Alarma por la velocidad a la que avanza el ébola en el Congo: “La situación es caótica”

Carlos Mureithi

Nairobi —
26 de mayo de 2026 11:06 h

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Las advertencias de las organizaciones humanitarias y del personal sanitario en la República Democrática del Congo (RDC) han sido contundentes. Todos reclaman una respuesta internacional coordinada ante el avance del nuevo brote de ébola. Mientras el país afronta la reaparición del virus, crece la preocupación por que su frágil sistema sanitario tenga dificultades para hacer frente a un brote que, según los expertos, va mucho más allá del número de casos confirmados.

“La velocidad a la que se está propagando es profundamente preocupante”, afirma Rose Tchwenko, directora de país de la ONG Mercy Corps en la RDC. “El riesgo de una propagación más amplia es real y se necesita más apoyo regional y global con urgencia”.

Hama Amado, coordinador de campo en la ciudad de Bunia para la organización humanitaria Alima, dice que el virus esta ganando impulso y extendiéndose por numerosas zonas. “Todo el mundo debe movilizarse”, declaró el jueves a Associated Press. “Todavía estamos muy lejos de poder decir que la situación está bajo control”.

Ha pasado una semana desde que el Congo notificó su decimoséptimo brote de ébola, una enfermedad vírica con una tasa de mortalidad de entre el 25% y el 90%, que se transmite a través de fluidos corporales o materiales contaminados y provoca daños en los órganos, deterioro de los vasos sanguíneos y, en ocasiones, hemorragias internas y externas graves.

Se han registrado cerca de 750 casos y 177 muertes sospechosas desde que la primera víctima conocida murió en Bunia, capital de la provincia de Ituri, en el noroeste de la RDC, el 24 de abril. Los asistentes al funeral tocaron el cadáver durante una ceremonia en la cercana localidad de Mongbwalu, lo que contribuyó a la propagación del virus.

Todos los centros sanitarios a los que llamaron dijeron que estaban llenos de casos sospechosos y no tenían espacio

Los hospitales y otros centros sanitarios se han visto rápidamente desbordados. Trish Newport, responsable de programas de emergencia de Médicos Sin Fronteras, explicó que un equipo identificó casos sospechosos durante el fin de semana en el hospital Salama de Bunia, pero no encontró ninguna sala de aislamiento disponible en la zona. “Todos los centros sanitarios a los que llamaron dijeron que estaban llenos de casos sospechosos y no tenían espacio”, escribió en redes sociales. “Esto da una idea de lo caótica que es la situación ahora mismo”.

Varios factores están dificultando la respuesta humanitaria, entre ellos la cepa del virus —para la que no existe tratamiento ni vacuna aprobados—; la ubicación remota y en pleno conflicto armado donde se ha originado el brote; y las costumbres funerarias locales, que chocan con las estrictas prácticas de control de enfermedades. Todo ello se suma a los graves recortes en los presupuestos de ayuda internacional, impulsados en gran medida por la reducción de fondos aprobada por la administración estadounidense de Donald Trump.

Según un estudio realizado este año por el Comité Internacional de Cruz Roja —CICR, por sus siglas en inglés—, más de la mitad de los centros sanitarios encuestados en las provincias de Kivu del Norte y Kivu del Sur —donde también se han notificado casos— estaban dañados o destruidos. Casi la mitad había informado también de una importante salida de personal desde enero de 2025 debido al conflicto y la inseguridad.

Dos incidentes ocurridos en los últimos días dejaron al descubierto algunos de los factores que agravan la situación. El martes 19 de mayo, al menos 17 personas murieron en un ataque de las Allied Democratic Forces (ADF), un grupo armado que opera en el este de la RDC y en partes de Uganda, contra varias aldeas cercanas a la ciudad de Mambasa, en Ituri. “Nos enfrentamos a una doble guerra: una de armas y otra del brote de la enfermedad”, dijo Zawadi Jeanne, una mujer de la localidad que perdió a su hermano y a su tío en un ataque el mes pasado.

El jueves, una multitud incendió un centro de tratamiento en Rwampara, cerca de Bunia, después de que las autoridades se negaran a entregarles el cuerpo de una víctima a la que querían dar sepultura por su cuenta.

El entierro de los cuerpos, que pueden ser altamente contagiosos, es gestionado por las autoridades para contener la enfermedad, pero algunas familias prefieren los funerales tradicionales, que implican lavar y tocar el cadáver. En brotes anteriores, esto ha demostrado ser un factor clave en la propagación de la enfermedad.

