Violencia sexual y pobreza: por qué más de la mitad de las infectadas por VIH en África son niñas y mujeres jóvenes
El 53% de todas las personas que viven con VIH son mujeres y niñas, según datos de 2025 de UNAIDS. Y la mayoría de ellas están en África Subsahariana, donde las chicas entre 15 y 24 años tienen el doble de probabilidades de enfermar que los varones de la misma franja de edad. En esta región, las mujeres de todas las edades sufrieron el 63% de las infecciones en 2025, con 3.100 nuevas contagiadas a la semana.
El continente entero está marcado por la enfermedad –con el 65% de todos los infectados en el mundo– y Sudáfrica se lleva la palma: aunque representa solo el 1% de la población mundial, alberga al 12% de las personas que viven con VIH en el planeta.
“Aquí no se trata de hombres que tienen sexo con hombres, ni de trabajadoras sexuales, ni usuarios de drogas inyectables. Esto es una epidemia generalizada, donde la transmisión es sobre todo heterosexual y las adolescentes y mujeres jóvenes se infectan una media de cinco años antes que los varones de su misma edad”, nos dice la epidemióloga Quarraisha Abdool Karim, directora científica adjunta del Centro para el Programa de Investigación sobre el Sida en Sudáfrica (CAPRISA), que atiende a elDiario.es desde su laboratorio en la Escuela de Medicina Nelson Mandela de la Universidad de Kwazulu-Natal (Sudáfrica).
Dinámicas de poder y desigualdades de género: sobrevivir es primero
“No podemos separar la salud sexual reproductiva de las disparidades de género”, sentencia esta científica, que lleva 18 años dedicada a estudiar tratamientos preventivos para el VIH. ¿Por qué mujeres y niñas son las más afectadas? Las razones complejas, empezando el factor socioeconómico, que las coloca en el escalón más bajo de la pirámide.
El sexo transaccional es común en África. Las mujeres intercambian sexo por un empleo, por agua, incluso, porque los pescadores compartan con ellas los mejores lugares para pescar
“Lo habitual es que dependan financieramente de los hombres. Los necesitan para cubrir sus necesidades más básicas; ellos son quienes deciden. Por eso, el sexo transaccional es común en África. Las mujeres intercambian sexo por un empleo, por agua, incluso, porque los pescadores compartan con ellas los mejores lugares para pescar”, nos confía desde Nairobi la activista keniata Doreen Moraa, que recibió su diagnóstico de VIH a los 13 años.
Diversos estudios realizados por CAPRISA en comunidades del sur y este de África abordan el “ciclo de transmisión”, que muestra cómo las chicas de 15 a 24 años se contagian de VIH por sus relaciones sexuales no con chicos de su edad, sino con hombres mayores de 25 años. “Podría ser un maestro, un adulto con recursos... Como ellos suelen mantienen simultáneamente relaciones con mujeres de su edad, se amplifican las probabilidades de contagio, sobre todo, en algunas comunidades rurales sudafricanas y lugares como la provincia KwaZulu-Natal, donde el 50% de las mujeres mayores de 25 y el 60% de las mayores de 30 han contraído el virus”, explica Abdool Karim, que además es catedrática de epidemiología clínica en la Mailman School of Public Health de la Universidad de Columbia, profesora en la Universidad de Harvard y catedrática de salud pública en la Universidad de Kwazulu-Natal (Sudáfrica).
“Si vienes de una familia pobre, conseguir comida que llevar a la mesa al día es una prioridad, por encima de algo que puede pasarte en el futuro, como el SIDA. Se trata una cuestión de supervivencia inmediata”, observa. “En algunos casos, no tienen elección, sobre todo, cuando hablamos de un adolescente que está a cargo de sus hermanos menores, en un contexto generalizado de desempleo, pobreza e inseguridad alimentaria”, indica. Nada menos que “un tercio de la población en África subsahariana son menores que crecen en hogares huérfanos, en los que han perdido a ambos padres. El tratamiento antiretroviral no fue accesible para todos en África hasta 2010, y muchos adultos jóvenes murieron en esos años”.
Otra razón está en los continuos desplazamientos de población: “Por el trabajo en las minas y por las guerras, los hombres van a las ciudades o a países colindantes, donde están en contacto con otras parejas y extienden la infección”, remarca Abdool Karim. Como está culturalmente arraigado que los hombres tengan varias parejas, se multiplican las posibilidades de riesgo para la esposa. “Ese hombre quizá no vuelve a casa más que una vez al mes, o un mes al año. Y, cuando lo hace, está pensado en tener hijos. No piensa en usar condones, ni piensa en el VIH, no va a hablar de las relaciones que ha podido tener los otros once meses”, añade la doctora.
“Las dinámicas de poder de género y las costumbres culturales ponen a las niñas en riesgo, más cuando algunos países africanos se dan matrimonios con niñas de 12 o 14 años. Ellas no tienen elección. Saben desde pequeñas que su vida va a ser así, que tendrán que obedecer a su nuevo marido y que de ellas depende, muchas veces, la mejora económica de su familia de origen. En esas condiciones, no están en sus manos negociar el uso del condón”, denuncia la activista Sibulele Sibaca, fundadora de la ONG Impact Drivers en defensa de niñas y mujeres frente al VIH, que nos concede esta entrevista desde Johannesburgo, en Sudáfrica.
Violencia sexual, una pandemia
En este contexto, el papel tradicional de la mujer en la cultura africana, muchas veces va de la mano de “la violencia de género, que se considera una pandemia en Sudáfrica, ya sea ejercida por desconocidos o por la propia pareja”. “No nos sentimos seguras como mujeres en nuestra sociedad”, alerta Sibaca.
