de una década como diputado en Madrid. Ha pasado muchas horas fuera de Catalunya, ha conocido a mucha gente en el Congreso con la que se habrá tomado cafés, como los míos con Tardá. Superada la fase del estacazo sintáctico, ha perfeccionado un estilo parlamentario que capta la esencia del instante y la pone a circular políticamente en la economía de la atención. Reconoce sus errores y vulnerabilidades, lo cual le humaniza. Y sobre todo, conecta con la gente de a pie. Tuitea “qué hijos de puta” el día que muere Maricarmen y así le dice a su público que cuenta con su complicidad para añadir el contexto.

Todo esto bastaría para considerarle un buen político. Además, Rufián comprende mejor que nadie de la izquierda alternativa que el deterioro de las democracias occidentales es un problema global. Y actúa en consecuencia. Milita en el soberanismo, pero sabe que el futuro de Catalunya se decide en las elecciones de medio mandato de EEUU, en las presidenciales de Francia en 2027 y, por supuesto, en las españolas del 29N. Lo resumió en poco más de veinte palabras: “Creer que el fascismo se va a parar en la frontera de tu sede o de tu nación porque vota diferente es magia negligente”. Así es. Mientras la ultraderecha explota las ventajas de actuar sin fronteras, la izquierda alternativa levanta una en cada río. Los números son contundentes: el pacto de Frente Amplio y Podemos duplicaría sus escaños, como publicó ayer este periódico.

La magia negligente se vuelve magia negra a la hora de elaborar listas electorales. Hay mucho talento político en la izquierda alternativa pero escasa inteligencia práctica para comprender cuánto repugna a los electores la incapacidad de pactar una lista por desavenencias personales, entre gentes que comparten lo esencial. Si yo llegué a comprender a Tardá a fuerza de hablar, qué no podría acordar esta gente si se sentaran a una mesa en lugar de hablarse a través de los medios.

El gran talento de Rufián es que su inteligencia política es teórica y práctica a la vez. Propuso mirar cada provincia con una calculadora y construir una coalición ad hoc de las izquierdas que permita mejorar los resultados el 29N. Es muy difícil, se ha quedado casi sin tiempo. Haría falta que los partidos pequeños, los minúsculos, los diminutos y los microscópicos pensaran en grande. Y que los partidos estructurados, como Esquerra, supieran en el último momento zafarse de sus rigideces, evitar que les salga musgo en las orejas.