Batakura Zamundu Mugeni, líder tradicional presente en los disturbios de Rwampara, declaró a Agence France-Presse que las autoridades estaban trabajando con los responsables sanitarios para localizar a cualquier paciente que pudiera haber huido, así como a las personas que hubieran estado en contacto con casos sospechosos. Atribuyó los disturbios a “jóvenes que no comprenden la realidad de la enfermedad”.

Ante el aumento de los contagios, las autoridades provinciales prohibieron el viernes los velatorios y establecieron que los entierros solo podrán ser realizados por equipos especializados. También vetaron el traslado de cadáveres en vehículos no médicos y limitaron las reuniones públicas a un máximo de 50 personas.

Las medidas para evitar el contacto físico en general se ven obstaculizadas por una arraigada cultura en la que se muestra afecto durante el tacto. “Vivimos en una sociedad donde darse la mano forma parte del día a día”, explicó Jackson Lubula, residente de Bunia. “Con esta enfermedad, cualquier cosa es posible. Un pequeño error puede costarte muy caro, así que decidí lavarme las manos con jabón después de cada saludo”.

Los informes procedentes de las zonas afectadas refuerzan la impresión de que el virus se ha estado propagando sin ser detectado. Una evaluación rápida de necesidades realizada por ActionAid en las zonas de Bunia, Nizi y Nyankunde reveló que casi un tercio de las escuelas habían registrado al menos un caso sospechoso de ébola o un contacto estrecho.

El sábado, Cruz Roja afirmó que se cree que tres de sus voluntarios fallecidos este mes contrajeron el virus ya el 27 de marzo mientras participaban en labores de gestión de cadáveres en el marco de una misión humanitaria no relacionada con el brote.

Me dijo que le dolía el corazón. Luego empezó a llorar por el dolor. Después comenzó a sangrar y a vomitar mucho

Los habitantes de Rwampara afirmaron que la enfermedad apareció de forma repentina y que los primeros síntomas se confundieron con enfermedades como la malaria. Botwine Swanze, cuyo hijo murió, contó a un reportero de Associated Press: “Me dijo que le dolía el corazón. Luego empezó a llorar por el dolor. Después comenzó a sangrar y a vomitar mucho”.

La doctora Núria Carrera Graño, médica del CICR que ha trabajado en dos brotes anteriores de ébola, describió la situación en la República Democrátic del Congo como una crisis humanitaria, política y de seguridad derivada de una acumulación de acontecimientos desafortunados.

La doctora afirmó que quienes responden al brote deberían aprender de epidemias anteriores sobre la importancia de la cooperación y la coordinación internacionales. “No tenemos tiempo que perder”, dijo. Para controlar el brote, el gobierno de la República Democrática del Congo está trabajando con médicos, incluidos algunos con experiencia en el manejo de la enfermedad.

El doctor Richard Kojan, especialista en cuidados intensivos de Alima que ha trabajado en varios brotes de ébola, afirmó que existen muchas similitudes entre ellos, como el descubrimiento tardío, la insuficiencia de recursos para responder y la ausencia de una vacuna al inicio. “El brote está fuera de control”, declaró esta semana desde Kinshasa, la capital del país.

Ante la ausencia de una vacuna y de un tratamiento aprobado para la cepa bundibugyo del virus los médicos están trabajando para optimizar los cuidados intensivos de los pacientes y establecer sistemas de vigilancia y rastreo de contactos para los casos sospechosos. “Si son ingresados pronto en el centro de tratamiento, la carga viral en sus muestras será baja y, con una atención optimizada, tendrán una alta probabilidad de sobrevivir”, señaló Kojan.

El equipo de Alima también está desplegando una unidad de tratamiento portátil llamada Cube, una estructura transparente de plástico que permite la interacción entre los pacientes, sus familiares y el personal médico sin necesidad de usar equipos de protección individual. Kojan desarrolló el concepto tras su experiencia con el ébola durante el brote de 2014-2016.

A medida que el virus se propaga, cada vez más habitantes de Bunia descubren que amigos y familiares han sido víctimas de la enfermedad, lo que alimenta su ansiedad. “Solo pensar en el nombre ébola me da miedo”, dijo Jeanne, quien tiene un sobrino ingresado en un centro sanitario de Rwampara. Pero sigue siendo optimista. “Dios es quien sabe lo que nos espera”, afirmó. “Me digo a mí misma que la enfermedad se propagará, pero no hasta un nivel alarmante. Solo podemos esperar lo mejor”.