“Cuando una chica de 20 años ha sido violada, tarda en recuperarse del trauma de la experiencia y, cuando quiere acudir a un centro de salud, quizá ya está embarazada y es demasiado tarde para aplicarle la profilaxis de postexposición”, advierte por su parte la doctora Abdool Karim.
Si te tomas la medicación, la carga viral disminuye hasta hacerse indetectable y esto significa que no puedes transmitirlo tampoco
A todo ello se suma el factor biológico, que hace que el aparato sexual femenino sea más vulnerable al contagio que el masculino. Las cifras también tienen que ver con una cuestión de diagnóstico: mientras que muchos hombres nunca se hacen la prueba del VIH, en la mayoría de países africanos es obligatorio que, cuando una mujer se queda embarazada, le hagan el test. “En Kwazulu-Natal, el 40% de las que entran en esas clínicas da positivo”, indica Abdool Karim.
Indetectable = intransmisible
La buena noticia es que, hoy, el pronóstico de una persona infectada no tiene nada que ver con lo que era hace 40 años. “Si te tomas la medicación, la carga viral disminuye hasta hacerse indetectable y esto significa que no puedes transmitirlo tampoco”, nos explica Moraa, que colabora como divulgadora con la International AIDS Society. Incluso puede impedir que las mujeres embarazadas infectadas pasen el virus al feto en gestación. Por eso es tan importante ese tratamiento, no solo para la propia salud de los pacientes, sino para frenar los contagios. En todos los países africanos sigue siendo gratis –a pesar del revés que ha supuesto la retirada de presupuestos de Estados Unidos este año– y hay clínicas repartidas por toda su geografía, incluso en las aldeas remotas.
Aunque el acceso puede ser un problema para ciertos colectivos, como la comunidad LGTBI: “Ser homosexual es ilegal en algunos países, como Uganda, donde se les niega el tratamiento”, denuncia Moraa. En otros lugares, como Kenya, existen “puntos de asistencia abiertos –drop-in centers– dirigidos a dar medicación a trabajadoras sexuales y al colectivo LGTBI, ”donde la burocracia es mínima y se pueden sentir más seguros y mejor recibidos, ya que en los centros de salud normales todavía hay mucho personal sanitario que alberga prejuicios“, añade.
Una solución inesperada: el rol de los chicos
Varios estudios han demostrado ya que la educación es una medida esencial para reducir las infecciones de niñas y mujeres jóvenes. Una investigación reciente realizada en ocho países subsaharianos muestra que las mujeres que han estado escolarizadas durante ocho o más años tienen entre 47-87% menos probabilidades de tener relaciones sexuales antes de los 18 años que las que no han ido a la escuela. “Cuanto más educación ha recibido una mujer, más preparada está para usar métodos preventivos. Una universitaria no se va con un hombre porque esté desesperada y, dentro de una relación, está en mejor posición para negociar el sexo seguro”, observa Sibaca.
Por otra parte, “cuando hablamos de proteger a las mujeres, olvidamos el papel de niños y varones jóvenes en la sociedad. Ellos no tienen modelos positivos de referencia en sus comunidades, crecen en hogares sin padre, acostumbrados a ver violencia entre hombres o contra las mujeres, y emulan lo que se supone que un hombre debe hacer”, dice Sibaca.
Por eso, los programas que ofrece Impact Drivers –dentro del horario lectivo de las escuelas, una hora a la semana– no se enfocan solo en apuntalar la capacidad de decisión de las adolescentes, como llevan años haciendo. “Vimos que nuestros esfuerzos caían muchas veces en saco roto o, incluso, acababan en violencia, porque las chicas no tienen que negociar el uso de condón consigo mismas, sino con sus parejas. Así comprendimos que también teníamos que ocuparnos de los adolescentes varones. Intentamos plantar las semillas para que piensen diferente”, nos dice. “Les enseñamos fotos de familias y de lo que las familias deberían hacer juntas y, de pronto, entienden que no es normal que su padre llegue borracho a casa y golpee a su madre. Les ayudamos a identificar a quién les gustaría parecerse, cómo conseguir esas cualidades que admiran. A veces, es un tío lejano, un vecino. Otras veces, encuentran a esas personas que admiran en las redes sociales”.
Otro pilar de su trabajo está en reforzar sus habilidades de comunicación, “para que puedan articular sus sentimientos y negociar en distintos escenarios”, nos explica Sibaca, que está convencida de que “un chico que confía en sí mismo y es resiliente, está abierto a la negociación. Cuando su novia le pide usar condón, no lo toma como un ataque personal, ni se siente ni acusado de ser infiel, sino que comprende que es una forma de protegerse ambos contra el VIH”.
Un método preventivo que no dependa del hombre
Mientras, en el laboratorio de investigación fundado por Abdool Karim y su marido, “entendemos esa disparidad de poder con raíces de género, por eso, como científicos, nos centramos en buscar una forma de prevención que dependa solo de la mujer, que no dependa de la cooperación de su pareja, que ni siquiera tenga que informarle de ella”, explica. En 2011, su equipo publicó un estudio pionero en Science que demostraba que, si se aplicaba un fármaco antiretroviral como gel vaginal antes de tener relaciones sin preservativo, el riesgo disminuía hasta un 54%. “Ahora está disponible en más de 130 países, como una pastilla que se toma de forma diaria”, señala. Pero, para esta doctora, la verdadera revolución puede venir de la mano de una inyección bianual que, aunque “todavía está en fase de ensayo clínico en Sudáfrica y Uganda, parece que protege de la infección con un 100% de eficacia”.