Las tres encrucijadas del 29-N
En política pasa casi siempre que los árboles, por no hablar de la hojarasca (o de la mugre), no nos dejan ver el bosque. Se imponen los hechos y los dichos del día, que impiden una vista de mayor alcance; dificultan una perspectiva digamos que “histórica” (entre comillas para remarcar el carácter aventurado de toda tentativa de interpretación general del presente, de pronóstico del futuro). Ahora bien: que haciendo política estamos haciendo historia, aunque sea en el sentido más literal, prosaico y modesto, más entrecomillado de la expresión (lejos, por tanto, del triunfalismo político o futbolístico) es una pura evidencia. Otra cosa es saber qué historia estamos haciendo, qué sentido tiene, hacia dónde apunta, cómo será narrada y juzgada en el futuro. De vez en cuando hay que detenerse y pensar en ello.
Unas elecciones generales, sobre todo si son tan encrespadas y de resultado tan incierto como las del próximo 29 de noviembre, son una buena ocasión para echar un vistazo al panorama de conjunto, al paisaje general; para tratar de captar su sentido, su posible evolución; para ver si es posible esbozar alguna interpretación de lo que está sucediendo, en términos digamos que “históricos”, por hipotética que sea.
Hay que hacerlo con cautela, como mínimo por dos motivos. Primero, porque la propia historia nos enseña hasta qué punto su curso depende de las contingencias. Extraer interpretaciones generales es muy difícil, y hacer predicciones es ingenuo. En segundo lugar, porque en política la invocación instrumental de la historia, sobre todo si se escribe con mayúscula, suele tener pésimas consecuencias. “La Historia”, escribió Paul Valéry, “es el producto más peligroso que la química del intelecto ha elaborado jamás. Conocemos sus propiedades. Hace soñar, emborracha a los pueblos, genera falsos recuerdos, exagera sus reacciones, mantiene abiertas las viejas heridas, los atormenta cuando están reposando, los conduce al delirio de las grandezas o al de la persecución”.
Además, estamos condicionados por nuestras circunstancias, hoy tan cambiantes. Marx dejó escrito, en 'El 18 de Brumario', que “los seres humanos hacen su propia historia, pero no la hacen bajo circunstancias elegidas libremente sino bajo unas existentes previamente y transmitidas desde el pasado”. En nuestras condiciones, una cartografía del futuro no es posible, sobre todo si se pretenden mapas detallados y prescriptivos. En cambio pueden ser útiles los esbozos, por esquemáticos y provisionales que sean, si sirven para indicarnos, aunque sea aproximadamente, en qué posición nos encontramos y cuáles son los posibles caminos que tenemos por delante. Para trazarlos, aunque sea de una manera aproximada, a mí me resulta útil el recurso barato del croquis con un bolígrafo y una servilleta de papel.
La problemática de fondo de las próximas elecciones puede dibujarse esquemáticamente con tres círculos o ámbitos distintos e interconectados. Dentro de cada ellos hay una áspera confrontación, y entre ellos existe una dialéctica simultánea. El primer círculo es el ámbito de las desigualdades y contradicciones económicas y sociales, donde el problema de la vivienda se ha convertido dramáticamente en síntoma y detonante. El segundo círculo es el de los drásticos cambios (verdaderos choques) que se están produciendo en el mundo, suscitados principalmente por el empuje internacional de las derechas extremas. Y el tercer círculo corresponde al tema recurrente de las nacionalidades y regiones de España.
Estos tres grandes ámbitos de cuestiones van a determinar los votos de las próximas elecciones del 29N. El resultado abierto de los resultados, lo que los hace muy difíciles de prever, deriva del hecho de que en cada uno de estos tres círculos hay encrucijadas que no responden únicamente a una dicotomía izquierda-derecha. En el primer ámbito, se dilucidará qué pesa más, si el dinero de los más poderosos, en particular de los tecno-oligarcas, o las necesidades y derechos de la gran mayoría. Incluso los sectores más acomodados deberán pensarse dos veces si les iría mejor con la ultraderecha en el gobierno, y comparar los resultados macroeconómicos de la España de Sánchez y Cuerpo con los de la Italia de Meloni.
En el segundo ámbito, marcado por la espiral ultraderechista que sacude el mundo, mucha gente, no necesariamente de izquierdas, contempla cómo las derechas españolas, que tanto alardean de patriotismo, están callando sumisamente ante las injerencias y las fantasías del trumpismo. No me refiero únicamente al caos sangriento de Irán y al precio de la gasolina, sino a los efectos descivilizadores de este nuevo obscurantismo delirante. El pasado miércoles, el secretario de Guerra de los Estados Unidos nos obsequió con la noticia de que podríamos ver, en pantalla y en tiempo real, el fusilamiento de un terrorista. Hay miles de millones de personas en el mundo que no han perdido la cabeza y no quieren un mundo en el que los niños contemplan ejecuciones públicas en Facebook.
En el tercer ámbito que se dilucidará en las elecciones, el de las relaciones territoriales, la encrucijada señala dos rutas que llevan a futuros alternativos. A la izquierda, el camino del entendimiento de una mayoría plural, con todas sus contradicciones y dificultades. A la derecha, la imposición de los sentimientos de identidad (y de rechazo) de unos contra otros. Ambos caminos son de recorrido incierto; pero el primero, el del federalismo en España y en Europa, es preferible al de las imposiciones unilaterales que implican repetir inevitablemente, con fórmulas nuevas, los dramas del pasado.
No deberíamos temer la pregunta de qué sentido histórico van a tener las elecciones generales del próximo noviembre. No podemos saber cuáles serán los resultados. Una sola cosa podemos prever con certeza: sean del signo que sean, serán unos resultados históricos.